Depresión posvacacional

Se acaba el verano y probablemente nadie ha quedado satisfecho con estas vacaciones. La mayor parte de las personas quiere y necesita más días de descanso. La vuelta al cole (expresión escalofriante que ya se usa en cualquier contexto) se convierte en un tormento. Hay una cosa diagnosticada y perfilada que se llama síndrome posvacacional, una especie de depresión mayúscula que viene provocada por la vuelta al trabajo. Los semanarios dominicales editan en estos días varios remedios caseros para contrarrestar los efectos de esta dolencia psicológica. Estos remedios se centran en la perpetuación de las condiciones ambientales que se dan en verano.

Cualquiera sabe que esto no tiene mucho futuro. El otoño produce un proceso de enfriamiento y humidificación de las circunstancias que nos rodean, y ese proceso parece imparable. Por mucho que pintemos las paredes de colores cálidos y aunque tratemos de alargar el día y mantener horarios más o menos estivales, el movimiento de traslación de la Tierra nos lleva inexorablemente al invierno glacial.

En realidad, el problema es el trabajo. El trabajo profesional, por decirlo de una manera redundante. Trabajar es un hecho rotundo y definitivo, de una importancia incuestionable. Podemos justificar la existencia del trabajo bajo muchos parámetros religiosos, morales o incluso higiénicos, pero nosotros pensamos que no hay por qué ir muy lejos en estas elucubraciones; el trabajo es imprescindible para la alimentación de nuestras familias, para poder llevarse algo al gaznate. Hay que ponerse a trabajar porque nuestro cuerpo tiene unas exigencias inapelables, entre las que destaca la obligatoriedad de la ingesta de carburante alimenticio.

Por tanto, hay que comer y, para poder comer, hay que trabajar. Es importantísimo tener presente este hecho, que parece tan elemental pero que poco a poco vamos arrinconando en alguna esquina polvorienta de nuestro cerebro. Cuando el cerebro ha almacenado una cantidad suficiente de pensamientos inútiles, densos, de un peso específico colosal, en ese momento, digo, las bases elementales de nuestra existencia ya no están a mano, no están a la vista. Las ideas más importantes están tapadas por una abundancia de quincalla intelectual. La sesera está llena de nociones plomizas que no tienen uso y que son de una opacidad viscosa.

En vez de alargar los días, o de pintar nuestro dormitorio, debemos darnos cuenta de que el trabajo es un acontecimiento fenomenal, mediante el cual prestamos unos servicios a unas personas que nos ofrecen, como contraprestación, unas cantidades de dinero. Este procedimiento es plausible, muy digno de consideración, y en pura teoría un motivo de alegría. Como no somos idiotas, podemos estar de acuerdo en que no es posible alegrarse por volver a determinados trabajos humillantes, pero sí que deberíamos minimizar los efectos fatídicos de la vuelta al trabajo.

En estas cosas, como en casi todas las demás, es muy difícil generalizar. Cada situación laboral presenta unas características únicas, y las circunstancias personales son de una importancia fuera de toda duda. Tener dinero ahorrado, o tener una familia reducida, o tener un trabajo de confortabilidad inequívoca son factores que pueden alterar toda la ecuación.
En este sentido, la depresión posvacacional es inversamente proporcional al ajuste de nuestros factores. Si uno trabaja en una actividad próxima a sus gustos y apetencias, menos depresión; si uno trabaja poco (porque tiene pocos gastos), menos depresión; si uno tiene recursos económicos líquidos y disponibles, menos trabajo (o ningún trabajo) y menos depresión. Ahora bien: hay un tipo específico de personas que tienen cargas familiares, poco dinero y unos trabajos horripilantes y que, aún así, mantienen un temperamento deportivo, un optimismo insólito. Suelen ser personas extremadamente inteligentes, extremadamente tontas, extremadamente generosas o extremadamente iluminadas por algún sentimiento religioso o espiritual. En todo caso, es gente situada extremadamente, en un lugar alejado de la mediocridad general. Para todos los demás, lo importante es que mantengamos unos parámetros de ajuste adecuado de nuestras necesidades al tiempo de trabajo y a los ingresos que este trabajo proporciona.

Me dirán ustedes que estas conclusiones son elementales y que cualquiera sabe estas cosas. Me dirán que este último párrafo de la entrada de hoy es una pérdida de tiempo y una tomadura de pelo. Es cierto: estamos hablando de obviedades. Pero vamos constatando que la carga de chatarra intelectual que llevamos encima ha sepultado los conceptos derivados del razonamiento lógico, conceptos de una sencillez total. El cerebro del hombre moderno está funcionando como un trastero mohoso. A veces hay que abrir la puerta y buscar la manera de generar un poco de corriente, una forma de que pase el aire.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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