Estamos en el mes de enero del año 2014 y todavía no tengo WhatsApp. Las cosas son así y no hay por qué disimular. Por motivos concretos que son perfectamente justificables, resulta que hasta el día de hoy he permanecido sin poder disfrutar de esta conocida aplicación telefónica. Las personas mayores de 14 años y menores de 60 que hoy en día no tenemos WhatsApp en España constituimos un grupo minúsculo de apestados sociales. Podríamos reunirnos todos en un taxi. La situación es extremadamente curiosa porque el WhatsApp es un invento que, en cuestión de meses, ha barrido de manera devastadora a los demás canales de comunicación social. No queda ya nadie en España que envíe un correo electrónico, ni un SMS; ni siquiera queda nadie que llame a otras personas por teléfono. El WhatsApp se ha convertido en un mundo paralelo que ha absorbido literalmente toda la información entre personas particulares, hasta el punto de que lo que no ocurre en el WhatsApp no existe, y los que no tenemos WhatsApp estamos en una especie de cuarentena estricta, casi no existimos. En el ámbito de las relaciones personales, la consolidación del WhatsApp es un fenómeno mucho más potente que lo que supuso la llegada de los móviles o de internet, con la circunstancia especialísima de que estamos ante una simple aplicación, un accesorio.
Yo veía el WhatsApp como una curiosidad más que servía para pasar el rato, pero no tenerlo se ha convertido en un problema de mucha importancia. Sin WhatsApp, no sé qué hacen mis amigos ni mis familiares; soy consciente de que, mientras ellos mantienen una comunicación excelente, minutísima e inmediata (en cierto modo, nunca habían estado todos tan al corriente de lo que cada uno hace en cada momento), simultáneamente yo he dejado de saber qué es de sus vidas, y ellos no saben nada de mí. La gente que me rodea queda para tomar algo y no voy porque no me he enterado de la cita; la gente que me rodea ha cambiado de casa, de coche, de trabajo, se ha casado, se ha divorciado, ha tomado decisiones importantes en sus vidas y yo no me he dado cuenta porque todo eso ha tenido lugar dentro de los límites impermeables y herméticos del WhatsApp. Y es curioso comprobar que, cuando uno no se ha enterado de algo importante porque no tiene WhatsApp, uno se siente culpable, mientras que los que han retenido la noticia en el universo del WhatsApp sin difundirla fuera de ese invernadero no tienen ningún remordimiento por ello. Cuando milagrosamente he podido citarme con mis amigos en algún sitio, me he dado cuenta de que con la consolidación del WhatsApp la gente se reúne pero no habla, porque durante todo el día se han dicho ya todo por el WhatsApp. Cuando finalmente se ven, ya lo saben todo del otro, y no tienen nada que decirse. Y a mí me pasa lo contrario: como no me comunico con nadie, llego a la reunión y no sé ni por dónde empezar a hablar, debido a que llevo semanas sin tener contacto con el mundo. Es como si volviera de una expedición por la Antártida. “¿Dónde estábamos?”, me pregunto, y no sé qué decir. Así que ni mis amigos ni yo nos decimos nada, aunque por motivos opuestos. En consecuencia, podemos decir que el WhatsApp, por exceso o por defecto, es un agente abrasivo que ha destruido la comunicación oral.
En vista de que mi situación actual solamente puede desembocar en el aislamiento fatídico e irreversible, he decidido ponerme WhatsApp e incorporarme a este mundo. De entrada, y por razones que no voy a exponer profusamente, esta adopción del WhatsApp va a suponer para mí tener que pasearme por ahí con dos teléfonos móviles, cosa que, dicho de manera castiza, me toca las narices. Pero veo que resistirse al hecho rotundo del WhatsApp es una estupidez. La vida fuera del WhatsApp es muy complicada: es una vida ermitaña, aislada, una vida de soledad. Tendré que cargar con dos teléfonos y al menos podré sentirme una persona importantísima, de esas que efectivamente usan dos teléfonos y que tienen aspecto de poder hablar por una de las líneas con Angela Merkel y por la otra con Henry Kissinger .
Además, ahora podré recibir en mi móvil cientos de vídeos o fotos de carácter humorístico con los que disfrutaré cada ocho o nueve minutos. También podré saber con todo detalle lo que están haciendo en cada momento mis primos, mis amigos o incluso los antiguos compañeros del colegio, confiando en que toda esta gente me vaya contando su espera en la parada del autobús (acompañándolo de una foto de la marquesina), qué es lo que están comiendo, cuál es el estado de salud de sus mascotas o cuál ha sido la consistencia de su última deposición. Tendré la oportunidad de ser ocurrente frente a los más variopintos grupos de personas. Mi vida social va a recuperar los niveles mínimos de comunicación que separan a los seres normales de los zumbados que viven en una cueva. Podré felicitar a la gente en su cumpleaños, espoleado por las felicitaciones en tromba que se mandan por WhatsApp (yo soy de esos que nunca se acuerdan de los cumpleaños de nadie, y ahora podré disimular esa tara).
Vuelvo al mundo de los vivos, y que sea en buena hora.
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