Los conflictos internacionales

Uno se encuentra a diario con noticias referidas al fenomenal jaleo que se ha organizado en Ucrania. Estos conflictos internacionales nos preocupan mucho al principio, pero luego uno va perdiendo el hilo y acaba sin tener ni idea de cómo están las cosas. Este desvanecimiento del interés es lógico y se produce indefectiblemente: lo hemos visto, por ejemplo, en lo que se ha conocido como la Primavera Árabe; después del impacto inicial, y tras meses de desbarajuste, ya no sabemos quiénes son los que mandan en Egipto, en Siria o en Libia, aunque se sospecha que podría ser gente tan cafre como la que mandaba al principio.

Ya digo que en lo más reciente tendemos a perder el hilo, pero este desconcierto se amplía considerablemente si pensamos en los conflictos perpetuos y famosísimos que de vez en cuando regresan a las portadas de los periódicos. Algunos de esos conflictos se originaron hace décadas, pese a lo cual hay un porcentaje altísimo de la población española que no tiene la más remota idea de cuál es el origen y la idiosincrasia de estos desencuentros. Tomemos como ejemplo el caso del Sáhara Occidental: cada cierto tiempo aparecen determinados personajes famosos denunciando la situación del pueblo saharaui. Y yo pregunto: ¿cuántos españoles conocen bien esa situación? ¿Quién sería capaz de glosar de forma detallada la realidad histórica de ese asunto tan relacionado con nuestro país? Nadie, o al menos nadie que tenga menos de cincuenta años de edad.

Este desconocimiento se extiende a muchas otras algarabías internacionales. ¿Cuántos ciudadanos españoles tienen la capacidad analítica suficiente como para explicar de manera templada el larguísimo conflicto árabe-israelí? Pues casi ninguno. Y ¿hay alguien que esté dispuesto a hacer un diagnóstico histórico de la situación en cualquier país de Centroamérica sin repetir varias consignas manoseadas? Si existiera ese alguien, me gustaría que me lo presentaran.

Podría parecer que, al desconocer la realidad de estos asuntos, los españoles vamos a permanecer callados cuando se discuta sobre ellos, en virtud de la más estricta prudencia, pero no es así. Todos los españoles tenemos una opinión muy sólida sobre lo que pasa, por ejemplo, en Oriente Próximo. Tenemos una opinión, sí, y nuestra opinión parte de una opinión previa y ajena, tamizada por nuestras afinidades particulares. Por ejemplo: si de repente Pilar Bardem llama la atención del público sobre los derechos del pueblo saharaui, un cierto sector de la población siente un interés automático por esta gente del Sáhara, mientras que hay otro sector de los españoles que de manera sistemática tiende a opinar exactamente lo contrario de lo que diga y haga Pilar Bardem, con lo que va a posicionarse en contra de cualquier postulado que defienda esta señora. Como no tenemos ni la más remota idea de lo que pasa por el mundo, nuestra posición depende exclusivamente de lo bien o mal que nos caiga quien esté pronunciándose en cada momento.

Este mecanismo de toma de decisiones aparece en cualquier ámbito de nuestras vidas, pero especialmente en lo relativo a las guerras remotas. No obstante, existe en nosotros una base estructural que no depende de las circunstancias puntuales: en términos generales, se observa en la mayoría de los españoles un fondo de opinión contrario a los Estados Unidos de América. Este fondo es común a los sectores de izquierda y a los de derecha y funciona en cualquier circunstancia. Ante una discusión sobre cualquier conflicto internacional, los españoles sólo nos preocupamos de saber cuál es la posición de los Estados Unidos en ese conflicto y, una vez conocida, nos posicionamos a favor de la otra parte. Este funcionamiento humano podría parecer el no va más de la arbitrariedad, pero responde a un criterio de economía y de eficiencia: tomar siempre una postura antiamericana nos ahorra un montón de tiempo y nos evita llevar a cabo cualquier tarea de información o de documentación, tareas que como se sabe son muy engorrosas.

Pese a este fondo común de antiamericanismo que todos los españoles compartimos, es curioso ver cómo conseguimos siempre acabar discutiendo entre nosotros, y cómo incluso hay gente que llega al acaloramiento y a la bofetada. Quizá sea porque nuestros problemas personales son más importantes que cualquier guerra africana: de hecho, puede parecer que uno discute sobre Palestina con su cuñado pero en realidad está acordándose de que ese mismo cuñado nos pidió prestado hace meses un camping-gas y aún no nos lo ha devuelto ni muestra ninguna intención de hacerlo. Cuando un español está en un bar discutiendo a gritos sobre Ucrania, lo que realmente le enfada no es el conflicto ucraniano (sobre el cual no tiene ningún conocimiento) sino que está enfadado con su interlocutor por algún motivo, normalmente relacionado con la envidia pura y dura.

En esta línea seguimos y probablemente seguiremos durante mucho tiempo. Tomaremos partido por causas que no conocemos y estaremos dispuestos a organizar una manifestación a tal efecto, porque, además de la envidia y el antiamericanismo, existe en España otra costumbre arraigadísima que es la afición por formar parte de alguna aglomeración humana más o menos festiva, tocada de cacerolas y turutas. Todo esto está muy bien mientras no discutamos entre nosotros dentro de la manifestación y no nos peguemos por ver quién va delante.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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