Baroja y Dylan

Una de las grandes aportaciones de la modernidad a la cultura es el arte inmediato, directo, sin procesar. Durante los siglos XIX y XX se produjo la gran reforma de las artes estéticas, reforma en virtud de la cual empezó a buscarse la sorpresa del público con la mayor rotundidad. Como suele suceder, esta renovación tuvo sus pilares indiscutibles y sus genios fundacionales, pero lamentablemente también creó un medio ambiente idóneo para el desarrollo de la cuquería más desvergonzada, cuquería que ha sobrevivido hasta nuestros días y que hoy nos proporciona la posibilidad de ir a un museo, pagar una entrada y contemplar allí verdaderas mamarrachadas.

Porque la osadía consciente, la falta de talento y la cara dura son los tres elementos que, en combinación, pueden poner de los nervios a cualquiera que tenga un espíritu más o menos descreído. En estos temas se dice que la opinión de uno vale lo mismo que la de cualquier otro, así que valga la mía como la de cualquiera, y todos contentos.

Como hemos dicho, el arte inmediato y poco estructurado fue el campo de trabajo de algunos artistas de gran talento y también de infinidad de estafadores que se han hecho multimillonarios con una estrategia que es una tomadura de pelo pura y simple. En muchos casos, estamos ante personajes que han elaborado deliberadamente un arte poco elaborado, si es que alguien entiende lo que quiero decir. La búsqueda de la inmediatez ha sido un procedimiento industrial, consciente y dogmático, así que el fondo de buena parte de la cultura contemporánea es un fondo de listeza calculada que resulta francamente antipático.

A veces, sin embargo, uno se encuentra con manifestaciones culturales teóricamente adscritas a estos procesos de elaboración pero que en realidad son obras espontáneas y que ven la luz prácticamente sin permiso. Los Reyes Magos me han regalado una novela y un disco que no tienen nada que ver pero que, por pura casualidad, son parte de la cultura en crudo más auténtica. Por un lado, Sus Majestades me han traído Los Caprichos de la Suerte, novela de Pío Baroja que sus herederos han entregado a la imprenta sesenta años después de la muerte del escritor guipuzcoano. Don Pío escribió este texto como parte de su trilogía sobre la Guerra Civil y no pudo darle forma completa. El libro cuenta la historia de un escritor, contratipo del propio Baroja, que huye durante la guerra española y acaba en París. Gran parte de la novela es una relación de los tipos que Baroja se encontró durante su exilio en la capital de Francia, relación intercalada con descripciones de algunas de las barbaridades cometidas en España durante los tres años de guerra.

Baroja fue siempre un escritor aparentemente descuidado, de un ritmo irregular. Baroja, desde un punto de vista profesoral, era un escritor desastroso. Su sintaxis deficiente y sus aberraciones gramaticales le dejan a uno boquiabierto. Ahora bien: Baroja tenía personalidad, misterio y talento. A Baroja le fallaba muchas veces la concordancia sujeto/predicado pero no le fallaban el ojo ni el olfato. Baroja se deja párrafos sin rematar pero da siempre el ambiente.

Esta novela ahora publicada es, en este sentido, un desbarajuste filológico/estructural de proporciones indescriptibles, pero también es un triunfo total como artefacto literario moderno, porque además de ser la menos rematada y pulida de sus novelas (en el fondo, no está ni terminada), esta novela es un libro de verdad. La sensación de que Baroja vio y oyó a las personas que saca en este libro es una sensación completa que deja poso. Cuando Baroja cuenta las salvajadas de la guerra, uno permanece mudo.

Y cuando decimos que ésta es su obra más descuidada, el lector barojiano ya puede imaginarse qué tipo de aberraciones léxicas va a encontrarse en Los Caprichos de la Suerte, que por otra parte es una novela barojiana en la que, por tanto, entra y sale gente sin ton ni son y a la buena de Dios. Ningún personaje es utilizado como mecanismo literario o como herramienta de avance de la historia porque todos son prescindibles y porque Baroja no quiere que la historia llegue a ningún sitio. Esta novela, así publicada, es un ejemplar de literatura contemporánea de la buena. Sin adulterar. Sin artificio ni planificación novelística.

Además, los Reyes Magos, que son muy listos, me han regalado un disco séxtuple de Bob Dylan y The Band que se llama The Basement Tapes Collection. Por resumirlo mucho, éste disco reúne por orden cronológico las grabaciones completas que Dylan y su primera banda hicieron en varias casas particulares de la comunidad rural de Woodstock (Nueva York) durante la primavera y el verano de 1967, mientras Dylan se recuperaba de un accidente de moto. Dylan necesitaba una catarsis y la encontró con este grupo, que era un grupo canadiense de rockabilly. Dylan y The Band fueron grabando música sin otra pretensión que la de tocar y cantar. Los seis discos contienen versiones de canciones antiquísimas, repeticiones, trozos de canciones nuevas, canciones nuevas enteras, falsos comienzos de canciones, errores, instrumentos abiertamente desafinados, etc, y todo ello dentro de unos parámetros de calidad sonora muy cutre, literalmente de andar por casa. Como habrán podido ustedes adivinar, este disco es un disco que requiere un esfuerzo. La mayor parte del público no está dispuesta a llevar a cabo este esfuerzo. The Basement Tapes Collection es, en este sentido, un trabajo larguísimo, correoso y al que es difícil hincarle el diente.

No obstante, este disco es áspero pero probablemente también es una obra maestra de la música popular. Y lo que le da esa cualidad es el talento de los músicos y la inmediatez sin premeditar del formato. Dylan grabó esta música en su casa, sin ánimo de exhibirla tal y como se grabó, y por ello nunca ha cantado mejor. En este disco, los músicos hacen música con toda la libertad expresiva y con las limitaciones de sus propias destrezas. Es un disco atemporal, con baladas vetustas y con canciones nuevas, todo ello dentro de un tono de sinceridad que no se ha dado ni antes ni después.

Si algún lector ha llegado hasta aquí, tengo que agradecerle su paciencia. Este lector esforzadísimo podría preguntarse si dedicar tanta palabrería para comparar a Baroja y Dylan no es un exceso absurdo que deja en mal lugar a quien lo propone. Pues sí. Pero lo que uno quería decir es que me he encontrado simultáneamente con dos ejemplos de que algunas veces el arte en crudo no tiene gato encerrado sino que es de verdad. A mi entender, la inmediatez como postura artificial es siempre sospechosa y huele a chamusquina. La inmediatez del talento, cuando es sincera, no se puede mejorar.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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