La sociedad imbécil (I): el exhibicionismo

Iniciamos hoy una serie dedicada a contemplar las consecuencias negativas de la revolución tecnológica que hemos experimentado durante las primeras décadas del siglo XXI, siglo que, desde muchos otros puntos de vista, está siendo muy positivo, sobre todo si lo comparamos con el siglo inmediatamente anterior. El siglo XX tiene sus cosas buenas pero es el siglo de la instauración del asesinato global, sistemático y burocratizado. Las barbaridades mecanizadas que se llevaron a cabo durante las dictaduras y las guerras mundiales no tienen comparación histórica posible y nos pusieron ante la desagradable visión de la maldad humana organizada, que es inconmensurable.

En este sentido, el siglo XXI que llevamos es una balsa de aceite. Sin embargo, en este siglo se ha producido la llamada revolución de la conectividad, que es un avance tecnológico formidable con unas consecuencias muy peligrosas. La primera de esas consecuencias es el exhibicionismo. Todos los ciudadanos tienen voz inmediata y todos emiten no solamente una opinión sino también cualquier cosa que se les ocurra emitir, como, por ejemplo, vídeos caseros bobos y fotos sin interés. Incluso un ciudadano tan indocumentado como yo puede publicar exabruptos como éstos en la red, y algunos cibernautas con muy mala suerte pueden acceder aquí por casualidad y leerle a uno. Esto se produce sin filtro previo y sin costes de publicación, dos factores que garantizan la baja calidad del material. El material que se lanza a la red es generalmente infumable porque no existe un control de calidad, una edición. Los idiotas más rematados podemos ser leídos y/o contemplados aún cuando no tenemos nada que ofrecer. Que Dios nos perdone por ello.

Este exhibicionismo lleva a que algunas personas publiciten y documenten sus deplorables vidas con un grado de detalle totalmente demencial. Hay gente que tiene cuentas en Instagram y pública fotos cada diez minutos. Hay internautas que funcionan en Twitter con un frenesí loco y que comentan cualquier asunto de actualidad con esa desfachatez que da el no saber nada de nada. Cuando la ignorancia y el exhibicionismo se confunden en una misma persona aparece el bochorno ajeno y el tierra, trágame.

Y hay personas que van más allá y se apuntan a salir por la tele en programas como Mujeres y Hombres y Viceversa o First Dates, que más que programas son plantas transformadoras de residuos orgánicos y que convierten el material humano más degradado en dinero contante y sonante. Estos programas son entretenidísimos y existen en una relación de simbiosis perfecta con las redes sociales, y sus contenidos saltan de la tele a la red y de la red a la tele. La red da una continuidad imparable al tráfico exhibicionista de personas absurdas. Hay incluso gente que llega a vivir muy bien siendo creador de tendencias, bloguero influyente y experto en cosas que lo petan. Estos expertos pertenecen a un mundo íntegramente audiovisual y, en consecuencia, no han leído un libro jamás.

El mayor problema de este circuito es la propia velocidad de reposición que tiene la red: la red es voraz en la exigencia de nuevas insustancialidades. Los indocumentados deben actualizar su estado todo el rato o serán sustituidos por nuevos cretinos. El perfil debe estar constantemente alerta por si hay que retuitear alguna chorrada o enviar una foto de las deposiciones que uno acaba de evacuar.

Es lógico pensar que todo esto podría hacer mella en la salud mental de cualquiera, aunque parece que esta dinámica ha creado su propia clase de seres humanos, invulnerables, imbatibles, que afrontan este movimiento con ánimos acorazados. ¿Y el público? ¿No se cansa? Pues parece que no, quizá porque el público es también emisor. Por decirlo en un lenguaje de experto petulante, el magma comunicacional es multidireccional y se expande sin control. Los que reciben las actualizaciones no pueden resistirse a actualizarlo todo inmediatamente.

La sociedad conectada se dedica a publicar bobadas, y el primero que lo hace soy yo mismo. Si el distinguido lector ha llegado hasta aquí, eso significa que le he pegado el palo. He demostrado empíricamente que es posible emitir un mensaje sobre cualquier asunto sin más respaldo profesional que la observación, y que es posible conseguir que ese mensaje llegue a personas desprevenidas. Seguiremos hablando de los efectos nocivos de la tecnologia digital; ahora pueden ustedes refrendar esta realidad retuiteando todas las necedades que acabo de escribir.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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