Mentir es una buena cosa

“La clave del éxito en los negocios es la honestidad: sin puedes funcionar sin ella, lo tienes hecho” (Groucho Marx)

Cuando somos jóvenes tenemos presente que una de las cosas más positivas que hay en la vida es ir por ahí diciendo la verdad. Desde pequeños se nos dice que la verdad es fundamental para tener una vida satisfactoria, apelando en estas explicaciones a motivos religiosos y morales. Este concepto positivo de la verdad, que es de un candor impresionante, va perdiendo fuelle muy pronto, y la madurez es un proceso que contribuye a la corrosión de esa idea de la verdad. Por el contrario, a lo largo de los años se va descubriendo que en realidad una de las tres o cuatro cosas fundamentales en el mundo es la mentira y que, de hecho, no hay muchas posibilidades de poder funcionar fuera de la mentira. La mentira proporciona innumerables ventajas al mentiroso y hace que su paso por el mundo sea mucho más fluido y exitoso.

Nuestra relación con la mentira se da en diversas intensidades. La educación y la urbanidad contienen los grados más tolerables de la mentira, y se basan en unas mentiras de una levedad evidente, pero en mentiras al fin y al cabo. La convivencia exige tacto, y el tacto está a menudo dentro de los contornos de una cierta mentira. En el mundo moderno no es posible decir la verdad siempre, y, por tanto, una de las únicas opciones que a veces nos quedan es la de permanecer completamente mudos. Las personas que alardean de ir siempre con la verdad por delante son generalmente unos inconscientes y unos salvajes, o quizás unos farsantes, porque puede que, con esa frase, ya nos estén mintiendo. Decir la verdad en todo momento y pase lo que pase nos llevaría a un cafarnaún social complicadísimo y a vivir en medio de una violencia altamente destructiva, porque la sensibilidad de la gente en lo personal, lo laboral o lo afectivo es impresionante. En consecuencia, el silencio es una idea muy inteligente que por otra parte suele aportar una cantidad sustancial de información reveladora. Un silencio bien traído y ajustado contiene unas cualidades comunicativas y una elocuencia de mucha importancia.

Fuera del ámbito de la urbanidad social, existen algunas personas que tratan de no mentir salvo que sea imprescindible de cara a evitar males mayores. Estas personas, cuando finalmente deben mentir a alguien, tienden a hacerlo con muy poca profesionalidad y de una manera ridícula: no hay quien les crea. Además estos mentirosos de baja categoría suelen sufrir cada vez que mienten y son víctimas de horribles ataques de remordimiento. Un mentiroso flojo empieza mintiendo sobre algún asunto sin importancia y acaba sin poder dormir durante semanas, como un Raskolnikov de andar por casa. Después tenemos a los mentirosos absolutos, que son personas que mienten en las cosas pequeñas y en las gordas: son mentirosos integrales, que mienten con una desenvoltura impecable y que duermen por las noches como verdaderos bebés, sin un gramo de cargo de conciencia. Estas personas suelen ser unos triunfadores completos en sus respectivos negociados profesionales, aunque frecuentemente vemos que su vida familiar es una ruina, porque la mentira conyugal sistemática tiene una ejecutoria dificilísima y acaba siendo demolida. Al mentiroso completo no le preocupa el hecho abstracto de la mentira, o el daño que con ella pueda distribuir: sólo le preocupa que le pillen. En ese sentido, el mentiroso integral es una persona de una practicidad muy eficaz y consigue alcanzar grandes hitos en su vida.

Y luego hay un tercer grupo de personas que mantiene un comportamiento recto y amable con todos. Son personas con las que convivimos habitualmente y a las que tenemos un cariño justificado. Pero muy de vez en cuando sorprendemos a estas personas respetables mintiendo, y les vemos mentir a otras personas de manera profesional, cosa que nos deja completamente patidifusos. Escuchar a una buena persona mentir descarada y profesionalmente es un descubrimiento aterrador para cualquiera, porque no lo esperamos y porque además tendemos automáticamente a pensar que existen posibilidades de que estas buenas personas nos estén mintiendo siempre (en vista de lo bien que mienten). Esta sensación puede perturbar cualquier relación de amistad o afectiva, y podría ser el origen de un proceso destructivo de proporciones morrocotudas.

Ante este fenómeno, y en aras de la paz, nosotros mismos nos vemos obligados a disimular y tal vez a mentir, entrando en el circuito ineludible y potentísimo de las falsedades. Miremos el lado bueno del asunto: si nos convertimos en mentirosos de alta calidad conseguiremos prosperar en lo crematístico y ser unos ganadores.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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