Los enemigos del régimen

En los últimos días se han descubierto determinados archivos pertenecientes a los Servicios de Inteligencia de la dictadura argentina, régimen encabezado por Jorge Rafael Videla y otros entre los años 1976 y 1983. Dentro de toda la información reservada que ha visto la luz, se han desvelado unas listas negras con algunos nombres de políticos, escritores y artistas considerados como ‘indeseables’ por las más altas instancias de aquel régimen. Las listas han sido encontradas en las dependencias del edificio Cóndor, sede de la fuerza aérea de Argentina. Entre los nombres de los actores non gratos estaban los de Héctor Alterio, Marilina Ross, Federico Luppi, Haydee Padilla, Norma Aleandro y Roberto Cossa. Dentro de todo este batiburrillo de documentos se han encontrado también nombres de cantantes españoles que fueron censurados durante aquellos años por su incompatibilidad con los principios generales de la dictadura. Esta relación de proscritos por el régimen está encabezada por Joan Manuel Serrat y Víctor Manuel, algo previsible tratándose de una dictadura de derechas, pero lo curioso es que entre los nombres censurados se encuentra también gente como Camilo Sesto, José Luis Perales o Peret.

Estos tres artistas pueden ser descritos con numerosos adjetivos calificativos, pero nunca han sido ni serán artistas “políticos” en el sentido que damos corrientemente a esta palabra. Camilo Sesto fue un cantante de éxito inmenso que encadenó una serie de bombazos musicales en los años setenta, incluyendo su participación en la versión hispana de Jesucristo Superstar. Como sabemos, hoy Camilo ha acabado siendo un personaje estrafalario que dice cosas muy raras y que parece que acaba de aterrizar en una nave nodriza venida del espacio exterior. Quizá algunos de los generales adscritos al bunker del señor Videla consideraron en su momento que el señor Camilo Sesto estaba faltando al respeto a la figura de Jesús de Nazareth cuando el cantante hacía aquel musical tan afamado, o tal vez los militares y censores temiesen que el atractivo personal de Camilo Sesto fuera un acicate para que la juventud argentina cometiera determinados actos contrarios a los Mandamientos de la Ley de Dios, y concretamente contra los relativos a la castidad (debemos recordar que Camilo Sesto era entonces un joven apuesto y que por tanto tenía poco que ver con la figura que hoy proyecta).

Los casos de Peret y Perales tienen una explicación menos clara. Peret, rey de la rumba catalana, parece a priori un hombre políticamente inocuo. Tenemos muchas dudas de que los molinillos con la guitarra o la media sonrisa picarona del cantante catalán hubieran resultado nocivos o contrarios a los principios generales del directorio militar. Lo único que se nos ocurre pensar es que los militares videlistas estimasen que la letra de Borriquito Como Tú fuera un velado insulto dirigido al dictador y, por consiguiente, a la totalidad de la población argentina (para un régimen totalitario, el caudillo es una representación exacta del pueblo).

Y lo de José Luis Perales es todavía más raro; sin necesidad de que este cantante se pronuncie sobre ningún asunto concreto, pocas veces se ha visto en el panorama de la música pop un personaje tan bien sintonizado con el temperamento conservador más puro. Perales es un compositor musical de un gran talento, pero hay que reconocer que en sus letras canta a las palomas, al otoño y al desamor moderado y discreto, y en consecuencia lo más censurable en sus canciones es sin duda la cursilería excesiva. No creemos que los hombres de Videla estuvieran dispuestos a montar un Consejo de Guerra a un autor por repetir tópicos almibarados, aunque todo es posible. Más bien pensamos que la subversión más desmelenada de Perales podría estar en algunas canciones suyas de temática conyugal, como el famoso Y Cómo Es Él o el menos célebre Me Llamas, una oda a la libertad de una mujer traicionada que decide pintarse la sonrisa de carmín y salir a la calle buscando amor, actitud que la censura podría tachar de contraria a la resignación cristiana y a la moral de costumbres (esta grabación, Me Llamas, es una canción maravillosa, dicho sea de paso).  

Existen múltiples oportunidades para recalcar la excentricidad de la censura, de la censura en abstracto. Las muestras de estupidez de cualquier organismo represor en el ámbito de la cultura popular son incontables, ocurran donde ocurran (en España hay un anecdotario humorístico de la censura franquista que quita el hipo). Lo que podemos decir sin mucho margen de error es que esta estupidez es común a todos los regímenes autoritarios, independientemente del color político que profesen, porque la aspiración común de todas las dictaduras es el control absoluto a todos los niveles y el mantenimiento del orden consolidado y completo, sin ninguna grieta; por las grietas entra la luz, decía Leonard Cohen. Esta aspiración de hermetismo suele conducir a la desmesura paranoide y a empezar a considerar la rumba Una Lágrima Cayó En La Arena como un artefacto lleno de munición conspirativa. Es decir, que el censor suele empezar haciendo la puñeta a los autores y al público, y acaba indefectiblemente haciendo el ridículo.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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