La Voz

Ha empezado en Telecinco la nueva edición del concurso La Voz. Como saben todos ustedes, este programa es un talent show en el que unos famosos profesores aleccionan a unos cantantes noveles en el difícil arte de la entonación, el ritmo y la sensibilidad de la música popular de carácter vocal. En esta edición, los profesores son Alejandro Sanz, Malú, Antonio Orozco y Laura Pausini. Este concurso es un éxito total y genera unas expectativas impresionantes entre el gran público, que lo sigue por televisión e internet como un solo hombre. Es relevante decir que, desde un punto de vista estrictamente televisivo, este programa está muy bien. El montaje tiene ritmo y suspense, y los momentos importantísimos se suceden sin pausa. Es difícil dejar de verlo. También es justo reconocer que este programa es moralmente intachable, porque no apela a las bajas pasiones de nadie ni busca el impacto a través de la chabacanería o la polémica.

Dicho todo esto, y una vez reconocidas todas estas virtudes, yo tengo que decir también que, por desgracia, tengo mis prevenciones estéticas ante este programa. Dentro de la insignificancia de uno mismo, soy un aficionado a la música y también soy un músico aficionado, no necesariamente por este orden, y mi principal problema al ver (y, sobre todo, al escuchar) este programa es que me da en la nariz que los responsables de La Voz andan buscando un formato de cantante muy concreto y específico. Este cantante/tipo que se busca es un cantante que podríamos denominar quebrado o accidentado. Estamos hablando de cantantes que, ante la posibilidad de cantar una nota única, no eligen el camino más corto (que sería el camino en línea recta hasta el final de la nota) sino que ofrecen quiebros, rodeos y circunloquios musicales. Estos requiebros de la voz, que popularmente se conocen como gorgoritos, han pasado de ser un accesorio barroco a convertirse en lo fundamental. Por lo que parece, los cantantes que se presentan a este concurso tienen muchas cosas que aprender, pero una cosa que ya conocen antes de entrar es el manejo de la técnica de la finta, del quiebro, la técnica del gorgorito. Vemos concursantes en su última pubertad, que además tienden a desafinar, y que, sin embargo, lo dan todo a la hora del gorgorito, hora que además es una hora cualquiera, cualquier hora, la totalidad del tiempo. El gorgorito puede aparecer en cualquier momento y no duden ustedes de que aparece. Según parece, la doctrina actual ha descubierto que todas las notas de una melodía son elásticas y por tanto susceptibles de sufrir estiramientos, distensiones y ondulaciones sin fin. Y en este concurso de La Voz vemos además a unos profesores que aplauden este barroquismo vocal, y que a veces incluso echan una lagrimita cuando escuchan tanta voluta.

Una consecuencia de todo esto es que este concurso está favoreciendo de manera tal vez inconsciente a los intérpretes de dos tipos específicos de música: la música aflamencada y la música de carácter negroide. Esto no parece deliberado sino que es producto del amor por los gorgoritos, ya que estos estilos musicales (el flamenco y el soul moderno) son los que mejor acogen el requiebro y el arabesco. Un espectador que no esté interesado por el flamenco o por el soul más churriguerescos ya puede ir cambiando de canal. Antonio Molina, si viviera, sería el ganador de cualquier edición de este concurso: podemos imaginarnos al mítico cantante malagueño lanzando una catarata vocal de proporciones colosales y provocando una colitis inmediata en el público y en cualquiera de los jueces.

En este blog no tenemos ninguna intención apostólica, aunque no siempre uno puede conseguir lo que se propone, y en materia de gustos hay que hacer verdaderos esfuerzos por evitar la pontificación y el aleccionamiento, dos cosas que, como se sabe, resultan irritantes para cualquier lector convencional. Pero creemos que proclamar la presencia invasiva del gorgorito en La Voz y, por extensión, en toda la música pop actual es simplemente un ejercicio de mera descripción. Es evidente que todo esto de los gorgoritos no tiene la mayor importancia y que no tiene ninguna consecuencia alarmante para nadie. No sabemos si la sociedad contemporánea se va moralmente a pique, pero si así fuera no sería por los gorgoritos. Ahora bien: la preponderancia del barroquismo vocal es una tendencia uniformadora que tiene una cierta gravedad estética porque podría acabar con todo aquello que no sea el gorgorito. “Me gustan los uniformes siempre que sean multiformes”, dijo Eugenio D’Ors acerca de su propia tendencia a disfrazarse de militar; el canto barroco actual es una manera multiforme de implantar la uniformidad, por decirlo de alguna manera. Podríamos llegar a un punto en el que todo cantante sea un emisor de regates, y entonces habrá que refugiarse en la música grabada.

Como uno tiene sus limitaciones expresivas, voy a citar al maestro Bob Dylan, que hace unas semanas pronunció un raro discurso (raro porque Dylan es normalmente misterioso y hermético) en el que hizo una digresión magnífica sobre la música popular. Se ha dicho muchas veces que Dylan canta como un perro, y él se encarga en este discurso de contestar a todos sus críticos. Pero hay un párrafo que viene muy a propósito de esto de La Voz, y traduzco libremente a Dylan: “Los críticos dicen que en directo retuerzo mis melodías y que hago versiones completamente irreconocibles. ¿En serio? Déjenme que les diga una cosa: hace años estuve en un combate de boxeo entre Floyd Mayweather y un boxeador puertorriqueño. Antes del combate, alguien salió a cantar el himno de Puerto Rico y fue una cosa maravillosa, emotiva, cantada desde el corazón. Y después llegó el turno del himno nacional norteamericano. Una cantante de soul muy popular fue la elegida para cantarlo. Cantó todas las notas que existen y algunas que no existen. Y luego me hablan a mí de retorcer melodías. Esta mujer cogía una palabra monosílaba y la estiraba durante quince minutos. Estuvo haciendo ejercicios vocales de carácter gimnástico como si fuera una trapecista. Para mí, la cosa no tuvo ninguna gracia”.

PS: el discurso completo de Dylan (en inglés) está aquí.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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