La coherencia corporativa

La multinacional Coca-Cola está en campaña para combatir la obesidad infantil, que como se sabe es un problema de mucha importancia en el mundo occidental. Simultáneamente, sabemos que la petrolera española Repsol mantiene una política corporativa en la que está patrocinando la investigación en el mundo de las energías renovables.

A veces leemos las cosas con mucha prisa y sin detenimiento. Si el señor lector dispone de cierto tiempo, es conveniente que relea lo que hemos escrito en el párrafo anterior. Cuando haya tenido la gentileza de hacerlo, continuaremos.

De Repsol ya hablamos en otra entrada de este blog, en la que elogiábamos su fabuloso modus operandi publicitario, que mediante el uso de imágenes pastoriles conseguía que los espectadores diésemos por sentado que Repsol es una empresa alejadísima del mundo en el que realmente se desenvuelve, que es el de la combustión de los hidrocarburos. Hoy descubrimos que además esta empresa invierte determinadas cantidades en el perfeccionamiento de las energías limpias o verdes, un mundo cuyo desarrollo podría trastocar el mercado en el que Repsol gana muchísimo dinero, y, por tanto, ese patrocinio podría menoscabar su propia fuente de ingresos. Parece un harakiri comercial; no sabemos si hay mala conciencia medioambiental por parte de la compañía o si es que esta empresa quiere estar preparada para cuando se acabe efectivamente el petróleo (cosa que se vaticina cada cierto tiempo y que sin embargo no llega nunca); esa segunda posibilidad tendría una lógica empresarial impecable.

Luego está lo de Coca Cola. Como hemos dicho, esta empresa está en una cruzada contra la obesidad infantil. Desde mi punto de vista, una buena aportación a esta causa sería que la propia empresa norteamericana suspendiese la producción y venta de su producto estrella, la Coca Cola roja de toda la vida, un producto que debe tener unos tres o cuatro millones de calorías por botellín y que es consumido de forma desmesurada en cualquier reunión en la que haya niños, sea un cumpleaños, una primera comunión o un bar-mitzvah. Los niños toman toda la Coca Cola que pueden, y algunos la miran y la saborean como verdaderos yonkies.

Determinadas personas podrían pensar que existe una contradicción en las políticas corporativas de Coca Cola y Repsol, y que estas políticas serían comparables con que, por ejemplo, Philip Morris invirtiera de repente millones de dólares en investigar tratamientos contra el enfisema pulmonar. No seré yo quien lo piense; soy un consumidor activo y recurrente de los fantásticos combustibles de la petrolera española y de las bebidas refrescantes de la embotelladora de Atlanta (Georgia), unas bebidas que por cierto me acompañan en los buenos y en los malos momentos, bien solas o bien aderezadas con determinadas cantidades de whisky; además, yo intento ser una persona con un alto sentido de la conservación, y sé que estas dos empresas disponen de unos ejércitos de abogados con capacidad para destruir y aniquilar a cualquier persona importante en un periquete, así que imagínense ustedes lo que harían conmigo, que soy menos que nadie. Por tanto, sigan las empresas con sus políticas y continúe yo con mi vida, y que sea en buena hora.

Porque además hay indicios para pensar que las políticas de estas empresas se mantendrán. Cualquiera puede ver que una eventual erradicación de la Coca Cola tradicional iría moderadamente en contra de los intereses de la compañía que la produce y la vende en proporciones colosales y multimillonarias, con lo que es de esperar que Coca Cola siga comercializando sus hipercalóricas y muy azucaradas bebidas y que mientras tanto continúe su apuesta firme por el fin de la obesidad infantil.

En este sentido, la empresa Coca Cola se parece a un tío que tenían los Hermanos Marx; según Groucho, este señor era el inventor de los macarrones rellenos de bicarbonato, un alimento que conseguía causar y curar la indigestión de forma simultánea.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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