Las claves de la seducción

Casi todos los habitantes de la Tierra somos unas personas de una mediocridad completa y definitiva. Tenemos la desgracia de no tener ninguna gracia. Aunque hay excepciones, evidentemente. No hemos hablado lo suficiente de Leonard Cohen, que ha muerto y que, además de ser un gran escritor de canciones, fue un personaje, un hombre singular. Cohen es conocido por el esplendor lírico de sus letras y por la parsimonia íntima de su música, que es de un recogimiento sublime (“sublime” es una de las palabras favoritas de Cohen). Las necrológicas escritas a propósito de este señor canadiense han descrito la calidad de sus discos, su llegada a la música casi por accidente, su internamiento voluntario en un monasterio budista, su ruina económica a manos de un manager de mal agüero y su triunfo final, con giras multitudinarias y con premios por todo el mundo. Desde este blog consideramos que hay un aspecto de la vida de Cohen que se ha mencionado muy tangencialmente y que tiene una importancia indudable: su personalidad, su mirada, su forma de ver las cosas.

Cohen fue siempre un hombre perfectamente incorporado en la estructura del mundo. Cuando era joven, Cohen no sabía hacia dónde dirigirse, pero incluso entonces no manifestó ningún síntoma de inadaptabilidad o beligerancia. Cohen siempre ha mirado con cuidado los mecanismos de la realidad y ha representado una especie de practicidad pasiva, una predisposición a la espera, y una tendencia al uso del humor. A Cohen le invitaron un día a cantar en público, con su voz de persona que no canta, y él se encogió de hombros, sonrió, subió al escenario e hizo lo que después ha hecho siempre, que es llegar a una intimidad humorística y lírica con el espectador. A partir de ahí, Cohen se ha expresado en público y en privado en estos términos: Cohen fue un hombre susurrante, que daba la impresión de saber más de lo que parecía; y todo lo que Cohen decía o cantaba tenía una capa de ironía inocua, sin vinagre, de una suavidad ligera. La acumulación de todos estos rasgos personales tuvo una consecuencia que se ha documentado a través de muchísimas fuentes: Leonard Cohen fue un seductor morrocotudo, formidable. Existen testimonios que aseguran que a principios de la década de los setenta Cohen aparecía en cualquier lugar, se sentaba con alguien, le miraba, le escuchaba, entablaba una conversación cadenciosa y derretía literalmente a su interlocutora (o interlocutor). Durante toda su vida, sobre el escenario o en una entrevista, en una tertulia o en el hall de un hotel, Cohen provocaba la licuefacción de todas las mujeres. Este fenómeno se veía incluso en las últimas giras de un Cohen ya octogenario: Cohen seguía seduciendo a sus coristas y a todo el público femenino. Estos superpoderes seductivos iban acompañados por una habilidad lingüística fuera de lo normal, que facultaba a Cohen para dibujar las ideas sexuales más crudas con la elegancia de la metáfora lírica.

No podemos olvidar que la seducción de Cohen quizá no podría darse a la inversa. Es muy difícil que una mujer interesantísima seduzca de forma infalible a un número tan amplio de hombres, porque existen muchísimos hombres que no tienen la capacidad de matizar con tanto detalle y que más bien están buscando unos ciertos parámetros estéticos, parámetros de un recauchutamiento grosero y exagerado. A muchos hombres les atraen las tías buenas, básicamente. En cambio, hay muchísimas mujeres a las que se les seduce con un conjunto armónico de cualidades y con un cierto aire interesante, cosa que a los hombres sigue dejándonos pasmados pero que a veces nos permite acceder a unos colectivos femeninos magníficos, absolutamente desproporcionados con relación al aspecto físico de cada hombre. El atractivo brumoso e indefinido es un factor que a los hombres nos puede dar mucho juego. Es evidente que en este asunto hay un desnivel en favor de los hombres no excesivamente guapos, siempre que parezcan interesantes, y ese desnivel se concreta en un hecho comprobable: se ven hombres feos acompañando a mujeres despampanantes, y, en cambio, se ve a pocos hombres apuestos junto a mujeres desagradables al ojo humano.

Sin embargo, en el caso de Cohen, la fuente de seducción no tiene trampa y está a la vista de todos. Cohen seducía con su manera de ver la vida, que era una manera jovial y que reducía al mínimo toda la faramalla depresiva que cada uno maneja. Escuchando a Cohen uno tiene la misma sensación que la que se experimenta ante un buen ilusionista: lo que vemos y escuchamos nos saca de nuestros problemas. Cohen tenía fama de buen oyente y además manejaba unos códigos textuales de evasión pura, que minimizaban los sinsabores de nuestra vida.

En el discurso de entrega del Premio Príncipe de Asturias, Cohen dijo: “si tenemos que expresar la gran derrota inevitable que nos espera a todos nosotros, hagámoslo desde los límites de la dignidad y la belleza”.

Lo trágico de todo esto es que no somos Leonard Cohen. No encontramos nuestro sitio en el mundo, no tenemos ningún interés por la dignidad, y nuestra búsqueda de la belleza se reduce a la superficialidad cromática, al cartón piedra. Nos expresamos con prisa, con chabacanería y sin ningún cuidado. No nos preocupan los asuntos de los demás. Queremos atraer y que nos quieran pero no buscamos eso como un accesorio a nuestra visión del mundo, sino como un fin. Somos mediocres.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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