La sociedad imbécil (y III): la desinformación

Contra lo que puede parecer a primera vista, la tercera consecuencia de la revolución digital es la desinformación. Se dirá que estamos en una época en la que nos llega información continuamente y que en nuestros dispositivos tenemos una lluvia de noticias, chascarrillos y actualizaciones, lluvia que no cesa a ninguna hora del día o de la noche. Eso es así y no puede ser discutido, pero esta acumulación de noticias ha tenido dos consecuencias muy importantes: la primera es una crisis descomunal en el sector periodístico, sector inmerso en una agonía tenebrosa y que se encamina hacia su deceso. La gente se siente perfectamente informada a través de sus dispositivos y ha dejado de lado a los medios de información tradicionales, y no estamos hablando solamente de los periódicos de papel (válgame Dios) sino que también hablamos de los informativos de televisión, de radio e incluso de los periódicos digitales. Fuentes directas de los periódicos de información general nos confiesan su preocupación porque A) existe muy poca gente dispuesta a pagar por leer el periódico en cualquier formato, y B) las noticias que más se leen en los periódicos digitales son las más ridículas que uno pueda imaginar, esas que no requieren la presencia de ningún redactor cualificado (por ejemplo, las noticias relacionadas con los famosos o las que consisten en un vídeo de una inundación arrastrando coches por un terraplén, un toro que pilla a algún viejo las fiestas de un pueblo o un gato que toca el piano). Los periódicos solamente necesitan en plantilla a alguien capaz de recolocar todos estos vídeos absurdos o esos tuits de gente famosa en la página del periódico, y, en consecuencia, no hace ninguna falta tener redactores, reporteros o investigadores, porque estos profesionales cuestan un buen dinero y porque las noticias que todas estas personas elaboran con mucho esfuerzo sintáctico y pateándose la calle no son leídas por nadie (la ventaja del mundo digital es que hay un recuento actualizado de cuántos usuarios leen cada noticia).

Este panorama nos lleva al abandono y a la paulatina clausura de los medios de comunicación tradicionales. Además, y como el mundo moderno requiere actualizaciones inmediatas, se ha abandonado la idea del periódico como una estructura jerarquizada de noticias que encajan y que se presentan como un todo, rematado y compensado. Las personas que todavía leen periódicos de papel saben que una de las funciones de la prensa escrita era la presentación diaria de un panorama informativo completo, un orden, un mapa que elaboran unos señores que potencian algunas noticias, discriminan otras y que, en definitiva, confeccionan el periódico. Los periódicos nos traían el resumen decantado del día y el lector sabía interpretar la importancia de cada cosa según la ubicación de las noticias y el tamaño de las mismas; al terminar de leer un periódico, el lector tenía una idea más o menos completa de lo que había pasado el día anterior, y si el periódico en cuestión era muy tendencioso, la solución era leer dos periódicos más o menos opuestos.

Y la ausencia de ese periódico rematado y organizado como un compendio perfecto de noticias en jerarquía es lo que nos lleva a la segunda consecuencia de la revolución digital: no tenemos un orden. Tenemos noticias, opiniones, tuits sueltos, actualizaciones, scoops, chascarrillos afirmados categóricamente, desmentidos de esos mismos chascarrillos y rumores puramente fantásticos, y los tenemos en franco aluvión y sin freno, pero no tenemos muy claro qué es lo que está pasando en el mundo, o al menos no somos capaces de hacernos una idea concreta de cuáles son las cosas importantes que están teniendo lugar a nuestro alrededor. Cuando uno se va a la cama, no es capaz de decirse a sí mismo qué asuntos tienen importancia. Hay un vago recuerdo de muchas cosas completamente chorras, relacionadas normalmente con lo audiovisual (los vídeos de vaquillas o de gatos tocando el piano), pero no tenemos la capacidad de organizar todo lo que hemos visto u oído.

En definitiva, tengo la impresión de que no sabemos exactamente qué es lo que es una noticia y qué importancia tiene; incluso no sabemos si una noticia puede tener consecuencias para nosotros, dado que el método fragmentario y chapucero mediante el cual nos llegan las cosas no aclara nada de nada. La mayor parte de lo que vamos sabiendo nos es entregado en formato breve, mal redactado y escondido entre la maraña de banalidades endebles que nos llega. Hay que desbrozar esa maraña y, en el caso en que uno sea un loco absurdo y quiera investigar un poco sobre la noticia que podría parecer importante, uno debe empezar a dar pasos por internet, pasos que quedarán interrumpidos por nuevos vídeos de gatos o por declaraciones espectaculares de algún concursante de Gran Hermano.

Y el flujo de noticias (o como queramos llamarlas) tiene una continuidad tan irrompible que contribuye a esa creciente desinformación. Las noticias de hace diez minutos ya son viejas. Las noticias graves e importantes se volatilizan al cabo de media hora y son sustituidas por otras noticias igualmente graves e importantes o por un chiste o un vídeo de dos personas obesas bailando el vals en una boda y cayendo sobre la tarta.

Se me dirá que estoy exagerando, pero a mí me gustaría que se viera lo que ha pasado hace dos meses en Estados Unidos: Trump ha ganado las elecciones presidenciales por varios motivos, y uno de ellos es la dinámica informativa que tenemos en nuestro mundo. Trump ha entendido perfectamente que la acumulación de tuits medianamente chistosos tapa cualquier noticia de calado que pueda perjudicar a uno mismo en el largo plazo. Trump ha descubierto que nada deja poso y que nadie tiene en cuenta ninguna noticia que tenga una antigüedad superior a una semana (y cuando digo una semana estoy pasándome por lo alto).

Todo esto suena a exageración, pero no lo es. Y si ustedes creen que lo que acaban de leer es un disparate que no tiene ni pies ni cabeza, no se preocupen porque dentro de veinte minutos lo habrán olvidado. Que disfruten del gato que toca el piano.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

3 comentarios en “La sociedad imbécil (y III): la desinformación”

  1. Efectivamente, somos bastante imbéciles.

    Habrá quien no lo sea y que además esté dispuesto a ir hasta un kiosko para comprarse el periódico. En ese caso creo que el papel de la prensa escrita debe ir enfocado al análisis/opinión/investigación más que a ofrecer noticias y a establecer qué es importante y qué no lo es (aunque, en cierto modo, al opinar sobre algo le estás dando importancia). William Randolph Hearst decía que no hay nada más viejo que un periódico de ayer. Hoy, no hay nada más viejo que una noticia de hace 2 minutos.

    Eso de generar opinión y análisis lo podemos aplicar también a la radio, pero creo que lo tiene menos crudo porque es un medio más de “acompañamiento”. Uno no se sienta a escuchar la radio sino que la escucha mientras conduce, mientras trabaja, o mientras concilia el sueño (pudiéndose también hacer las tres cosas a la vez mientras se escucha la radio). Y es gratis.
    Los periódicos cuestan dinero y hay que sentarse a leerlos. No sé si me explico…

    En fin, sé que el objeto de este artículo era hablar de la desinformación y no del panorama de los medios de comunicación, pero de todos modos aquí queda el comentario.

  2. Buenas noches, don Pedro. Más que un comentario para publicar, esto es un modo de hacerte llegar la crónica deportiva de Juan Tallón de la que te hablé. No se leen cosas así en las páginas de deportes:
    http://deportes.elpais.com/deportes/2016/05/04/champions/1462355665_172627.html
    Por cierto, tu “cochambroso” análisis de la sociedad imbécil en tres partes no tiene nada de cochambre. Y esta última parte es genial. Tomo nota de tu descripción del periódico como un todo ordenado, jerarquizado y dotado de sentido.

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