El cuñado tóxico

Dentro de la relatividad de la vida, las fiestas navideñas empeoran a medida que pasan los años. Es un hecho comprobable. Cuando somos niños, la Navidad es un momento único, pleno de magia, sencillamente insuperable. En la adolescencia y la juventud, las épocas navideñas (y en concreto las celebraciones del Año Nuevo) son periodos de borracheras fabulosas en las que muchos de nosotros hemos sido protagonistas de nuestros primeros episodios sentimentales significativos, lo cual es algo que, visto desde la perspectiva que dan los años, está muy bien. Sin embargo, cuando uno tiene ya cierta edad y ha tenido la suerte de poder atravesar numerosos cruces en la vida, la Navidad toma un tono grave y serio. Empieza a faltar gente alrededor. Los problemas laborales pesan. El deterioro físico es palpable. Hemos constatado que el mundo tiene muchos defectos. Y todo eso viene acompañado de un fenómeno específicamente navideño que podemos definir como fenómeno del cuñado tóxico.

El hecho consiste en la aparición en nuestras cenas o comidas familiares de ese señor que tiene el talento para decir continuamente cosas que provocan el sonrojo general, la irritación de la concurrencia o ambas cosas a la vez. Este sujeto ve que alguien acaba de comprarse un teléfono nuevo y tiene la indiscreción de preguntar a ese alguien cuánto le ha costado, para añadir inmediatamente que es una pena porque él tiene un compañero de la mili que los vende con un 40 % de descuento. Este hombre inoportuno cuenta chistes sobre enfermedades delante de alguna persona convaleciente o incluso ostensiblemente laringectomizada, cosa que parece una muestra de cortedad de vista y de poco tacto. Este hombre se ríe ruidosamente de chistes que no tienen gracia y que él mismo se encarga de contar de manera prolija e inacabable. Este hombre come atropelladamente, y si se encuentra ante cualquier manjar sencillo y delicioso no entiende nada, lo rechaza y se dirige hacia lo obvio. Es un comensal que pasa por alto lo exquisito, que devora con delectación lo grosero y copioso y que jamás ha sido visto en disposición de agradecer nada a los proveedores de su comida. Este hombre está siempre dispuesto a desvelar confidencias secretas que se le han hecho a él, y las desvela delante de los principales implicados; en este sentido, este personaje es de una rigidez total en su incumplimiento de las normas de urbanidad, lo cual es, bien pensado, una de las pocas cosas coherentes y positivas que tiene este señor. Por último, diremos que el sujeto en cuestión tiende a estar borracho demasiado pronto y a poner enseguida música caribeña con su móvil para animar el cotarro y para que la gente baile con él, en especial una prima nuestra que este año se ha debido aumentar quirúrgicamente el pecho y que presenta de pronto un aspecto de lo más sugerente. El cuñado tóxico generalmente no tiene tacto, salvo cuando se encuentra ante señoritas más o menos imponentes, en cuyo caso está dispuesto a comprobar táctilmente la turgencia de lo que tiene delante.

En definitiva, la presencia de este cuñado es un factor destructivo importantísimo en cualquier reunión navideña. Le hemos llamado cuñado pero este tipo de cretino puede aparecer dentro de cualquier grupo humano y bajo varias modalidades, y bien puede no ser el cuñado sino el jefe de algún departamento en la cena de la empresa o el infiltrado plasta en una comida de amigos. Lo que no suele ser nunca es un familiar directo nuestro. El plasta nunca es nuestro hermano porque, si lo fuera, nosotros compartiríamos de alguna manera ese carácter insufrible (en virtud de las leyes genéticas de Mendel) y no nos chocaría nada de lo que hace o dice este buen señor. Curiosamente, si nos toca un hermano energúmeno tendemos a pasar por alto sus desvaríos y estamos más o menos ciegos ante lo que hace o dice, lo cual significa que, desgraciadamente, nosotros somos también un poco idiotas, dicho sea con todo respeto. Por tanto, si uno está ante uno de estos cuñados y detecta efectivamente su presencia, puede entenderse que no secunda esta insoportable manera de comportarse y que no comparte con él ninguno de sus rasgos de personalidad.

Para soportar estos trances navideños es imprescindible darse cuenta de que la Navidad pasará y que nosotros tendremos un año entero para no ver a este interfecto. Paralelamente debemos tener en cuenta que hay determinadas personas (como el cónyuge de uno de estos cuñados) que van a seguir sufriendo la compañía permanente de este hombre. En consecuencia, éste es un momento de solidaridad navideña con los desgraciados que conviven a diario con nuestro cuñado nocivo. Tratemos de que, al menos durante nuestra cena o comida festiva, el cónyuge sea todo lo feliz que pueda. Seamos amables, diligentes y atentos con estos damnificados. Brindemos con ellos y recemos por su alma.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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