El torniquete

El tumulto en el Partido Socialista es trending topic y está consiguiendo que se tambaleen los pilares de este partido político. Todo el mundo ha visto la maniobra que está llevando a cabo un grupo importantísimo de dirigentes de la Ejecutiva, dirigentes que hasta ayer mismo permanecían mudos pero que ahora creen imprescindible cortar la cabeza de Pedro Sánchez de cara a que no se produzca la evaporación definitiva del PSOE como organización electoral. Uno de los protagonistas de esta maniobra es Felipe González, ex presidente del Gobierno. Los lectores más jóvenes no conocerán las hazañas de este señor, que estuvo trece años ganando elecciones generales, ocupando la segunda magistratura del Estado y acumulando allí un poder inaudito.

Una persona joven ve ahora a González y no podrá creer que hace cuarenta años Felipe era el Pablo Iglesias del momento, pero con una capacidad de seducción infinitamente mayor que la del dirigente de Podemos. Felipe era un hombre con chaqueta de pana y patillas que iba a poner patas arriba el régimen; era la gran esperanza de la izquierda y el gran comeniños para la derecha. Sin embargo, González alcanzó el poder y no se comió ningún niño, ni puso ninguna cosa patas arriba, sino que fue mimetizándose con el entorno y escorándose hacia un conservadurismo más o menos maquillado de modernidad. Esta evolución, que a muchos votantes les produjo una decepción morrocotuda, es uno de los síntomas de zorrería de este político, que entendió que lo único que no puede hacer un gobernante es gobernar contra el temperamento general del país. Este razonamiento parece evidente pero hay muy pocos políticos en España que lo hayan comprendido: Azaña, sin ir más lejos, ha quedado como la quintaesencia de la brillantez política pero nunca entendió esta ley no escrita que se basa en un principio de prudencia, de correspondencia y armonía entre gobernante y gobernados. Por el contrario, González era un águila, y no creyó nunca en el talante revolucionario de los españoles, sino que más bien descubrió el fondo de inmovilidad y el afán de preservación de una importantísima parte de la población, y ese descubrimiento le hizo mutar y perpetuarse en el poder. De hecho, González tuvo que irse por los abusos de todo orden que se desvelaron bajo su mandato, abusos adscritos a la tradición más vieja y revenida que pueda uno imaginarse.

González abandonó el poder hace veinte años pero se ha mantenido en el candelero con apariciones periódicas en las que regaña a un dirigente, o aplaude a otro, o malmete de forma oblicua y retorcida utilizando un lenguaje espectacularmente barroco que parece un homenaje a Mario Moreno “Cantinflas”; Gonzalez ha sido un engorro para todos los secretarios generales que el PSOE ha tenido hasta el momento presente.

Este comportamiento ha eclosionado durante esta semana. González ha aparecido como inspirador espiritual del terremoto en Ferraz, y la cosa es tan notoria que los dirigentes de Podemos se han puesto a denunciar esta revuelta digamos felipista, explicando que la vieja guardia socialista prefiere estar más cerca del poder secular en España que del cambio de paradigma y la revolución de la gente. En este sentido, la cosa está muy clara y la maniobra es espectacular. Ya hemos dicho varias veces en este indescriptible blog que el PSOE es un partido que lo tiene muy feo porque es lo suficientemente gubernamental para que se le vayan muchos votos hacia Podemos y lo suficientemente izquierdista como para que no haya ningún votante del PP que quiera votarles, y todo esto viene aliñado con un pasado de corrupción tan grave o más que el del PP y viene decorado con la esquizofrenia keynesiana heredada del periodo zapateril, en el que se empezó a aumentar el déficit para levantar la economía y se acabó recortando gasto a toque de silbato.

Siguiendo cuidadosamente esta línea de razonamiento, y sin tener ningún don para la adivinación o para la nigromancia espiritista, nosotros llevamos anticipando desde hace tres años el descalabro electoral que está produciéndose. La cosa es más grave de lo que esperábamos porque estamos votando tantas veces que los descalabros son cada vez mayores y se producen a un ritmo que quita el hipo. El PSOE no quiere que gobierne el PP, el PP se niega a que gobierne el PSOE y en esta dinámica seguimos yendo a las urnas y viendo que a un partido le va cada vez mejor y al otro le va cada vez peor.

Y es ahora cuando una parte significativa de los dirigentes socialistas quiere practicar el torniquete porque contempla la posibilidad de que el partido se desangre. Por lo que parece, el torniquete se ejerce sobre el punto vascular en el que se asienta Pedro Sánchez, que podría ser el miembro necrosado y amputado.

Hasta aquí una descripción superficial de lo que está pasando. Entendemos que es una descripción superflua porque creemos en la inteligencia de nuestros escasos lectores y sabemos que cualquiera con capacidad para oír y ver se ha ido dando cuenta de la encerrona en la que el PSOE anda metido. Lo que está en discusión es la utilidad del torniquete. Las personas adscritas al institucionalismo más respetuoso aseguran que si PSOE deja gobernar al PP se salvará electoralmente porque volverá a ser contemplado como alternativa convencional de gobierno en España. Por el contrario, los más revolucionarios consideran que hay que montar ya una coalición de izquierdas que centrifugue y absorba todas las corrientes políticas de esa zona del electorado para destruir a la derecha y cambiar el país.

Y éste es el punto en el que me remito a lo ya dicho: ¿cuál es el verdadero temperamento del país?

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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