Chiquito

Chiquito de la Calzada ha estado en casa de Bertín Osborne y las audiencias han seguido masivamente este encuentro televisivo. La combinación Osborne/Chiquito tiene que funcionar en la tele porque son personajes que ya han funcionado bien por separado, y en este caso además la productora tuvo la gran idea de llamar a Paz Padilla para que mantuviera un cierto movimiento y para que evitara así los tiempos muertos y diera un hilo y una constancia a la entrevista. El programa fue lo suficientemente ameno, humorístico y sentimental como para que buena parte del público saliera durante un rato de la dinámica demencial y chirriante de, por ejemplo, Gran Hermano.

Yo lo aprovecho casi todo y a mí este programa de Bertín va a servirme para hablar de Chiquito de la Calzada, al que damos por sentado y por conocido pero que en realidad es un personaje insólito, un alienígena. Ya sabemos que Chiquito vivió hasta la edad de sesenta años pasando fatiguitas y cantando por tablaos, teatros, salas de fiestas, carretas, y en romerías a campo abierto. También sabemos que estuvo cantando en Japón durante dos años y que ha compartido su vida con Pepita, su esposa, recientemente fallecida. Y todo el mundo fue testigo de la irrupción de Chiquito en la televisión a una edad en la que la mayor parte de las personas no irrumpe en ningún ámbito sino que más bien está en vías de jubilación. Chiquito se convirtió en un fenómeno sensacional y todo el país estuvo varios años imitando sus expresiones abstractas y su manera de moverse.

En este punto es conveniente parar porque la vida tiene momentos importantes y uno de ellos es la primera vez que vimos y oímos a Chiquito. Ahora Chiquito es un activo consolidado del acervo popular, pero todos le vimos por primera vez en algún momento concreto; en el programa de ayer, Paz Padilla trataba de explicar cómo fue la primera vez que ella vio a Chiquito, en el estudio televisivo en el que grababan el programa Genio y Figura. Paz Padilla intentó describir ese momento, que ella comparaba con la ingesta de alguna droga psicotrópica o la abducción por parte de los marcianos. Intuimos por dónde va la explicación porque todos hemos pasado por esa experiencia: estamos tranquilamente en el año 1994 viendo un programa televisivo de cuentachistes. Los cuentachistes son personas normalmente intolerables en la tele y literalmente insufribles en vivo, en la calle o en una boda, porque tienden a extenderse mucho más de lo deseable. La cosa es que estamos viendo ese programa veraniego y despreocupado y de repente se levanta Chiquito de la Calzada, ese personaje reducido, comprimido, de patillas teñidas y camisa indescriptible, que empieza a caminar dando pasitos y a levantar la pierna, y acto seguido oímos su voz, su discurso, en el que inicialmente no entendemos más que algunas palabras extemporáneas y fuera de contexto como cobarde o pecador o incluso adivinamos algunos vocablos nuevos, como fistro o diodeno. Es importante poner de manifiesto que la primera reacción que tenemos ante Chiquito es el desconcierto. No entendemos nada de lo que dice y no entendemos tampoco el concepto, el propio fenómeno, la idiosincrasia de Chiquito. ¿De qué va Chiquito? No lo sabemos porque es lo nunca visto.

Al día siguiente, uno sale a la calle y se encuentra con algún amigo, y después de un rato de conversación se pone de manifiesto que ambos habéis visto a Chiquito la noche anterior y que ninguno de los dos entiende nada. La semana siguiente uno vuelve a ver el programa de los cuentachistes y empieza a darse cuenta de que Chiquito es un hombre nunca visto, que no busca el humor a través la inteligencia, el sarcasmo, la ironía o el insulto, y que ni siquiera es escatológico. Y, entonces, ¿qué tipo de humor es ése? Chiquito emite un discurso arbitrario, con referencias absurdas, que, como conjunto, va dirigido a zonas no especialmente cognitivas de nuestro cuerpo, sino que se planta en el sistema nervioso del espectador. El humor de Chiquito parece elaborado sin utilizar las instalaciones cerebrales y es efectivo porque parece que el espectador no necesita su propio cerebro para reírse, lo cual nos podría hacer pensar que es un humor elemental o subhumano, pero nada de eso. El humor de Chiquito es otra cara del humor del absurdo, que en España ha tenido versiones mucho más sofisticadas en, por ejemplo, Luis Sánchez Polack, Tip. Chiquito emite de manera natural un mensaje lleno de expresiones fuera de contexto que, dentro del mensaje, se convierten en aún más absurdas.

Y Chiquito es oficialmente un cuentachistes, pero en la práctica utiliza el chiste como estructura para sus expresiones, sus canturreos, sus comparaciones abstractas y cubistas. El chiste para Chiquito es una excusa, un Macguffin en el que el final no tiene ninguna importancia. El chiste de Chiquito muere sin un punch line aceptable porque lo interesante es cómo nos lleva y nos trae Chiquito por el chiste.

A lo largo de años de observación he podido sacar algunas conclusiones relativas a Chiquito y a la naturaleza humana. Por ejemplo: salvo excepciones muy concretas, a muchas mujeres no les hace gracia Chiquito. Es un hecho perfectamente demostrable. En general, las mujeres ven a Chiquito y no se ríen, y si los demás nos reímos, hasta se enfadan. A muchas mujeres les gusta el humor de avatares cómicos, de equívocos y de personajes que se ven envueltos en situaciones bochornosas. El ridículo ajeno suele funcionar. Por el contrario, Chiquito no responde a ninguno de estos parámetros y por tanto no provoca ni una sonrisa en muchas mujeres, que lo consideran un imbécil y una anomalía humana. Sin embargo, casi todos los hombres se ríen con Chiquito. Es una risa espontánea, una carcajada involuntaria, que se produce como un acto reflejo. Sé que estamos generalizando un poco pero me temo que la realidad está cerca de esta descripción. Invito a nuestras lectoras a que nos aporten su experiencia con Chiquito y si les provoca risa o irritación.

Después de los aspavientos, y del discurso desbarajustado, en Chiquito queda un buen hombre, un hombre que ha sufrido, que acaba de quedarse viudo y que, por los testimonios que tenemos a nuestro alcance, parece una persona excepcionalmente buena. Y además Chiquito tiene 84 años. La combinación de estos factores (edad, bondad, sufrimiento en la vida y triunfo y reconocimiento final) forma una aleación de elementos que se dirige indefectiblemente a arrancarnos las lágrimas. Viva Chiquito.

 

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “Chiquito”

  1. Interesante estudio de conjunto de la figura de Chiquito. Le felicito.

    Imaginemos que el fenómeno Chiquito hubiese irrumpido en nuestras vidas 20 años más tarde (más o menos a día de hoy), en la que los chistes y gracietas corren como la pólvora por nuestros teléfonos de grupo en grupo. El “negro del whatsapp” sería un juego de niños. Habría un emoticono pequeñito, con patillas y levantando la pierna. Las palabras “fistro” o “al ataquerrr” pasarían perfectamente el corrector. Habría melodías de móvil con los “siete caballos que vienen de Bonanzaaaooo”. Sería la locura.

    Fue un fenómeno en su expresión más literal. No tanto por ser lo más gracioso del mundo, si no por cómo enraizó en la gente, en las costumbres y en la forma de hablar. Salías por la calle y encontrabas a un montón de taraos (seguramente yo entre ellos) levantando patitas, hablando raro y agitando las manos de forma extraña. Creo que nunca ví algo igual con nadie.

    Respeto a Chiquito. Genio y figura.

    ¿Cómo se dice “té”, “pato” y “reina” en inglés?

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