El electorado

El President de la Generalitat ofreció una entrevista el pasado domingo en La Sexta y en ella explicó un montón de cosas que como ya sabemos están de completa actualidad y que, en consecuencia, no requieren desde aquí una mayor explicación. En un momento dado, la presentadora le preguntó sobre las últimas elecciones autonómicas catalanas, celebradas en el año 2012, en las que el partido del señor Mas perdió doce diputados. Mas dijo que en aquellas elecciones “el pueblo catalán había dado un mandato muy claro, que era el de que el proceso catalán no debía ser liderado por una sola formación sino por varias fuerzas políticas, que tendrían que llegar a acuerdos”. Esta conclusión del President pudo pasar desapercibida entre los importantísimos asuntos que se enunciaron en aquel programa, pero a mi juicio es un detalle muy significativo de la desorientación demoscópica que presenta gran parte de la gente que nos gobierna.

De las palabras de Artur Mas podemos concluir que este señor considera al cuerpo electoral como una unidad cerrada, que se rige autónomamente y que es capaz de enviar mensajes unitarios y sofisticadísimos. Para este señor, el electorado funciona como un solo hombre y formula propuestas, recomendaciones y advertencias de gran peso específico. Esta idea del pueblo como entidad sólida no es privativa del señor Mas sino que es lugar común y dogma en gran parte de los políticos de todos los colores que nos honran con su servicio público. Cuando concluye un proceso electoral, los políticos contemplan los resultados y los interpretan como señales uniformes e inequívocas. “Hemos entendido el mensaje del electorado”, suelen decir los dirigentes que sufren un pequeño revolcón. “No hemos sabido trasladar a la ciudadanía nuestras propuestas”, dicen los representantes de partidos que se han hundido completamente.

Pero esa idea del pueblo como organismo uniforme es muy difícil de defender desde un punto de vista racional. El electorado es una masa caótica, porosa, multiforme y disfuncional, formada por millones de personas individuales. Cada persona va a votar con una o varias ideas en la cabeza (a veces, sin ninguna idea), y ni siquiera podemos concluir que un votante aislado posea un cerebro unitario y capaz de mandar mensajes. Hay muchos electores individuales que no tienen una opinión clara sobre ningún asunto, así como hay otros que tienen muchas opiniones sobre una misma cosa, a veces contradictorias entre sí. Un ciudadano es una contradicción humana formidable.

Por tanto, si cada uno de nosotros tiende a presentar una reducida concreción personal, parece imposible que un grupo descomunal de ciudadanos configure un ente rematado y definitivo, y mucho menos que ese ente sea capaz de emitir ningún mensaje. En el año 2012, el señor Mas convocó unas elecciones y obtuvo casi 100.000 votos menos que en las elecciones anteriores. La única conclusión que puede sacarse de ello es que en 2012 CiU consiguió menos votos totales que en 2010. Ni siquiera podemos saber cuánta gente dejó de votarle, porque en el voto neto obtenido también entran sus nuevos votantes (si es que los tuvo). Toda interpretación que vaya más allá de las cifras es un ejercicio novelesco y arrebolado. Mas dice que en aquel momento la sociedad quería que el liderazgo político estuviera compartido por varias formaciones; nosotros pensamos, en cambio, que no hay ni un solo votante catalán que en aquel momento quisiera semejante cosa. Ni uno solo. Si hay que hacer una interpretación, lo más probable es que los votantes de CiU quisieran que ganase CiU, y los de ERC quisieran que ganase ERC, y, si esto fuera posible, que estos partidos triunfasen con mayoría absoluta y abusiva, y que estuvieran en disposición de aplastar al contrario. No podemos descartar que algún votante superdotado y maquiavélico votase a CiU para que el liderazgo fuese compartido por varias formaciones, tal y como dice Mas, o que un votante del PP votase al PP para así conseguir que ganase el PSC o ERC, en una estrategia más bien descabellada. Muy al contrario, estamos convencidos de que uno vota al partido que más le gusta, o al que menos aprensión le provoca. Y uno quiere que su partido gane.

Ya decimos que estas interpretaciones fabulosas de los movimientos electorales proliferan en todos los partidos y se unen a otros desajustes que podemos percibir. Sospechamos además que existen equipos de gente que cobra muchísimo dinero por elaborar conclusiones de este tipo. Como ya hemos dicho, una de las cosas más chocantes que solemos encontrarnos es que el partido que no recibe ni medio voto confiese su estupefacción y afirme que “no hemos sabido trasladar nuestro mensaje al electorado”, o que el electorado “no ha entendido nuestro mensaje”. Curiosamente estos partidos sin votos nunca hacen la interpretación más elemental, que seguramente es la más acertada: que el electorado ha entendido perfectamente su mensaje y que ese mensaje sea entendido como un disparate mayúsculo. En algún momento nos gustaría oír a algún dirigente que dijera lo siguiente: “Hemos explicado nuestro mensaje al electorado, el electorado lo ha entendido y ha pensado que nuestras ideas son espantosas, así que el electorado, como un solo hombre, ha votado a todos menos a nosotros”.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “El electorado”

  1. Muy bueno. Me ha recordado que, en los distintos referéndum en los que he participado, me he encontrado naturalmente votando la misma opción que los distintos grupos que la habían apoyado. Cuando luego por la noche oigo a unos y otros analizar “mi” voto, tiendo a seguir la cosa con el placer y las carcajadas que se merece un buen programa de humor.

    1. Estimado profesor:
      Veo que esta sensación está muy extendida, aunque me parece que no hay mucha gente que se lo tome deportivamente y que se ría con algún distanciamiento.
      Muchas gracias y un saludo

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