Marañón, hoy

Hay una parte muy importante de los ciudadanos que más o menos cree que estamos en un país poco presentable a muchos niveles. Esta sensación se va extendiendo, aunque muchos de los españoles preocupados se limitan a estar preocupados y no se deciden a tomar ninguna medida al respecto. Además, esta preocupación pasiva convive con la despreocupación de otras personas, que están perfectamente armonizadas con la chapucería global. Por lo tanto, se puede ver que la convivencia entre ciudadanos está fundamentada en la inacción y en el mantenimiento de unos mínimos de pasividad. En vista de todo esto, se me ha ocurrido que hoy era un buen día para comentar la figura de Gregorio Marañón (1887-1960), que constituye literalmente una personalidad contraria a la inacción pasiva. Se puede afirmar con cierta seguridad que este nombre sólo les suena a los ciudadanos de Madrid y probablemente porque hay un hospital importantísimo que recuerda su figura, hospital en el que muchos madrileños han recibido alguna vez puntos de sutura, vacunas contra la gripe o lavativas infrahumanas. La mayor parte de los españoles sabe quiénes son el Pequeño Nicolás y Paquirrín pero no tiene ni idea de quién fue Gregorio Marañón ni sabe a qué se dedicó este buen señor.

Marañón fue un médico, investigador, ensayista, historiador y pensador español, y además de todo esto fue un hombre liberal. La combinación de todos estos rasgos en una sola persona es un hecho extraordinario que hoy en día podemos contemplar con estupefacción máxima. Marañón fue un médico notable: endocrino pionero de gran ojo clínico, investigador, jefe hospitalario de gran energía, fue además el primer sexólogo que ha habido en España. Marañón fue además uno de los grandes tratadistas médicos: elaboró uno de los primeros manuales de medicina interna a nivel mundial. Además este señor tuvo tiempo para escribir más de treinta ensayos sobre los asuntos más variopintos, ensayos con una claridad sintáctica y una precisión en el adjetivo que son insólitas en un hombre de ciencia. Y es el único español que ha sido miembro de número de cinco Reales Academias (la de Medicina, la de la Lengua Española, la de las Bellas Artes, la de la Historia y la de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales), y según parece fue un académico activo y útil en todas estas instituciones. Marañón fue, por tanto, un científico multidisciplinar y humanístico de primer orden, cosa que nos sorprende ahora porque estamos en la época de la especialización decantada y pura. No parece posible que la actividad científica produzca otro sujeto como Marañón, un humanista a la antigua, que toca todos los palos y que en todos es un hombre con una capacidad de observación impresionante, ya que ahora estamos en la época de la especialización sin mácula. Nuestros científicos actuales están reconcentrados en dos o tres células y eso está perfectamente bien desde un punto de vista de eficiencia progresiva.

Por tanto, este aluvión de hitos personales es suficiente para que nos demos cuenta de que este señor Marañón era un ciudadano singular. Pero es que, además, Marañón fue una de las poquísimas figuras liberales que hemos conocido en España. Cuando digo liberal no me refiero al famoso liberalismo económico, ahora llamado neoliberalismo, relativo a la preeminencia de la individualidad sobre un cierto interés común, sino que estoy refiriéndome al liberalismo llamémosle espiritual. Marañón era un hombre antidogmático, enemigo del fanatismo y propenso a escuchar con paciencia a todo el mundo, incluyendo a los retrógrados más insoportables. Marañón tuvo problemas con todos los dirigentes abusivos a los que tuvo la desgracia de soportar, aunque esos problemas se enmarcaron en el ámbito de la urbanidad más exquisita. Marañón abogó por la llegada de la Segunda República, pese a lo cual enseguida se desvinculó de aquel régimen, en vista del rumbo que iba tomando; además fue reprendido por la Dictadura de Primo de Rivera y por la de Francisco Franco, aunque estos regímenes se limitaron a regañarle sin excesivo acaloramiento debido a la dimensión cultural y científica que tuvo este señor. Pero Marañón era una persona preocupadísima por los desajustes socioeconómicos y por las ideologías destructivas que han imperado durante tanto tiempo en nuestro país. En 1922, Marañón agarró del brazo al rey Alfonso XIII y se lo llevó de paseo por Las Hurdes, comarca extremeña que era entonces un santuario del atraso, del raquitismo, del bocio estructural y de las aberraciones físicas más escandalosas, y la excursión impresionó al rey, como hubiera impresionado a cualquier persona con cierta capacidad para impresionarse. Marañón era, en definitiva, una personalidad con un fondo de consternación activa y con una preocupación esencial por la situación ambiental de la sociedad española, preocupación que sólo se debía a su carácter, puesto que no era un político ni dependía de ningún sueldo administrativo para ir tirando. Marañón quiso dar a todos sus asuntos un enfoque de racionalidad, progreso y solidez moral. Si exceptuamos su labor puramente científica (en la que es un precursor de enorme importancia), hay que decir que no consiguió que nadie le hiciera excesivo caso, pero creemos que eso no tiene ninguna importancia.

El distinguido lector se preguntará a qué viene esta entrada tan plomiza y carente de interés. Es una buena pregunta, puesto que todos estamos viendo la cantidad de asuntos susceptibles de comentario agudo que hoy tenemos sobre la mesa o sobre la tablet. Pues el propósito de esta ínfima glosa de Marañón no es otro que el de señalar a un personaje que hoy en día está descatalogado y del que conviene recoger algo. Es probable que ninguno de nosotros tenga ni una décima parte de la capacidad, la laboriosidad y la curiosidad que tenía este señor, dado que Marañón era un hombre brillante y nosotros somos, en el mejor de los casos, unos mediocres rematados. Pero sí que podríamos copiar algo de su movimiento positivo, de su afán de mejora, de su capacidad de escuchar y de su preocupación. Pero preocupación activa, insisto. Preocupación en marcha, en pos de reformas factibles.

Ya hay demasiados preocupados pasivos en España. Y demasiados demagogos y fabuladores. Y muchísimos despreocupados.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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