La Nochevieja en mi pueblo

El año 2016 acaba de empezar y estamos inmersos en lo que se conoce como Las Fiestas. “Felices Fiestas”, dice la gente, y normalmente se queda tan ancha. Muy poco a poco, y de forma relativamente subrepticia, La Navidad se ha convertido en Las Fiestas, aunque este periodo sigue estructurado nominalmente en torno a tres fechas: la Nochebuena, la Nochevieja y la noche de Reyes. Hoy en día, estos quince días de diciembre/enero se funden en una amalgama de excesos digestivos y de reuniones familiares altamente problemáticas. Que se celebre el fin de año o el nacimiento de Jesús de Nazaret es algo que no le importa a nadie mientras tengamos suficiente cantidad de vino espumoso y de gallina trufada. Porque, si la naturaleza de estas tres fechas presentaba antiguamente algunas diferencias, con el tiempo hemos conseguido homogeneizarlo todo primorosamente, y ahora no hay muchas posibilidades de diferenciar una Nochebuena de una Nochevieja, salvo, quizá, la presencia callejera de los petardos y los cohetes, que de momento siguen circunscritos a la última noche del año.

Yo vivo en un municipio vizcaíno en el que los vecinos se desenvuelven a lo largo del año con unos niveles de sigilo y urbanidad relativamente plausibles, pero en Nochevieja, después de las campanadas, buena parte de esos ciudadanos sale al balcón y saca un polvorín de cohetes, petardos, torpedos y fuegos artificiales de amplia vistosidad. Estos señores pirotécnicos van prendiendo fuego a las mechas sin cambiar el gesto y lanzan su armamento contra los balcones de la casa de enfrente. Los lanzamientos se producen con una metodología tranquila y hasta el vecino más apacible apoya el bazooka sobre la barricada de la terraza y lo pone en marcha con una frialdad que le deja a uno estupefacto. Insisto en que estamos hablando de personas que durante 364 días del año no levantan la voz y pasean en calma por el pueblo; entre las doce y la una de la madrugada del día 1 de enero, estos señores se convierten en unos auténticos valencianos.

Ya hemos explicado en alguna otra entrada soporífera de este blog que los fuegos artificiales son, en nuestra opinión, una cosa desagradabilísima, aunque nos parece estupendo que haya otras personas a las que les entusiasme la pérdida de capacidad de audición o la mutilación de las extremidades de su cuerpo manipulando artefactos explosivos; nosotros respetamos a todo el mundo siempre y cuando estas mutilaciones se produzcan en los cuerpos de los propios pirotécnicos aficionados, y siempre y cuando estos señores tan simpáticos nos dejen en paz. Por tanto, ante unos fuegos artificiales convencionales, uno solamente puede tratar de insonorizarse y dedicarse a otras cosas más provechosas. Sin embargo, lo que pasa en mi pueblo en Nochevieja (y sospecho que pasa en alguna otra localidad) se sale de la pirotecnia convencional, puesto que, si bien en unos fuegos artificiales convencionales hay un cierto control gubernativo de lo que explota y lo que se lanza al espacio, y hay unas licencias municipales, unas medidas de seguridad y unas sanciones administrativas, en la mascletá vecinal de mi pueblo no hay absolutamente nada de eso. De hecho, aunque no sabemos si el uso particular de material pirotécnico está prohibido y si la compra de estos proyectiles se hace al margen de la ley, estamos convencidos de que las detonaciones que vemos en nuestras calles cada Nochevieja, con tracas dignas de cualquier competición profesional en el sudeste asiático, no deberían poderse hacer fuera de un recinto protegido y delimitado por la Administración. Yo he estado a dos metros de distancia de un tubo-cañón de proyectiles mortíferos, tubo ubicado en mitad de la vía pública; yo he visto a unos señores particulares lanzando desde su ventana misiles silbantes y asesinos. Yo he visto detonaciones graciosísimas de pequeñas bombas (también graciosísimas) ubicadas en el interior de papeleras y contenedores de basura. Todo esto, como es natural, es cosa de mucha risa.

Es probable que existan en mi pueblo algunos ciudadanos que opinen (como yo) que esta demostración de artillería sin control es un fenómeno desapacible y peligrosísimo; no obstante, muchas de las personas con las que hablo de esto me miran como si fuera un mutante del espacio y me llaman carca, trasnochado y gruñón. Bien. Insisto en que tenemos que respetar el estruendo infame de los fuegos artificiales regulados y bajo control municipal. Pero queremos señalar que durante una hora al año nuestros conciudadanos se hacen rodear de un halo de pólvora y se convierten (quizá por efecto del vino y de los mazapanes) en unos seres procedentes del Levante español, dicho sea esto con todo el cariño hacia los levantinos, quienes por otra parte son personas consecuentes con su carácter pirotécnico, que en ellos es permanente y estable durante todo el año. El fenómeno que se produce en mi pueblo es digno de estudio y nos gustaría que algún reputado antropólogo pueda observar este comportamiento de fin de año. Recomendamos al antropólogo que se ponga para ello un traje de apicultor.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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