Hacerse entender

La mayor parte de la gente va tirando por la vida de cualquier manera, cumpliendo unos mínimos y funcionando como puede, en medio de un tono fondón y esponjoso y bajo una atonía absoluta en lo que se refiere a la personalidad. También existe una parte muy pequeña de la población que tiene alguna afición particularísima, afición cuya potencia puede ir ganando peso con el tiempo. En algunos casos, la afición a algo concreto va a más y se convierte en una obsesión de gran preponderancia. En mi caso, y sin saber muy bien por qué, empieza a percibirse una curiosidad por la semántica, y en concreto una preocupación por el significado de las expresiones y, más concretamente, un interés muy vivo por hacerme entender. Cualquiera que escriba se habrá dado cuenta de que este asunto tiene una importancia colosal y que, pese a ser uno de los mínimos exigibles, suele pasarse por alto. Ser inteligible está sobrevalorado, pero algunos mentecatos pensamos que sin una cierta inteligibilidad no hay avances ni progreso, e incluso hemos visto que los malentendidos pueden provocar consecuencias fatídicas.

En este asunto, los mentecatos chocamos con una considerable mayoría de las personas, que consideran que comprender los mensajes que se emiten a la atmósfera es algo secundario y que, en todo caso, pertenece al ámbito de responsabilidad del receptor del mensaje. “A buen entendedor pocas palabras bastan”, dice el refranero en una de sus típicas incursiones en el área de la mixtificación más inconcreta. En este ámbito hay tres grandes grupos de personas incomprensibles: en primer lugar están los que, por motivos dispares, no consiguen nunca hacerse entender. Son personas cuya mente va más rápido que sus sentidos y que tienden a expresarse con alusiones a sus propias ideas y conceptos, y, aunque cuando hablan se entienden perfectamente a sí mismos, no consiguen enviar un mensaje comprensible. Esta gente se deja fuera de su discurso elementos sin los cuales no se entiende una palabra de lo que se nos quiere decir. Son personas que nunca sienten la preocupación por la inteligibilidad. Cuando estas personas ocupan algún puesto de responsabilidad, la catástrofe está garantizada.

En segundo lugar están las personas a las que les conviene no hacerse entender y que emplean todos sus esfuerzos en crear una confusión completa. Su cháchara es un cantinfleo informe y denso, en el que no hay ningún elemento al que agarrarse para no caerse. El discurso que emiten le envuelve a uno como un torbellino marítimo hasta que se sucumbe. Hay muchísimas personas dedicadas a la venta (la venta de cualquier cosa) que utilizan esta técnica desinformativa tan provechosa. Los liantes, los embaucadores y los sablistas también pertenecen a este colectivo.

En tercer lugar están las personas seniles o gagás, que, por efecto de la erosión diacrónica (o sea, por la edad), se encuentran en ese lugar en el que las referencias y alusiones se remontan a épocas que solamente han conocido ellos, y se hallan perfectamente inscritas en el mundo de la confusión sistemática. Estas personas mayores no saben bien si su interlocutor es uno u otro, y suelen confundir a personas jóvenes con sus abuelos, y enlazan una historia con otra de manera arbitraria y caótica. Muchas veces querríamos seguir el hilo de las cosas que estos señores nos cuentan, porque generalmente cuentan cosas interesantes; pero el trabajo de seguir el curso de la cháchara provoca una fatiga inmediata.

Estos son los colectivos protagonistas de la confusión semántica, entre los que podemos incluir a los niños. Pero hoy en día vemos que la ininteligibilidad afecta a muchos más ciudadanos, y ello se debe a los canales de comunicación. Es sabido que nadie habla por teléfono salvo por motivos laborales o por una situación a vida o muerte. En el resto de la amplísima casuística cotidiana, usamos plataformas como WhatsApp. El WhatsApp tiene la ventaja de que no vemos la cara del interlocutor y no escuchamos su voz, con lo que es un lugar perfecto para soltar las mayores enormidades sin ningún remordimiento. El insulto por WhatsApp es una actividad blanca y que no acarrea cargos de conciencia. Sin embargo, y centrándonos en lo que veníamos comentando, el WhatsApp, por su inmediatez y disponibilidad, es un foco de faltas de ortografía, inexactitudes y, en definitiva, ininteligibilidad. Hay un alto número de mensajes de WhatsApp que no se entienden. La gente escribe sin tildes, sin usar vocales, saltándose los artículos y, evidentemente, sin completar una frase aceptable. Algunas personas se tiran un año entero usando esta plataforma como locos y en todo el año no envían un solo mensaje no ya correcto, sino meramente comprensible. Dicen que esto se debe a la celeridad del propio sistema, que nos obliga a contestar mientras estamos ocupados en otras cosas. Algunos van escribiendo en el WhatsApp mientras conducen vehículos del más diverso tamaño y de una indiscutible peligrosidad.

Pero la clave no es la inmediatez ni la celeridad sino la voluntad. Mucha gente considera que la utilización de emoticonos garantiza que el mensaje se entenderá. A mucha gente le da igual que su mensaje se entienda. Otros dan un mensaje por entendido con solo leer una palabra del texto. Hay una voluntad general por abolir la precisión. Se considera que una aproximación difusa a la inteligibilidad es aceptable; con eso basta. Y hay un fondo de egoísmo en todo esto, si me permiten ustedes la falta de respeto. Yo creo que aquella persona que intenta hacerse entender con todos los medios expresivos que tiene a su alcance es una persona con una alta consideración por sus semejantes. El esfuerzo por ser claros es un esfuerzo que ahorramos a nuestros interlocutores a la hora de que nos entiendan. Por el contrario, no hacer ningún esfuerzo por ser inteligible forma parte de una política basada en una concepción egoísta de la vida, según la cual la gente que nos rodea nos importa un pimiento, y, si no nos entienden, que les den tila.

Desde aquí quiero recomendar una política literalmente opuesta. Me gustaría que, dentro de unos parámetros prácticos, hagamos un esfuerzo por ser claros. Y ser claros no significa ir al grano, sino que significa conseguir que se entienda lo que queremos decir, aunque sea un mensaje ambiguo. Es necesario que el interlocutor comprenda perfectamente que estamos intentado ser ambiguos con él.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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