Los pelmazos

Hablemos de los pelmazos. Los pelmazos son unas personas que a simple vista parecen ordinarias y corrientes; sin embargo, todo pelmazo presenta características diferenciadas, y en concreto los pelmazos tienen una configuración sensorial diferente a la del resto de sus conciudadanos. Evidentemente, en todo pelmazo se observa un desarrollo exagerado de la capacidad oral. Por decirlo de otra manera: el pelmazo habla sin parar. El pelmazo no soporta el silencio. Unos breves instantes de sonoridad nula le ponen de los nervios. Para erradicar el silencio, el pelmazo se pone a hablar como un loco. No obstante, esa capacidad para hablar mucho no es lo que define específicamente al pelmazo, o al menos no es rasgo suficiente para catalogarlo como tal. El pelmazo es una persona que, además de hablar mucho, no escucha. El pelmazo es completamente impermeable a cualquier mensaje que uno pueda intentar transmitirle. El pelmazo no deja hablar a nadie y, si por algún error ha permitido que digamos algo, ignora indefectiblemente aquello que acabamos de decir. La prueba definitiva de que estamos ante un pelmazo es esa sordera con respecto a lo que le rodea. Una de las estrategias para desenmascarar a un pelmazo es tratar de introducir en su discurso aseveraciones escandalosas, absurdas o extemporáneas: el pelmazo hará como que nos escucha pero seguirá con rigidez su camino oratorio, que es el camino de la tortura del interlocutor. Si el pelmazo hace un receso, prueben ustedes a decir en su presencia algo así como “acaba de morderme un unicornio, o “soy un coprófago diagnosticado”, o “ayer asesiné a mi madre”, y verán que el pelmazo asiente con la cabeza y sonríe amablemente mientras continúa taladrándonos el oído con su discurso.
A lo largo de nuestra vida tenemos una serie de encuentros fatídicos con los pelmazos. Lo deseable es que estos encuentros tengan una frecuencia que sea soportable. El discurso de un pelmazo suele tender a la especialización: hay pelmazos que tienen un único asunto y lo sacan a la luz nada más llegar. Los asuntos de ese pelmazo especializado suelen ser las cosas más aburridas que quepa imaginar, y seguir el hilo de lo que este buen señor nos cuenta es prácticamente imposible. Hay que reconocer que el pelmazo especializado sabe mucho de lo suyo y, aunque es insoportable, a veces da con alguien que podría llegar a distraerse con ese discurso: que Dios bendiga con su Gloria a esos pacientes ciudadanos, porque el sufrimiento en la Tierra lo tienen garantizado. Otros pelmazos albergan inquietudes de un rango mucho más amplio y consiguen aburrirnos con explicaciones prolijas de fenómenos evidentes, obvios o que no importan a nadie. Estos pelmazos tienen especial predilección por pontificar delante de gente que sabe mucho más que ellos sobre el asunto concreto que el pelmazo está glosando. En este sentido, el pelmazo genérico o no especializado da lo mejor de sí mismo en determinadas reuniones, como, por ejemplo, la mesa de un banquete de boda. Si este pelmazo tiene al lado a un traumatólogo, por ejemplo, el pelmazo tratará de explicar al traumatólogo cómo se opera una rodilla. Como se puede deducir, este pelmazo es un metepatas y consigue casi siempre ponerse en ridículo y abochornar a la concurrencia, aunque es un hombre osado que rara vez pasa vergüenza.
Hemos dicho que los pelmazos no escuchan nunca nada; además, los pelmazos no se van nunca. SI uno tiene la desgracia de que se le cuele un pelmazo en cualquier fiestecilla que organice en su casa, verá con espanto que el pelmazo monopoliza la reunión y además se dará cuenta de que el pelmazo es siempre el último que se va. El pelmazo está en una reunión como un niño con zapatos nuevos. A veces el pelmazo no se queda mucho tiempo, pero ese tiempo siempre parece mucho; y desde luego el pelmazo funciona como un repelente para invitados razonables. La gente más o menos funcional y razonable detecta enseguida las cualidades del pelmazo y se va a su casa pitando, dejándonos a solas con la pesadilla.
Desde este blog, que tiene vocación de servicio público, podríamos esbozar algunas iniciativas psicopedagógicas que podrían ir encaminadas a la reconducción del pelmazo y a su inserción en el mundo de las personas educadas y prudentes. Lamentablemente, creemos que contra los pelmazos no hay nada que hacer. Un buen pelmazo es incorregible. El pelmazo de alto rendimiento no tiene la menor idea del daño que causa con su cháchara. En este sentido, lo normal es que el pelmazo esté más o menos solo. Los buenos pelmazos no tienen pareja, salvo que estemos ante un pelmazo reciente y sobrevenido (en cuyo caso su pareja sufre unas crisis morales impresionantes) o salvo que su cónyuge sea otro pelmazo. Dos pelmazos suelen llevarse bien y pueden combinarse y construir una vida en común basándose en el respeto mutuo y en la sordera recíproca. Un matrimonio de pelmazos se protege mutuamente y crece como un organismo autoalimentado. Ahora bien: un matrimonio de pelmazos es una amenaza para el resto del mundo. Socialmente, el matrimonio de pelmazos es una bomba de racimo y tiene garantizada la exclusión social. A estos matrimonios no les queda otra solución que la caridad y la beneficencia de las personas solidarias. Los amigos de un pelmazo suelen ser seres superiores cuyo desinterés y vocación de servicio están muy por encima de lo exigible.
Porque en este asunto lo peor que puede pasarnos es que uno de nuestros mejores amigos sea un pelmazo. Como se sabe, es muy difícil romper con un amigo: normalmente las rupturas entre amigos solamente se producen por asuntos gravísimos, asuntos de dinero o infidelidades rotundas y contrastadas. Sin embargo, nadie deja tirado a un amigo porque sea un pelmazo. Un amigo pelmazo nos perseguirá siempre y nos dará la chapa hasta el fin de nuestros días o hasta que nos sangren los oídos. Es mejor que ustedes vayan sabiéndolo y se hagan a la idea.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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