La interpretación de los sueños

Llevo una temporada teniendo sueños muy pintorescos, y el último ha sido el no va más del disparate, puesto que en él yo era elegido como heredero al trono de Inglaterra. Curiosamente, la posibilidad de que yo acabe siendo en algún momento rey de Inglaterra es tan remota que yo mismo estoy asombrado ante mi comportamiento en el sueño: mientras estaba soñando, me daba cuenta de que todo aquello era imposible, pero el asunto era tan interesante y divertido que yo lo contemplaba con sonriente curiosidad. Mi proclamación como candidato se producía en el balcón del Palacio de Buckingham ante una multitud muy favorable, y después se me conducía a una estancia magnífica en la que pasaba mi primera noche como Príncipe de Gales. Ningún miembro de la Familia Real británica se dirigía a mí de forma directa, sino que cada paso que se daba en mi proceso de entronización me iba siendo comunicado a través de intermediarios absolutamente irreprochables, unos chambelanes magníficamente vestidos y con una frialdad expresiva formidable. Dentro de este sinsentido, lo único que resultaba preocupante es el hecho de que en todo el sueño no aparecía ni por un momento mi familia. En el sueño, mi mujer y mis hijos no existían, y, para qué negarlo, esta ausencia no parecía preocuparme.

Las personas corrientes somos en general unos ignorantes de tomo y lomo, pero una de las cosas que podemos reconocer con gran propiedad es que el hecho físico de la ensoñación es uno de los fenómenos más asombrosos de la vida humana. Los sueños son fascinantes, y tienen carácter gratuito, así que podemos definirlos como el pasatiempo espiritual más igualitario que existe. Es una pena que generalmente no tengamos nunca ningún control sobre lo que soñamos y que no podamos provocarnos a nosotros mismos determinados sueños más o menos agradables: el sueño nos llega sin avisar y a veces aparece en forma de pesadilla. Como se sabe, las pesadillas más asquerosas que pueden darse son aquellas que tienen una apariencia total de verosimilitud, y no hay una mejor sensación que la que se tiene en mitad de una pesadilla cuando nos damos cuenta de que aquello es un sueño y, en consecuencia, una farsa inocua. El alivio es entonces automático y completo.

Los psicólogos dicen que los sueños son manifestaciones cerebrales que no se materializan durante la vigilia por el propio control que nuestra mente tiene de sí misma, pero que mientras dormimos se liberan, y nos dicen además que los sueños están siempre relacionados con recuerdos, unos recuerdos que a veces tenemos almacenados inconscientemente en el cerebro. Esta descripción está muy bien pero no es más que una descripción: no parece que el sueño tenga una explicación técnica clara. ¿Por qué soñamos? No lo sabemos. Muchos hemos sufrido pesadillas después de cenas copiosísimas: recuerdo una paella nocturna en la valenciana playa de la Malvarrosa que me provocó un sueño horripilante. Probablemente ése sea el motivo por el que ningún valenciano cena nunca ningún guiso de arroz cocinado al socarrat. Pero más allá de la indigestión maléfica, los catalizadores del sueño no se conocen bien.

Algunos médicos de renombre han intentado interpretar los sueños, empezando por el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, autor del famosísimo estudio La Interpretación de los Sueños (1900), un tratado cuya lectura es una experiencia francamente deprimente: en este ensayo se intenta demostrar que todo sueño tiene siempre como causa de origen una frustración sexual, concretamente una frustración de marcado carácter incestuoso. Freud entiende que la mayoría de los soñadores que hay en el mundo están frustrados porque en realidad querían yacer con alguno de sus propios progenitores y no lo consiguieron, y este profesor austríaco cree que el resto de soñadores están frustrados por haber yacido efectivamente con alguno de sus padres. Este libro de Freud es, por tanto, una aberración intolerable para cualquier lector que tenga alguna capacidad para impresionarse.

La cosa es que estoy teniendo sueños muy curiosos, y la verdad es que, cuando el sueño no es una pesadilla horrorosa, soñar es una cosa de lo más recomendable. Lo más preocupante es el hecho de que, como digo, en la mayor parte de los sueños en los que me veo envuelto no aparece nadie de mi entorno familiar: en estos sueños no salen nunca ni mi mujer, ni mis hijos, ni mis padres, ni mis hermanos. A veces aparecen personas que conozco, pero no salen nunca en circunstancias agradables: la mayor parte de las veces en las que veo a alguien conocido en mis sueños resulta que es alguien que en ese momento me debe dinero, por ejemplo, y en otras ocasiones soy yo el que, en ese sueño, les debe dinero a ellos. Por tanto, y salvo en estas excepciones, mis sueños son más bien impersonales y contemplativos, cosa que me mantiene casi siempre a una distancia muy sana del disparate que se va desarrollando en el sueño, sin acabar de creerme del todo lo que está pasando.

Sin embargo, me perturba un poco que mis hijos y mi mujer no salgan en mis sueños. ¿Será que, en mi subconsciente, mi familia me importa un pimiento? ¿Será que no me preocupo por ellos? ¿Es que acaso mi deseo íntimo e inconsciente es ignorarles? ¿Será una realidad general del hombre casado y padre de familia? Muchas mujeres nos dicen recurrentemente que no les escuchamos. ¿Tendrán razón?

En el fondo, todo esto me da igual porque, al fin y al cabo, soy el heredero al trono de Inglaterra.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “La interpretación de los sueños”

  1. Genial, Sir Gumuzio.

    Eso si, heredero al trono, tronista y todo lo que quieras, pero me sigues debiendo 30.000 cucas que te dejé una noche en fase R.E.M.

    Por favor, que no pase de esta madrugada su inmediata devolución o de lo contrario me veré obligado a contarlo todo en el Daily Mirror…otro palo más para la Reina Madre, que no tiene culpa de nada…

    God save Gumuzio!

    1. Estimado Monchista:
      No sé de qué me habla, pero si alude a 30.000 “cucas” sólo podemos interpretar que se refiere a 30.000 pesetas, una moneda que desde el año 2001 ha desaparecido de la circulación. Por tanto, cualquier responsabilidad derivada de alguna imprudencia por mi parte ha de inscribirse en la grandísima masa de delitos prescritos. Usted, como abogado colegiado, debería saberlo.
      Gracias por su análisis y su rigor. Un saludo

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