El fenómeno Adele

Hay aficionados a la música pop que están a la última y que saben qué es lo que se mueve en el panorama, tanto en el ámbito mainstream como en el mundo indie y underground. Y luego hay otras personas que no saben ni lo que estos anglicismos significan. Yo estoy en una zona intermedia: no tengo ni idea de lo que pasa en el mundo musical, pero escucho música. Generalmente, la que he escuchado siempre. Musicalmente soy un conservador recalcitrante e invariable. Una de las cosas que sí sé es que los discos ya no se venden; como mucho, se descargan, y poco. Plataformas como Spotify nacieron como una herramienta de difusión musical pero han sido el descabello del sector. Así, hemos llegado al momento actual, en el que las cifras de ventas de discos (incluyendo las descargas llamadas legales u onerosas) son dramáticas, puramente miserables, y eso que la industria hace todo lo que puede por esconderlas. Desde la popularización de la radio y la llegada del rocanrol, en los años 50 del siglo pasado, no hemos visto cifras de ventas tan raquíticas. La gente escucha música gratis y los músicos veteranos tienen que salir de gira para compensar la merma de ingresos, con los resultados que todos ustedes pueden ver.

Ahora bien; resulta que hay una cantante que, en estos momentos, se mueve en cifras de ventas del antiguo régimen. Se trata de una única artista, una persona aislada, un caso excepcional. Esta persona es la cantante británica Adele Adkins, conocida solamente por su nombre de pila: Adele. Recientemente he podido ver las cifras que mueve esta intérprete y uno se da cuenta de que son cifras propias de otra época: Adele, nacida en 1988, ha publicado tres discos, todos titulados con la edad que tenía cuando los grabó: 19, del que se vendieron 10 millones de copias; 21, del que se han vendido 31 millones de ejemplares en todo el mundo; y 25, publicado el otoño pasado y del que hasta febrero del 2016 se han vendido 19 millones de discos. En total, esta mujer ha vendido 60 millones de discos en un periodo de nueve años, periodo en el que cualquier otro superventas no ha llegado ni a un 10% de los volúmenes de facturación de esta cantante. Las cifras de Adele son cifras estrictamente ochenteras, propias de Michael Jackson, Dire Straits o Phil Collins. El asunto es rarísimo.

Reconozco que, en mi aislamiento, me he topado con estos números muy recientemente y sin haber podido oír nada de la música que interpreta Adele, así que la curiosidad me ha llevado a escuchar estos discos tan importantes, y a hacerlo desde una perspectiva más bien sociológica. He escuchado estos discos y puedo decir que Adele hace una mezcla despaciosa de soul blanco y de pop dramático, si es que hay algún lector que entienda lo que quiero decir. La música de Adele es agradable al oído y está bien compuesta y ejecutada. Además, la voz de Adele tiene un color magnífico y un carácter rotundo, reconocible. Adele no hace gorgoritos ni arabescos superfluos y destaca sobre sus contemporáneas por su sobriedad y su calidad sonora.

Desde este punto de vista, la cosa está muy bien. Sin embargo, no parece que estas características sean suficientes para que esta mujer funcione como funciona en el plano comercial, puesto que, como ya hemos dicho, este funcionamiento es sensacional. Adele vende una barbaridad. Por tanto, hay que mirar más allá, y vemos dos aspectos muy interesantes. En primer lugar, cuando Adele canta en directo interpreta las canciones. Esto quiere decir que Adele transmite, que lleva la letra de las canciones hasta sus límites y que es capaz de alcanzar unos grados de expresividad emotiva que son rarísimos en una persona tan joven. Yo invito al lector a que busque en Youtube actuaciones de Adele y verá de lo que estoy hablando. Adele se mete en el asunto de la canción con una convicción interpretativa que ya casi nadie tiene y que no se ve casi nunca, salvo que uno esté escuchando a Sinatra, que es, como todo el mundo sabe, uno de los grandes reyes de la conjunción entre letra, música y expresividad interpretativa.

Y, enlazándolo con todo esto, vemos que Adele es además autora o coautora de las canciones que canta, cosa que le separa de Sinatra y de los grandes cantantes que ha habido y que habrá. Adele tiene un tema fijo en sus letras, que es el tema de las tribulaciones amorosas en mayor o menor grado. Adele es una mujer que hasta hace muy poco tenía unas hechuras amplias y un sobrepeso considerable: además, en las entrevistas parece una chica cercana, cariñosa, sensible pero con carácter. Adele parece maja. Majísima. Y sus letras sobre desamores, novios que le abandonan, etc, tienen eco en el público, sobre todo entre las mujeres de todas las edades. Gran parte de las chicas que sentimentalmente han sido abandonadas alguna vez por alguien sienten predilección explícita y admirativa en grado sumo por Adele, que canta canciones que todo el mundo entiende y que da la impresión de haber pasado por los mismos trances rigurosos que su público femenino.

Y esta combinación de factores es mucho más poderosa que cada factor por separado. Los admiradores de Adele no se contentan con verle y escucharle, sino que van y compran sus discos porque secretamente quieren que Adele prospere, que salga adelante, que la vida le trate bien. Porque todo el mundo sabe que ya no es necesario comprar ningún disco para disfrutar de la música de nadie: basta con ir a Spotify o a cualquier plataforma filibustera y bajársela. Pero los fans de Adele compran los discos. Pagan por su música. En este sentido, constituyen un grupo humano numeroso pero francamente absurdo. Hay un elemento sentimental de gran poderío. Ojo con Adele.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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