La Paraolimpiada y los niños

Acaban de terminar los Juegos Paralímpicos, o Paraolímpicos. Este acontecimiento tiene gran eco a escala mundial y constituye un hito en el proceso moderno de reconocimiento e inclusión social de determinados colectivos que durante muchísimo tiempo han vivido aislados, literalmente encerrados entre cuatro paredes. El Comité Olímpico Internacional manifestó en 2001 que “la práctica del deporte es un derecho humano. Cada individuo tiene la posibilidad de practicar un deporte, sin poder ser discriminado y en el Espíritu Olímpico, el cual requiere comprensión mutua, solidaridad y amistad […] Cualquier forma de discriminación orientada a un país, raza, religión, política o género es incompatible con el movimiento Olímpico.”

La Paraolimpiada, como suceso multideportivo, es un cosmos lleno de segmentos y subsegmentos; al parecer, las pruebas se dividen en categorías por discapacidades y cada categoría es dividida hasta en diez subcategorías, que son las siguientes: discapacidad de potencia muscular, rango de movimiento pasivo, deficiencia en alguno o varios miembros, corta estatura, hipertonía, ataxia, atetosis, discapacidad visual y discapacidad intelectual. Por tanto, el seguimiento puramente competitivo de tantas pruebas deportivas ocupa mucho espacio en la parrilla de las televisiones, que dan una cobertura completísima de muchas de las disciplinas. En concreto, la cadena Teledeporte ha realizado un seguimiento intensivo de los Juegos Paralímpicos, cosa que es formidable.

No podremos aplaudir lo suficiente a quienes han organizado, potenciado y creado este movimiento paraolímpico, y nunca debemos dejar de elogiar a los deportistas que con su participación demuestran que hay cosas que a priori no son posibles pero que después pueden llevarse a cabo. Bravo por ellos. Sin embargo, es importante señalar que en la vida el deporte no lo es todo y que, si bien una discapacidad no debe ser impedimento para desarrollar cualquier actividad deportiva, esa incapacidad podría ser un incentivo para llevar a cabo otras cosas. El mensaje del deporte a toda costa y como sea es un argumento que a veces impide que una persona encuentre caminos diferentes, caminos que son, como mínimo, tan enriquecedores como el del deporte. Muchas veces la superación personal no está en hacer lo que nos gusta sea como sea, sino en hacer lo que no nos gusta y en encontrarle a eso el gusto. Todas las actividades relacionadas con el desarrollo del intelecto están siendo dilapidadas en favor del movimiento, de la competición atlética, del dinamismo transpiratorio. Cuando un deportista se lesiona empieza a hundirse en la depresión, y nosotros creemos que el verdadero antídoto contra esa depresión no es superar sus lesiones para volver al deporte, sino que es vencer en la lucha contra la apetencia primaria. Es buscarse un hobby en el que todo el esfuerzo lo hagan los sentidos y el cerebro. Es olvidarse del maratón para empezar a leer, a dibujar, a cocinar o a pescar.

El mundo es muy grande y hay recovecos inexplorados que están en nuestra mente. La tentación de tocarlo todo, de experimentarlo todo, nos va a llevar a acabar nuestras vidas sin haber visitado algunos habitáculos del órgano que cada uno tiene en la sesera, y que tan a mano están. Mens sana in corpore sano es una máxima de Juvenal llena de ironía y con todo el espíritu bufo de quien considera el deporte como una actividad que menoscaba el cuerpo humano.

Todo esto queda dicho sin ánimo de descalificar a nadie y con la vocación de reconocimiento que merece cualquier deportista que supera esas dificultades.

Indudablemente, lo mejor de la Paraolimpiada es la normalidad, la cohabitación con la diferencia. Mis hijos tienen seis y cuatro años respectivamente y estuvieron hace una semana viendo por la televisión una prueba de natación en la que competía gente sin piernas, gente sin brazos y gente sin piernas y sin brazos. Yo pensaba que las imágenes de estos deportistas podrían causar en estos niños una impresión muy fuerte, pero no fue así. Mis hijos son lo suficientemente pequeños como para que una situación de discapacidad no les inspire esas sensaciones que tiene un adulto ante ese panorama. Los adultos más o menos aprensivos disponemos de una perspectiva del dolor y sabemos que determinadas circunstancias vitales pueden llevarnos a caer en una sima profundísima. Los niños pequeños, en cambio, asumen determinadas cosas sin hacerse muchas preguntas. Yo vi que mis hijos se tomaron aquello como lo que es: una competición deportiva internacional. Eso sí: animaban más a los que más dificultades tenían para terminar la prueba, lo cual es una muestra de que en general los niños contemplan las cosas con naturalidad pero no tienen ni un pelo de tontos

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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