Los intelectuales

El escritor Gregorio Morán ha publicado El Cura y los Mandarines: Cultura y Política en España 1962-1996 (Akal), ensayo en el que por lo visto este señor carga contra un buen número de intelectuales españoles y les acusa de compadreo con el poder y de buscar el rincón más calentito del espectro político, que suele coincidir con el rincón donde están los que mandan. El libro fue aparentemente vetado por Editorial Planeta debido a sus presuntas enormidades acusativas y Morán lo ha publicado en otra editorial menos sensible a estas cosas. No he tenido la oportunidad de leerlo, pero la moderada polvareda que ha levantado me da pie para reflexionar muy chapuceramente sobre la figura del intelectual. ¿Qué es un intelectual? La RAE lo define como persona “dedicada preferentemente al estudio de las ciencias y de las letras”. Bajo este paraguas cabe casi todo. Cualquier estudiante de primaria o secundaria, por ejemplo, podría definirse como un intelectual completo, pero todos los que hemos tenido la suerte de cursar estudios del tipo que sea sabemos que una parte importante del cuerpo estudiantil está formada por jóvenes que poseen un alto nivel de cretinismo; y eso lo sabemos porque hemos sido uno de esos cretinos.

Un intelectual es, en el sentido comúnmente aceptado, una persona que trabaja profesionalmente en ámbitos culturales; como se sabe, estos ámbitos son zonas inhóspitas en las que hace mucho frío. La cultura es un área desguarnecida y en la que uno se encuentra expuesto a los cuatro vientos. Los llamados profesionales de la cultura tienen que competir en un mercado rígido, ineficiente y con muy poca demanda. Los españoles somos individuos con poca afición por la cultura y con una tendencia clara hacia el aprovechamiento vivaz de las circunstancias, con lo que podemos decir que dedicamos poco tiempo a eso que llamamos la cultura y además lo hacemos sin pagar un euro siempre que eso sea posible. Nos bajamos películas, música, libros y demás, y lo hacemos sin sombra alguna de remordimiento. Si uno dice en cualquier reunión social que en el año 2014 se ha comprado un disco en una tienda, lo más probable es que la concurrencia le mire como si fuera un australopiteco. Robar cultura para uso propio está considerado no como un delito sino como una obligación ciudadana, y no robarla es una actitud absurda y que le coloca a uno entre la caterva de los imbéciles rematados.

En este escenario es en el que tiene que ganarse la vida el intelectual. Por tanto, no es raro que el intelectual ande loco perdido por conseguir que alguien le resuelva el problema alimentario, y ese alguien es normalmente la Administración. Y la Administración suele presentar una inclinación más o menos definida por sufragar los gastos corrientes de la intelectualidad afín, si es que alguien entiende lo que quiero decir. El trabajador de la cultura que responde a unas hechuras adecuadas puede ir tirando con relativa suficiencia. En consecuencia, aquí hay que ser muy cándido para escandalizarse con la heroica actitud que presenta cualquier intelectual español. Algún intelectual del siglo pasado definió al hombre como “un tubo en el que periódicamente hay que introducir alimentos”. Los únicos intelectuales que están habilitados para expresar opiniones libres son aquellos que en mayor o menor grado tienen la vida resuelta.

Además de esta problemática de la pura subsistencia, hay que reconocer que la opinión de un intelectual tiene muchas veces el mismo valor que la de un acuchillador de parqués, un portero de finca urbana o un callista. Un catedrático de citología es una eminencia en su ámbito pero no tiene por qué saber de política, de economía o de arte; es probable, de hecho, que un formidable catedrático de citología se haya pasado la vida inmerso en la citología y sea un mendrugo absoluto en lo relativo al resto de ámbitos del conocimiento humano. En este sentido, merece la pena detenerse un poco en lo que ya se conoce como el gremio de los actores. Los actores están considerados comúnmente como parte esencial de la intelectualidad, pero esta consideración no tiene una base lógica. Entre los actores hay unos cuantos que leen y que conocen el mundo que les rodea, pero hay muchísimos otros que no tienen esas aficiones porque, entre otras cosas, no les hace falta para realizar su trabajo. Entre los actores no hay una afición mayoritaria por la cultura. Lo mayoritario entre los actores es más bien la vanidad, la bipolaridad, la inseguridad y el aislamiento. No hay ningún dato que nos permita concluir que la opinión de un actor español cualquiera valga más que la de otro español corriente. El pasado domingo tuvimos ocasión de ver en el Chester de Risto Mejide a Alberto San Juan, un muy buen actor, un hombre atractivo y simpático que además parece una buena persona. Este señor es muy político y demuestra una persistencia encomiable en ese discurso político, que milagrosamente se encuentra en el extrarradio de las áreas subvencionadas (de momento y hasta que llegue Podemos). Pero el entrevistador Mejide le desmontó un par de veces casi sin querer, porque se veía que ambos se caían muy bien. Las ideas del señor San Juan, que son en estos momentos las menos paniaguadas que existen, no valen más ni menos que la de usted o las mías, dicho sea esto sin ánimo de ofender. La opinión de San Juan sobre economía política es tan absurda y equivocada como la mía.

Con esto no queremos decir que un intelectual no pueda opinar sobre lo que le venga en gana, Dios me libre. Pero es interesante señalar que la opinión de un intelectual tiene muchas posibilidades de ser una opinión confluyente con la opinión de quienes reparten la pasta. Hay que comer.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “Los intelectuales”

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