El Candy Crush

La mayor parte de las personas que nos rodean se pasa la vida con la sensación de estar perdiendo el tiempo. Es un hecho indiscutible y deprimente. En términos generales, cuando uno trabaja por cuenta ajena puede tender a pensar que, en su trabajo, uno se encuentra infrautilizado, infravalorado y mal pagado, y que además ese trabajo mantiene a nuestra inteligencia en un rango muy estrecho, con un vuelo alicorto, bajo el influjo de la pirámide de mando y de los propios requerimientos de nuestro puesto, siempre tendentes a una cierta estabulación cerebral, a la castración creativa y a la pérdida efectiva de tiempo vivible. Para combatir esta situación, que está extendidísima y que da mucho mal rollo, el trabajador debe darse cuenta de que peor sería estar en la puñetera calle, idea que entiende cualquiera y que hoy en día constituye un antidepresivo sensacional. La posibilidad del despido da al trabajador nuevos bríos para llevar a cabo con una sonrisa cualquier trabajo, por muy alienante y mecanizado que sea.

Sin embargo, esta sensación de falta de aprovechamiento del tiempo queda prolongada y amplificada por nosotros mismos en lo que se conoce como nuestras horas de ocio, que en el caso de los padres con hijos pequeños son horas poco frecuentes, circunscritas al tiempo de sueño de los niños o a las horas lectivas de nuestros pequeños dictadores infantiles. En estas horas, y sin que nadie nos lo exija, resulta que tiramos voluntariamente trozos de nuestra vida por el retrete, y lo hacemos dedicándonos, por ejemplo, a ver la tele. Ver la tele es una actividad inactiva, completamente pasiva, que todos llevamos a cabo y con la que todos consumimos minutos valiosísimos. Sin embargo, algunas personas optan por dedicarse a correr o a whatsappear, actividades adictivas que pueden llegar a convertirse en patologías y que ya hemos tratado de describir en este blog. Luego hay determinadas personas adultas que juegan a esos pasatiempos que tienen ahora los móviles, como el famosísimo Candy Crush. Por lo visto, el Candy Crush es una cosa muy entretenida: hay millones de personas adultas en el mundo que invierten varias horas al día en jugar a los marcianitos, que es como se llamaba a esto en mi época. Hay mucha gente que tiene cuarenta o cincuenta años y que se dedica a tratar de pasar niveles con la maquinita. Esta realidad es alucinante. La mía fue la primera generación que siguió jugando a los marcianos en la edad adulta, y hoy en día esta actividad estupefaciente está tan extendida que nuestras madres han cogido sus smartphones y sus tabletas y se han lanzado a darle al Mario Bros y a cualquier otro juego. La comunidad internacional se encuentra enfrascada en un gigantesco Tetris y ha dejado de comunicarse oralmente. Con esta evolución, tendemos geneticamente a perder la facultad del habla. Al igual que ocurre con las alas de los pingüinos, nuestros nietos no necesitarán hablar y vendrán al mundo con las cuerdas vocales atrofiadas.

Ahora bien: como es lógico, cada uno hace lo que le da la gana con su vida. Antes también había mucha gente que se pasaba las tardes haciendo solitarios, y desde luego es mejor jugar al Candy Crush que cometer delitos societarios, robar una piragua o pegar a un perro. Y ojo porque yo no juego a las máquinas pero pierdo el tiempo con cualquier cosa absurda, como, por ejemplo, escribir en este blog, que es una de las cosas más poco prácticas que uno pueda imaginar.   Pero el problema está ahí, sin resolverse. Perdemos el tiempo. Nos plantamos en la cincuentena y nos damos cuenta de que hemos tirado mucho más de la mitad de nuestras vidas por el retrete. Hemos hecho el ridículo.

¿Podemos cambiar esta realidad fatídica? Parece difícil. Para hacer algún cambio, y para dejar de ser seres amorfos, sin apenas diferencias con las aves de corral, primero debemos encontrar una inquietud (en el buen sentido) y tener cierta curiosidad por algo. Hay algunas personas admirables que miran, enredan, brujulean, leen y se ponen a hacer cosas, cosas no necesariamente de un provecho inmediato, pero medibles, tangibles y, en definitiva, admirables. Normalmente estas personas curiosas tienden a presentar unos moderados índices de felicidad, dentro de lo relativo de la felicidad como concepto. Estas personas tratan mejor a sus semejantes y duermen perfectamente por las noches. Yo creo que cualquiera puede encontrar algo que hacer, pero para buscarlo habría que empezar por levantar el trasero del sofá y, acto seguido, lanzar por la ventana el Candy Crush, y cuando digo el Candy Crush me refiero a todo aquello que nos perpetúa en nuestra flojera crónica. Hagámoslo.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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