El martirio de los abuelos

Rubalcaba y Rajoy se dieron anteayer unos cuantos pellizcos en el Congreso y expusieron a su manera la situación general. Rajoy habló de perspectivas inmejorables, de salida de la crisis y de una cierta restauración de la confianza internacional con respecto a la economía española; sobre el resto de asuntos, algunos de ellos muy sonoros, el presidente estuvo mudo, inerte, en un homenaje al tancredismo y a la taxidermia parlamentaria. Rubalcaba, por el contrario, proclamó la llegada de las Siete Plagas de Egipto y la destrucción total del Sistema, tratando de pasar por alto el hecho de que él era un ministro muy principal cuando nos metimos en este desaguisado. Ambos dirigentes fueron aplaudidos con vehemencia por los diputados afines, que no olvidan quién les da de comer (o quién les pone en las listas, lo que viene a ser lo mismo).

En consecuencia, ha habido un debate sobre el estado de la nación y aún no sabemos muy bien cómo estamos. ¿Estamos mal? ¿Vamos a mejor? Un método para tratar de averiguarlo puede ser el siguiente: salga usted a la calle durante la mañana de un día de labor cualquiera, y, si acude a un parque público, allí verá muchos viejos. Eso es normal, dado que son los jubilados quienes pueden disfrutar de los parques a esas horas y en esos días. Ahora bien: si uno se fija, podrá darse cuenta de que una determinada cantidad de estos ancianos va empujando algún carrito, cochecito o silla de niño, casi siempre con niño dentro. Como puede deducir cualquier lector perspicaz, la mayor parte de estos ancianos no se encuentra en buena disposición para procrear, fundamentalmente por razones de menoscabo físico, hidráulico y fisiológico. Por tanto, el observador sagaz puede concluir que los bebés que están con nuestros jubilados por las mañanas no son sus hijos, sino que son sus nietos.

O sea, que en España los viejos se dedican a cuidar a sus nietos mientras los padres de esos niños están trabajando. Hay varios millones de ancianos cargando con estas pequeñas bestezuelas todos los días y a todas horas, y haciéndolo en un momento vital bajo, sin la energía necesaria para dominar el trote infantil. Es evidente que este fenómeno es signo de un desajuste morrocotudo de la economía española; por lo que parece, en España la relación entre ingresos y gastos es tan deficitaria que no hay una sola familia que viva de un solo sueldo. Esto ocurre en todas las escalas y a todos los niveles adquisitivos; naturalmente, si los dos sueldos son sustanciosos, el abuelo no carga con el niño, sino que se contrata a alguna persona para que realice este trabajo. Pero en todos los ámbitos estamos viendo una realidad fatídica: los padres no estamos nunca en casa.

Esto tiene una primera consecuencia, que es la explotación geriátrica. En general, los que somos padres estamos aprovechándonos de los viejos. Se supone que un jubilado cualquiera debería poder dedicarse a la observación, al reposo o, en definitiva, a lo que le apeteciese, pero mi generación está estropeando los últimos años de la vida de nuestros padres, que, como son unas personas encantadoras, sonríen discretamente y se quedan durante horas y horas con nuestros hijos, hijos que en algunos casos son unas alimañas tenebrosas, unas máquinas generadoras de lloros, unos pequeños personajes maléficos ante los que los abuelos tienden a claudicar, y con razón. Por muy bien que se porte un niño de año y medio, su llevanza durante toda la jornada es una experiencia muy exigente, y eso lo sabe cualquiera que la haya padecido. Se me dirá que no hay más remedio porque hay que pagar la hipoteca, y que con un sueldo no nos llega, y ésa es la realidad. He aquí el problema.

He aquí, en concreto, el verdadero estado del país. No sabemos bien si en otros países civilizados se da este fenómeno del maltrato geriátrico, pero sí sabemos que en España es una realidad más o menos reciente: en cualquier otra época de nuestra historia, por muy tenebrosa que fuese, un sueldo ha tenido una dimensión y un relieve que hoy no tiene. Nos hemos metidos en un galimatías de gasto tan desorbitado que nuestro salario no cubre nada, no sostiene el tinglado. Negar esta circunstancia, que es indiscutible e importantísima, solamente puede hacerse desde la ignorancia delirante o desde el cinismo atroz.

Las posibilidades de modificar rápidamente esta situación son mínimas. Nuestros viejos van por ahí empujando carritos y limpiando traseros en un momento en el que, en todo caso, alguien debería estar llevándoles a ellos y cambiándoles el pañal de adulto. Los viejos se han pasado la vida trabajando y ahora les toca hacer de niñera. Lamentablemente esta dinámica debe seguir porque tenemos que mantener el nivel de ingresos suficiente para pagar nuestra hipoteca, de la cual estos mismos abuelos son avalistas y garantes, así que mejor están llevando carritos que viendo cómo les embargan la casa por nuestra culpa.

Visto todo esto, ¿estamos bien o mal?

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

One thought on “El martirio de los abuelos”

  1. En general, ya no sé nada. Estar bien con uno mismo, tratando de ser lo más coherente que nos dejen. Por otro lado, dicen que ganó Rubalcaba a Rajoy (27 a 25 %): yo creo que ganaron ambos, y otros muchos más, que seguro les pagaron una ingente cantidad monetaria por estar allí sentados, aplaudiendo, abucheando y diciendo tontería tras tontería…

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