La corbata

A mi juicio, el hecho más relevante de las recientes elecciones en Andalucía no es el mantenimiento del PSOE ni el hundimiento del PP ni la irrupción de Podemos y Ciudadanos. Para mí, lo más importante de estos comicios ha sido la desaparición casi total de la corbata. La corbata es un complemento textil que todo el mundo conoce y cuyo origen se remonta, según parece, a la época romana; se dice que inicialmente la corbata tenía un uso práctico de cobertura o protección del gaznate, pero parece que en el siglo XVII los mercenarios croatas introdujeron en Francia la corbata como elemento puramente decorativo (se supone que la denominación corbata viene, precisamente, de croata). Podemos decir que durante los últimos tres siglos la corbata ha sido un artículo de uso mayoritario en cualquier ámbito ciudadano y más o menos oficial. Es cierto que en este asunto nos encontramos con que, si uno lo mira con cierto distanciamiento, la corbata no es nada más que una especie de lengua de tela que cuelga del cuello, un colgajo más o menos absurdo. Ya no abriga ni protege a nadie. La corbata en el siglo XXI es ya solamente un símbolo: hasta hace muy poco tiempo, era un símbolo de ceremonia y de deferencia protocolaria para algunos y un símbolo de todo lo malo para otros; en los últimos meses estamos observando que los detractores de la corbata comienzan a ganar terreno sociopolítico.

Uno diría que el triunfo de Tsipras en Grecia ha sido uno de los catalizadores de esta regresión de la corbata en el ámbito electoral. El presidente griego aún no ha podido llevar a cabo ninguna de sus reformas radicales, y está sintiendo el peso de la administración europea y del universo capitalista, pero desde el primer día se ha mostrado como un hombre deliberadamente desencorbatado, y así ha ocurrido con todos los miembros de su gobierno, empezando por el apolíneo ministro de finanzas, señor Varufakis. El ministro griego no ha podido avanzar ni un metro en pos de la destrucción del mercantilismo austero y opresor, pero ha manifestado simbólicamente su desdén yendo a las reuniones europeas sin corbata. He ahí el desplante. Por ahora, el electorado griego, que quería la erradicación radical del hambre y del desempleo, tiene que conformarse con la erradicación de la corbata.

Y en este contexto estilístico hemos celebrado las elecciones andaluzas. Como hemos señalado, éstas son las primeras elecciones de la presente democracia española en las que ningún candidato ha llevado corbata. En algunos partidos esto no sorprende: Izquierda Unida y Podemos son partidos inscritos en la militancia activa anticorbatil; Ciudadanos se ha fundado como partido ajeno a las convenciones de la vieja política (y, por tanto, desencorbatado); el PSOE tiene una larga tradición de alternancia entre momentos de corbata y otros sin ella y en estas elecciones se ha confirmado como partido sin corbata (Pedro Sánchez sólo lleva corbata en el Parlamento). Probablemente el cambio más radical lo hemos visto en el Partido Popular. El candidato Moreno Bonilla ha ido mayoritariamente sin corbata, y ayer asistimos a la confirmación de esta estrategia del PP con la comparecencia de los dos portavoces nacionales completamente desprovistos de corbata: el indescriptible Carlos Floriano y el nuevo dirigente telegénico, Pablo Casado, quien además lleva ya varias semanas acudiendo a La Sexta Noche a cuello abierto. No son los primeros peperos que optan por este look, y, por ejemplo, en el País Vasco tenemos desde hace tiempo a Borja Sémper, dirigente altamente dinámico y juvenil a quien nadie recuerda con una corbata puesta.

Por lo que parece, hay un acuerdo tácito entre nuestros políticos sobre la corbata, que se ha convertido oficialmente en un instrumento mayúsculo de opresión que denota un alineamiento total con las tesis de austeridad y recortes que tanta repulsión causan a una parte sustancial del cuerpo electoral. Esto está muy bien, aunque realmente no vemos el peso ideológico real de una corbata: Santiago Carrillo, jefazo comunista que vivió cerca de cien años, iba siempre con un pitillo en la mano y también con un corbata al cuello. Y tampoco vemos que en el mundo real la corbata vaya a desaparecer tan rápidamente. Los tratadistas del marketing tienen estudiado que la mayor parte de los ciudadanos recibimos de buen grado la presencia de una corbata en muchas de las situaciones a las que nos enfrentamos a diario. Esto se ve, por ejemplo, cuando una persona habitualmente desencorbatada se pone de repente una corbata (en una boda, o en funeral): esta persona es observada con un respeto renovado, sobre todo por las mujeres, que son quizá las que más valoran la corbata como instrumento de significación ocasional. Probablemente veremos en el futuro una presencia menor de la corbata en nuestras vidas, pero eso le dará mucha más importancia a la corbata cuando aparezca.

Ahora bien: si alguien cree que un político sin corbata va a defender con más fuerza la libertad, la igualdad o la fraternidad en los foros en los que se encuentre, va listo: que vea lo que está pasando con los griegos. En política, la ausencia de corbata no garantiza nada; un político sin corbata puede ser mucho más peligroso que uno con corbata. El desencorbatamiento electoral sólo garantiza la propia preocupación del político por las convenciones y por el marketing electoral, lo cual no es necesariamente un buena noticia. En el fondo, la corbata es un trapo cuya significación depende de cada uno de nosotros. A veces, el único motivo por el que alguien no lleva corbata es porque le molesta físicamente, le aprieta, le oprime el cuello. Hay personas que, precisamente por esa presión física, valoran el mérito de que alguien se ponga la corbata. Yo reconozco que no encuentro ningún problema anatómico en la llevanza de una corbata, con lo cual ese peso sacrificado de la corbata no lo percibo. Y luego hay mentes claras e inocentes que tienen la ventaja de ver todo esto asunto como una chorrada impresionante. Conozco un caso de un hombre que tenía un comportamiento social incontrolable y que, en ese sentido, tenía cierta predisposición a llamar la atención; este hombre tenía que ir a la boda de un pariente y su padre le pidió por favor que no apareciera dando la nota y que acudiera a esta ceremonia con chaqueta y corbata; y este individuo aceptó la propuesta de su padre. Fue a la boda con chaqueta y corbata, pero sin camisa.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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