Los pobres perros

Una sociedad protectora de animales de Pontevedra que se llama Os Palleiros denuncia que hay personas que este verano están abandonando a sus perros en las instalaciones de la protectora lanzándolos por encima de la valla que rodea al recinto. Esta semana se han producido dos lanzamientos caninos y hace veinte días otro pobre animal aterrizó en el patio de Os Palleiros. La protectora dice que este nuevo deporte no solamente es cruel con los perros sino que además ellos ya tienen 170 canes en sus dominios, un número que excede su capacidad, y en consecuencia ruega a la población que se abstenga de ejecutar nuevos lanzamientos. Se entiende que los perros lanzados por encima de la valla son ejemplares de tamaño apto para su lanzamiento, y que no se han registrado aún vuelos de San Bernardos, dogos, grandes daneses u otros perros de razas de gran tonelaje. Harían falta seis estibadores portuarios gallegos para poder lanzar a un mastín del Pirineo por encima de esa valla.

El abandono de mascotas en verano es un asunto viejísimo. Recuerden ustedes la famosa campaña titulada “Él nunca lo haría”. Las vacaciones convierten al perro en un incordio morrocotudo, aunque en muchos casos el perro ya era un incordio antes de empezar las vacaciones. El perro es un animal de compañía al que todo el mundo reconoce una serie de cualidades benéficas: es cariñoso, fiel, noble, alegre, etc. Estas cualidades aparecen acompañadas por otros rasgos menos benéficos: el perro ensucia, provoca estragos en sus aledaños, exige implacablemente una rutina de paseos y salidas, ladra ruidosamente y, en muchísimos casos, muerde; de hecho, se puede decir que todos los perros están preparados genética y anatómicamente para morder, desgarrar, triturar y horadar cualquier tejido que pueda parecerles apetitoso, incluida, como es natural, la carne humana. Afortunadamente muchos perros están muy bien educados y apenas dejan ver esa predisposición al mordisco.

Durante muchos años, yo he sido una persona que contemplaba con asombro la cría de perros en cautividad. Yo pensaba que el perro era un animal maravilloso cuyo ámbito de actuación debía circunscribirse de forma estricta al reino animal. Yo podía ver de forma instantánea todas las pegas que tienen estos animales, y en cambio no tenía la capacidad personal para detectar la parte buena de la compañía canina, con lo cual cualquier persona que viviese con un perro me dejaba atónito. Sin embargo, a lo largo de los años uno va cambiando de opiniones y pareceres, y he podido comprobar que, en algunos casos, la presencia de un perro aporta beneficios. He visto a niños con problemas psíquicos que mejoran y que sonríen conviviendo con una mascota canina; he visto a perros de finca con un comportamiento apacible que de pronto se convierten en unas fieras tremebundas ante la presencia de malhechores y asaltantes. He visto a ancianos que, gracias a convivir con un perrillo faldero, se obligan a mantener una rutina de paseos y salidas que no se produciría de no haber perro alguno; esa cualidad desengrasante de las articulaciones de un anciano es uno de los beneficios caninos más plausibles. La observación continuada me ha abierto los ojos y me ha hecho entender que el perro tiene su lugar en la civilización humana. Ese lugar está de momento muy lejos de mis proximidades, pero es un lugar que existe.

Esto no quita para seguir percibiendo que los perros son una murga impresionante. La adquisición de un perro, que es un animal monísimo, supone la aceptación de un vínculo tremendo, y sin embargo seguimos observando que esos vínculos se contraen sin ton ni son y a la buena de Dios. Los perros dan la tabarra e instauran una dictadura inapelable de horarios de comidas y de deposiciones fecales. Los perros, especialmente cuando son pequeños, se escapan de casa, destruyen el mobiliario y no pueden estar solos. Los perros acarrean un compromiso que en la mayor parte de los casos es más férreo que muchos compromisos conyugales, en los que la flexibilidad del día a día es muchísimo más laxa.

No hay que investigar mucho para ver que estas cosas ocurren indefectiblemente, y pese a ello la gente sigue comprando perros, los adopta o los acoge en sus casas. Se ve que buena parte de esta gente sufre una obturación cerebral momentánea que les impide proyectar la nueva vida de esclavitud que supone la aceptación de un perro. Las consecuencias de tanta imprudencia se sufren todos los días pero se manifiestan exteriormente en la época estival, en la que la gente suele querer salir de su casa e irse a Benidorm. Si uno dispone de ciertos recursos, deja al perro en alguno de esos hoteles caninos cuyas tarifas son prácticamente las mismas que las de los hoteles para adultos; y si uno no dispone de recursos, o bien dispone de muy pocos escrúpulos, opta por abandonar al perro o por lanzarlo por encima de la valla como si fuera un martillo olímpico, con el agravante del leñazo que se mete el pobre perro al caer.

Desde este blog vamos a proponer la instauración de un examen previo a la adquisición de un perro. Este examen debería ser largo, minucioso y apocalíptico, y debería forzar en el nuevo dueño la contemplación de toda la casuística canina, cargando las tintas en los aspectos más truculentos. Este trámite obligatorio podría ayudar a muchos potenciales adquirientes de un perro a tomar la decisión correcta con respecto a sus apetencias iniciales, una decisión que podría ir encaminada a la no adquisición. Nos evitaríamos problemas para los potenciales dueños y ahorraríamos a los pobres perros un abandono cruel o un aterrizaje forzoso en el patio de Os Palleiros.  

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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