La muerte existe

Durante esta semana nos hemos encontrado directamente con la muerte en tres versiones muy significativas: en Estados Unidos han muerto dos actores famosos, Lauren Bacall y Robin Williams, y en España hemos seguido en directo el fallecimiento del misionero Miguel Pajares, víctima del virus ébola. Como se sabe, la vida contemporánea está orientada hacia la elusión de la muerte: todas las idioteces que hacemos y todos los cachivaches con los que jugueteamos tienen como fin mantenernos en un estado de aislamiento con respecto al fenómeno de la muerte, dado que, si la presencia de la muerte fuera permanente en nuestras vidas, la existencia humana sería una cosa indigerible. Por ello, estas tres muertes públicas que hemos conocido vuelven a traernos la cara de la muerte, aunque en tres versiones muy diferentes entre sí.

De las tres muertes, la única presentable y que podemos tolerar es la muerte de Lauren Bacall, actriz del Hollywood clásico, que ha sido una persona de una belleza física literalmente espectacular y que además era una actriz con mordiente, veneno, talento y sentido del humor. Aquel aficionado al cine que no haya estado enamorado de Lauren Bacall tiene que ser necesariamente un energúmeno cerrado, un idiota de padre y muy señor mío. Esta mujer ha muerto a los 89 años y después de haber mantenido un espíritu magnífico y una presencia física increíble hasta casi el final. Por tanto, y dentro de las tristes perspectivas que nos abre cualquier fallecimiento, la vida y la muerte de Bacall constituyen un fenómeno plausible, comme il faut y que cualquiera querría para sí mismo.

La segunda muerte ya empieza a ser más siniestra. Robin Williams, cómico intenso y rapidísimo, se ha suicidado en su casa de Tiburón (California), una localidad magnífica frente a la bahía de San Francisco. Este señor, que tenía problemas personales abiertamente reconocidos por él mismo, era sin embargo un hombre de una vitalidad imparable, y en todos sus espectáculos, películas y apariciones públicas había una preocupación bien definida por enviar mensajes optimistas al público. Su muerte es de las que le dejan a uno sin grandes esperanzas: si una persona como Williams no puede más, vaya usted a saber cómo vamos a poder ir tirando nosotros, que tenemos menos talento, menos medios y menos ímpetu.

Y la tercera muerte es todavía más inquietante. El padre Miguel Pajares era un misionero destinado en Liberia y contagiado por el virus del ébola; este señor fue trasladado a España la semana pasada en una especie de terrario móvil y fue tratado con los últimos medicamentos disponibles, pese a los cuales ha fallecido muy rápidamente. Como espectadores de esta muerte tenemos dos problemas: el primero es el miedo que nos provoca la enfermedad en general, y concretamente la indignación que nos causan las enfermedades inmerecidas, por así decirlo. Si uno se pasa la vida fumando tres paquetes diarios de Ducados, se puede entender que en un momento dado sufra un cáncer del pulmón; pero lo que nos cabrea es la enfermedad sobrevenida, sin previo aviso, sin motivo. Un virus epidémico es un ejemplo de enfermedad que nosotros no provocamos con nuestra actitud insalubre, y, por tanto, es una enfermedad indiscriminada y sin control. Un espanto absoluto.

Y el segundo problema que presenta la muerte del misionero es un problema con tintes religiosos. Se trata de la propia presencia de la epidemia y del contagio del cura. Este problema quedó perfectamente fijado (aunque no resuelto) en la gran novela Los Hermanos Karamazov, de Dostoievski, un libro insuperable que, como todos los de su autor, funciona maravillosamente como culebrón sentimental novelístico y también como reflexión metafísica de la mayor altura. En esta novela hay un personaje llamado Aliosha Karamazov, de gran religiosidad y fe, y este joven no acaba de entender que Dios tolere las enfermedades, y en concreto las enfermedades infantiles, que son una versión especialmente cruel del mal físico, por actuar sobre la zona más débil de la población. La fe de Aliosha presenta la grieta del sufrimiento infantil. En el caso del misionero Pajares, nos encontramos con que un hombre de fe está trabajando en mitad de esa grieta de la fe que es África y además contrae una enfermedad mortal, y todo ello bajo la mirada supuestamente impasible de Dios.

En estos casos tan evidentes de desasosiego, en los que la racionalidad no es suficiente, los católicos tendemos a decirnos a nosotros mismos que los caminos del Señor son inescrutables, o que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Pero está claro que la realidad africana, la aparición del virus y el contagio al misionero forman un conjunto que actúa como una bola de demolición de la fe del más pintado, y por tanto es un conjunto que da la medida real de las creencias religiosas. La fortaleza ante todo este sinsentido sólo puede venir de la mano de una fe de cemento armado. Para aquellos desgraciados que no tengan fe se han inventado todos los métodos evasivos modernos, como el Ironman, el WhatsApp o los tranquilizantes opiáceos, métodos que permiten aplazar el momento fatídico de la contemplación de la muerte.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

One thought on “La muerte existe”

  1. No puedo evitar decir que me resulta más fácil querer evadirme de la vida si tienes una fe -y entiendes que la vida es un camino de espinas posteriormente sometido a un juicio de dudosa comprensión- que si entiendes tu vida como algo completo en si mismo. Me parece más optimista la visión de una vida considerablemente previsible en sus leyes y con nudo a base de actos y consecuencias, que desenlaza irremisiblemente en humus. La vida tal cual es algo muy redondo y bonito (o no, según le toque a uno) que no debería llevar a más preguntas o lamentos, pienso. En resumen creo que solo a un terrenal desgraciado le resulta optimista la visión religiosa de la vida.

    No entiendo bien, por otro lado, por qué la ciencia o una epidemia pueden minar la fe de un religioso: para éste las cosas suceden en el mundo por mor del libre albedrío, sin el cual la fe, el esfuerzo y la lucha por el bien carecerían de todo sentido.

    En fin, me ha gustado el artículo, es ud. un gran escritor, nunca dejaré de decirlo.

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