La cursilería

“Tendremos un mañana colmado de días azules y soleados”, ha dicho el presidente Rajoy en la entrega del Premio Carlos V.  Hay personas a las que la cursilería les es consustancial, como el señor Rodríguez Zapatero, y luego están los cursis ocasionales. Mariano Rajoy es un hombre público que en términos generales se mantiene dentro de unos parámetros grisáceos y funcionariales que le van como anillo al dedo, y, por suerte para él, no cae muy a menudo en las explosiones líricas. Pero cuando cae, cae a lo bestia: pido al señor lector que recuerde la famosa intervención de la niña, en la que el entonces candidato cerró un debate electoral proclamando su deseo de ver crecer y prosperar en calma y libertad a la teórica niña. Alguien debió de tener la ocurrencia de la niña y a Rajoy le pareció una idea sensacional. Aquello provocó el inequívoco bochorno del electorado, además de convertirse en asunto propicio para la chanza y la guasa popular. Hay que decir que en ese mismo debate Zapatero cerró su participación con la famosa frase del periodista norteamericano Murrow, “buenas noches y buena suerte”, que, además de cursi, es una frase que en ese contexto resultó completamente absurda. Es indudable que aquella noche ha significado uno de los momentos más bajos de la democracia española, y que en esa ocasión cualquier votante con sentido del ridículo pidió ser tragado por la tierra a la mayor brevedad.

En España tenemos una tradición de oradores relamidos más o menos considerable, y probablemente el político español más cursi de todos los tiempos haya sido el presidente de la Segunda República, don Niceto Alcalá Zamora, un hombre que, además de la mencionada cursilería, poseía un don para la retórica de improvisación y una memoria jurídico-lírica absolutamente arrasadoras, de las que hay numerosos testimonios. Este político cordobés echaba un discurso improvisado en cualquier sitio y lo llenaba de poesía embriagadora, consiguiendo mecer con la música de sus párrafos a cualquier público, por muy hostil que fuera. Don Manuel Azaña, cuando era primer ministro, invitó una vez al Jefe del Estado a asistir a un Consejo de Ministros y allí se discutió sobre determinada norma agraria que iba a aprobarse. Don Niceto tomó la palabra y depuso una inacabable pieza oratoria en la que se mezclaban los fundamentos jurídicos, los antecedentes históricos, la geografía rural y la poesía sentimental, llena de alusiones a cursilerías agropecuarias como el paso del arroyo de fresca agua que eleva el espíritu y que enaltece el alma con su rumor susurrante. En un momento dado, Azaña llamó a un ujier y dijo: “Que traigan una guitarra para el señor presidente”.

Hay que insistir en el hecho de que Rajoy no sabe ser cursi, y, por desgracia, resulta que el presidente ha pronunciado su última romanza de los días azules en presencia del presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, con lo que el ridículo poético ha traspasado las fronteras nacionales. Hay una tendencia a creer que los portugueses son todos cantantes de fados y llevan la saudade encima todo el día, y que, por ello, tienen un umbral de tolerancia hacia la cursilería más bien amplio. Por el contrario, a mí me da que en general un portugués no es ni más ni menos cursi que un español, aunque el portugués tiene la ventaja del acento y de la musicalidad emotiva del idioma, que hacen que los portugueses puedan chapotear en los límites de lo cursi con mayor disimulo. Pero es probable que el señor Durao Barroso, al oír a don Mariano expresar sus deseos líricos, haya sentido el bochorno que cabe imaginar, que es el bochorno que hemos sentido todos. Lo que pasa es que la presencia de Durao convierte el discurso de los días azules en un ridículo transfronterizo que podría poner en peligro la supuesta recuperación económica. Fuera de España, se suponía que Rajoy era un político disciplinado, obediente y gris, pero ahora van a pensar que es un rapsoda peligrosísimo. La experiencia nos dice que la poesía en política es muy poco recomendable: un gestor convertido en vate tiende a abandonar la intendencia del día a día y a lanzarse a las ensoñaciones románticas.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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