El ligue cibernético

La revolución tecnológica está consolidada y las novedades se hacen viejas enseguida. He descubierto muy recientemente Tinder, que es básicamente una aplicación para ligar, y que seguramente lleva funcionando mucho tiempo. Según he visto, en este sistema uno se da de alta y se convierte en una persona oficialmente interesada en ligar y, por tanto, localizable para otras personas que tienen esos mismos intereses. El programa abre la posibilidad de ver fotos y de mirar el perfil de Facebook de los interesados, así que uno puede tener contacto con personas que aparentemente son agradables a la vista y que, además, han demostrado un cierto interés por uno mismo a través de los mismos métodos. Estas búsquedas pueden filtrarse por zonas geográficas, con lo que uno puede saber cuántas personas interesadas en conocer a otras personas hay en nuestra zona de influencia, y además uno puede saber cómo son estas personas desde un punto de vista físico, y esas mismas personas pueden comprobar el aspecto que uno mismo tiene. Cuando dos usuarios de Tinder se gustan mutuamente, se abre un chat de WhatsApp y empieza el enredamiento. La aplicación funciona maravillosamente y provoca innumerables chats entre personas que no se conocen pero que, a simple vista, se gustan. La idea es magistral y el sistema está teniendo un éxito absoluto.

No obstante, los usuarios de este programa explican que Tinder tiene tres posibles problemas: en primer lugar, que la persona con la que uno contacte haya falsificado sus fotos y tenga un perfil falso; este riesgo, según me cuentan, es mínimo. En segundo lugar, existe un problema de falta de sintonía, puesto que los usuarios de Tinder presentan características diferentes y utilizan la aplicación con fines distintos: algunos usuarios desean embarcarse en una relación estable, duradera y monógama, mientras que otros prefieren una modalidad relacional más esporádica y basada en la termodinámica primaria. Este problema se da a menudo y viene provocado porque Tinder no discrimina usuarios ni está destinado a unos o a otros, sino que acoge tanto a los románticos recalcitrantes como a los que buscan el fogonazo puntual, bien sea porque provienen de relaciones largas y tortuosas o bien porque son alérgicos al compromiso o incompatibles con la exclusividad afectiva.

Y el tercer problema que presenta Tinder es que, según parece, se trata de una aplicación con unas características tan adictivas que muchas veces neutraliza la voluntad del usuario, usuario que se encuentra enganchado a la actualización perpetua de los chats romántico-calentorros que mantiene abiertos. Fíjense ustedes que cualquier persona corriente presenta en mayor o menor medida una dependencia del WhatsApp normal, y vemos a todo el mundo consultando continuamente su móvil para ver si sus amistades se comunican con él; ahora imaginen ustedes que todos los chats que se tienen abiertos estuvieran presididos por la posibilidad real de concretar una relación sentimental o física con nuestra lista de contactos, e imaginen el enganchón adictivo que eso puede provocar en cualquier ser humano con alguna sensibilidad. Tinder es, según varias fuentes, un agente centrifugador de mucho cuidado.

Los usuarios de esta aplicación confiesan que estamos ante un instrumento que ha animado de forma decisiva la vida afectiva y/o sexual de todas estas personas. Tinder (y las demás aplicaciones que para este fin se han creado y funcionan por ahí) se salta varios pasos del cortejo sentimental y pone a los intervinientes en una situación de proximidad interesantísima. Hay que decir que, una vez conseguida esa proximidad, los usuarios deben disponer de unas técnicas seductivas mínimas, por decirlo de alguna manera.

Muchos autores han tratado de deducir el fundamento que rige la técnica de la seducción. Nosotros, que somos unos ignorantes, hemos podido dedicarnos durante muchos años a la observación zoológica y ahora podemos esbozar unos rasgos generales de este procedimiento, haciéndolo con todas las cautelas que este asunto requiere. Hemos visto que, en materia de seducción, los hombres y las mujeres reaccionamos a diferentes estímulos. Por lo que muy modestamente hemos podido comprobar, hay una parte importante de la población femenina que siente una debilidad concreta por aquellos hombres que dan la impresión de que les escuchan y les comprenden. Un hombre con aspecto normal y que parezca que escucha comprensivamente lo que se le dice tiene mucho ganado con cualquier mujer. Es famoso el caso del actor Gary Cooper, que era un hombre irresistible para las mujeres no solamente por su aspecto físico sino también porque en sus conversaciones privadas era un experto en poner cara comprensiva y en dar a entender que se identificaba con las cuitas de sus interlocutoras, lo que provocaba la licuefacción de todas las mujeres. El hecho curioso es que Gary Cooper estaba sordo como una tapia y en realidad no prestaba la más mínima atención a lo que le decían.

En el ámbito de los hombres, y descartando la especificidad de los casos particulares, podemos afirmar que para seducir a un hombre mediano hay que jugar con su vanidad. Aunque no nos demos cuenta, la mayor parte de los hombres tenemos una sensibilidad enorme cuando se nos halaga o cuando se azuza nuestra vanidad. Para una importantísima mayoría de hombres adultos, la sensación de haber seducido a alguien es razón suficiente para que nos seduzcan. Si cualquier mujer quiere conquistarnos, solamente necesita dar la impresión de que se siente atraída por nosotros. Estos mecanismos son de una simpleza impresionante pero funcionan perfectamente. Una mujer, en cambio, no suele caer en estas trampas porque tiene la autoestima más baja y enseguida ven que hay gato encerrado. Pero los hombres seguimos considerando que somos guapos e inteligentes y en consecuencia encontramos normal que cualquier mujer quede obnubilada por nuestra atractiva personalidad. La cosa da risa.

Creemos que, por mucho que las aplicaciones cibernéticas de contactos hayan reducido los plazos y los prolegómenos de la seducción, estas debilidades de hombres y mujeres están plenamente vigentes. Está por ver si alguna aplicación empieza a tenerlas en cuenta y elimina incluso el juego seductivo mínimo. Acabaremos quedando con el GPS y nos enrollaremos sin mediar palabra.

 

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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