Los tronistas y el humor

La sociedad española ya no se divide solamente en los tradicionales segmentos ideológicos, religiosos o socioeconómicos, sino que ahora hay dos nuevas categorías que sirven para clasificarnos: los españoles que saben qué es un tronista y los que no lo saben. Para esos pocos que no lo sepan, nos gustaría explicar que el tronista es un personaje surgido en el programa televisivo Mujeres y Hombres y Viceversa (MYHYV), de Telecinco, y se trata de un ser que va a la televisión para discutir en directo con diversas pretendientes amorosas, con las que mantiene una serie de citas en las que tronista y pretendiente tratan de conocerse mejor, aunque las normas del programa prohíben expresamente que durante los días que duran estas citas haya ningún tipo de relaciones sexuales entre los intervinientes. El propósito de todo esto es ir eliminando pretendientes hasta que el tronista elige a una sola de las candidatas y ambos pueden comer perdices y, de paso, comenzar a retozar, que parece ser una de las cosas más importantes para todos estos individuos.

Lo más interesante de todo esto es que el tronista, como espécimen, es un activo de gran valor para Telecinco, ya que lo exporta a todos los demás realities de la cadena: un buen tronista da muy bien el tipo como colaborador de Sálvame, como saltador de trampolín en el programa de la piscina o como concursante de La Isla de los Famosos. El tronista tiende a ser deslenguado y ruidoso, y protagoniza muchísimos enfrentamientos espectaculares que funcionan maravillosamente en la tele. Además, el tronista, por el mero hecho de serlo, se garantiza una serie de apariciones remuneradas, unos bolos, y se recorre las discotecas de España haciendo acto de presencia y dejando que el público se saque fotos con él. Todo este circo parece demencial pero está plenamente consolidado y marcha viento en popa. La juventud sigue el movimiento tronístico y quiere participar del mismo. El distinguido lector que hasta ahora no había estado al tanto del fenómeno de los tronistas puede ir empezando a tenerlo en cuenta, puesto que en poco tiempo tendremos en el Parlamento una cuota de diputados tronistas, y cabe la posibilidad de que el señor Rajoy sea sustituido por algún contertulio musculado y deslenguado de MYHYV.

Hay que decir que algunas personas ven este MYHYV con un interés más o menos zoológico. El programa de tronistas y pretendientes es, como cabe imaginar, una exhibición impúdica de la vida íntima de las personas. Y hay espectadores que lo siguen para tratar de averiguar cuáles son las apetencias amorosas de los hombres y mujeres de España. Se ha dicho en muchas ocasiones que la sexualidad femenina es altamente inexplicable y que en ella convergen las más diversas corrientes de influencia; por lo que parece, no hay muchas posibilidades de reconocer y clasificar los parámetros que rigen su funcionamiento. Pero en el caso de las apetencias masculinas, se nos ha dicho que los hombres somos seres monolíticos que sentimos atracción solamente por los contornos anatómicos de las mujeres, cosa que tiene muchos matices. Personalmente creo que uno de los agentes universales que provocan el desarme masculino es la risa de una mujer. Bastantes hombres más o menos burriciegos podemos sentir atracción por unas glándulas mamarias, por ejemplo, pero creo que, en muchos casos, el hecho físico que más nos gusta es poder comprobar que hemos hecho reír a una chica. Este fenómeno de la risa femenina tiene un efecto en el hombre muchísimo mayor que la proximidad de cualquier elemento turgente. Cuando hablamos con una chica y esta chica se ríe con ganas de alguna tontería que hemos dicho (o al menos nos parece que se ríe con ganas), muchos hombres sentimos una satisfacción puramente vanidosa y galleamos automáticamente. La sensación que tiene un hombre en el momento de la carcajada de una mujer es la del deber cumplido, una sensación en la que se mezclan la vocación de servicio al prójimo (en este caso, a la prójima) y la demolición de las barreras afectivas de la mujer, que es homologable a la obtención de un triunfo militar. Un hombre que ha hecho reír a una mujer es un triunfador total.

Sin embargo, y pese a todo lo dicho, es muy probable que no haya tantos hombres en España con ese dispositivo sensorial y que buena parte de la población masculina prefiera un buen trasero, sin matices y sin risa ni sonrisa alguna. Un buen trasero in your face, a nuestro alcance, que no nos exija nada y que no nos comprometa a nada. Ninguna ironía, nada de alusiones graciosas. No hay más que ver a los tronistas y a sus pretendientes, que sólo provocan hilaridad de manera involuntaria: no se observa entre ellos ni una partícula de humor deliberado y cómplice. Si este fuese el panorama generalizado, podemos concluir que el tronismo no solamente va a acabar con costumbres tan loables como la discreción, el silencio o la habilidad para masticar la comida con la boca cerrada, sino que además el tronismo va a reducir el campo de acción del humor, circunscribiéndolo a las caídas y porrazos de Vídeos de Primera o a los chistes de bar de carretera. Los tronistas son personajes ajenos al distanciamiento escéptico que el humor requiere.

El futuro se nos presenta como un escenario ruidoso, anabolizado, retocado quirúrgicamente y sin ninguna gracia.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “Los tronistas y el humor”

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