La democracia y las élites

La Cámara de los Lores británica ha introducido una enmienda dentro del proceso de separación de Gran Bretaña de la Unión Europea. La enmienda exige al Ejecutivo británico que garantice los derechos de los ciudadanos de la Unión Europea que actualmente residen en el Reino Unido, cuyo estatus futuro está más o menos en el limbo. Esta iniciativa deberá ser refrendada por la Cámara de los Comunes pero constituye un elemento más de posible parálisis en este camino ignoto que se inició el año pasado.

La noticia parece una bobada pero no lo es. En primer lugar, nos pone sobre la mesa la realidad anacrónica de un país que mantiene una Cámara legislativa compuesta por representantes de una élite que es elegida a dedo por Su Majestad la Reina y que además disfruta de un mandato vitalicio e inamovible. Poco a poco se ha ido suprimiendo el carácter hereditario de los escaños y se ha repoblado la Cámara con profesores universitarios, eminencias científicas y demás miembros de lo que se conoce como la intelectualidad, pero la cosa es que esto sigue siendo una cofradía de personas que funciona en un universo paralelo a las convenciones democráticas.

Y lo más chocante de estos señores es que, en vez de dedicarse a sestear o incluso a promulgar normas que restrinjan las libertades ciudadanas, o que beneficien a los grupos humanos preponderantes, resulta que elaboran enmiendas que buscan preservar los derechos civiles de los ciudadanos de a pie; para ir aún más lejos, solicitan que se protejan los derechos de los ciudadanos no británicos. Cualquiera podría pensar que la Cámara de los Lores vive de espaldas a la sociedad y que maneja un argumentario altamente aislacionista en el asunto del Brexit; sin embargo, estos señores son los primeros mandatarios británicos que ponen en marcha una iniciativa responsable, lógica y dirigida al cerebro de las personas adultas, dentro de un tono de solidaridad internacional completamente indiscutible y con la vista puesta en la paz social entre ciudadanos ingleses y los del resto de la Unión Europea. Porque ya hemos visto durante el último año cómo hay una parte sustancial de la clase política inglesa que se ha envuelto en el aldeanismo indómito y que no ha calibrado las consecuencias de la demagogia emitida a la atmósfera a caño libre y sin freno.

Por lo tanto, la parte supuestamente arcaica y apolillada del entramado constitucional británico es la que mantiene la cabeza fría y la que dicta una normativa con vocación de servicio a los ciudadanos. Los lores parecen mirar a largo plazo y bajo el prisma de la practicidad y del mal menor, mientras que los políticos elegidos por los ciudadanos se dedican al alarido grotesco y a buscar el voto sin mirar al mañana. Reflexionar sobre esto podría llevarnos a conclusiones completamente tenebrosas: ¿acaso una élite sin hipotecas electorales puede funcionar con sentido común? ¿Podría ser que la maquinaria electoral sea una picadora del raciocinio? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para tocar los corazones de los ciudadanos? ¿Es conveniente un sistema en el que las decisiones se toman por motivos publicitarios y en el que la mercadotecnia ha sustituido a la sensatez? ¿Cuál es el horizonte temporal que maneja un político democrático?

Naturalmente, todas estas preguntas tienen respuestas de difícil digestión y que pueden dar pie a la instauración de regímenes de sufragio censitario o de artefactos mucho más dolorosos en los que el abuso de autoridad sea el pan nuestro de cada día. Por ello, es interesante ver que la cohabitación entre democracia y una especie de contrapoder elitista solamente es posible en países como Gran Bretaña, llenos de contradicciones y de tradiciones fosilizadas que, sin embargo, se mantienen en un equilibrio que proviene de la urbanidad y el decoro. Los británicos han sido unas personas eminentemente civilizadas y prácticas que, por desgracia, empiezan a contagiarse de la insustancialidad que impera en el resto del mundo. La cosa se torció con la aparición de los hooligans desdentados y violentos del fútbol y con la proliferación de los turistas borrachos que llevan chancletas con calcetines, que rompen mobiliario urbano y que hacen balconing en Magaluf. Algunos expertos dicen que estos ingleses que devienen en australopitecos aparecen por la presión de la educación inglesa, que es un agente que funciona como una olla exprés sobre el espíritu de las personas; esto es interesantísimo y da para otra discusión en la que entraremos en los próximos días.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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