La verdad sobre Manolo Escobar

En una entrada reciente hemos hablado de la muerte del músico Lou Reed, a quien nos hemos atrevido a definir como un clásico por su inconfundible manera de interpretar. La semana pasada se produjo el fallecimiento de otro artista con gran personalidad: Manolo Escobar. Está clarísimo que hay que tener muy alterados los órganos sensoriales para establecer algún parecido entre Reed y Escobar: uno es un poeta yonkie norteamericano, recitador de la angustia y de la levedad humana, y el otro es un cantante almeriense, yo diría que más español que un botijo, inscrito en una tradición robustísima de tonadilla, copla y pasodoble. Ya dijimos que en estos días la figura de Reed ha recibido la adoración babeante de los medios informativos más o menos sesudos; en cambio, a Escobar se le ha despachado con una sonriente condescendencia en el mejor de los casos.

Lou Reed inspira muchas cosas, pero debe decirse que la alegría no es una de ellas. En cambio, Manolo Escobar era un generador natural de jovialidad. Escobar tenía el talento supremo de haber encontrado la linea que llega de manera directa al corazón del espíritu popular, cosa que parece sencillísima y que sin embargo no se consigue alcanzar casi nunca. Manolo Escobar tuvo el ojo de hacer equipo y, de la misma manera que hicieron en su día Frank Sinatra o Julio Iglesias (con toda la distancia estilística que hay entre esta gente, claro está), supo rodearse de unos grandes cocineros (letristas, compositores, arreglistas) que amasaron para él un mejunje mágico que la población española ha consumido de manera masiva. Si el Cola Cao ha sido el alimento español popular de la posguerra, Escobar ha sido el alimento musical de los 60 y 70.

Escobar vio las posibilidades de la rumba catalana, el bolero, el pasodoble zarzuelero y la copla y le dio a todo ello su sello, basándose en tres elementos importantísimos: en primer lugar, las letras de sus canciones, populistas y sentimentales, patrioteras, de una defensa vigorosa del orden y de las instituciones establecidas (fundamentalmente la familia), unas letras que ablandaban por la vía demagógica el espíritu del depauperado espectador de aquella época. En segundo lugar, otro elemento clave del éxito de Escobar es su imagen: este cantante representaba una especie de majeza cercana y accesible, y por lo visto era el hijo perfecto, el padre perfecto, el yerno perfecto, el marido perfecto y el cuñado perfecto para hombres y mujeres de todas las edades. Como última clave del éxito de Escobar tenemos el indiscutible poderío de su voz; Manolo Escobar no era un flamenco puro y rasposo, ni un bolerista fino, ni un rumbero agitanado, pero tomaba un poco de todo eso y lo canalizaba a través de un timbre de voz completamente excepcional. La voz de Manolo Escobar se encuentra en una frecuencia sonora que debe de ser la que sintoniza de forma automática con el sistema nervioso central de los espectadores. Esta voz se abría paso entre los arreglos de la orquesta y permanecía en un primer plano con una calidez humana y un chorro de potencia que ahí quedan fijados, incrustados en el subconsciente. Escobar no hacía gorgoritos como Antonio Molina ni tenía el drama trágico de Marifé de Triana ni el quejido doliente de Camarón, pero llegaba al público como una locomotora y se adhería con una untuosidad completamente pringosa.

Por todo ello, debemos decir que Manolo Escobar ha sido un cantante de un éxito popular absolutamente descomunal, insólito, y eso lo reconozco yo, que no he sentido jamás la más mínima atracción por su música bajo ningún concepto. El aspecto ideológico de su identificación con el antiguo Régimen, que tanto se ha subrayado ahora, es en mi opinión un aspecto accidental. Muchos grandes artistas de entonces que hoy son antifranquistas más bien retroactivos estaban en los años 60 y 70 haciendo películas y publicando discos en una línea tan posibilista y comercial como la del señor Escobar, sólo que con un éxito infinitamente menor. Escobar era una bomba por aclamación y a eso sólo se llega desde una sintonía completa con el ordenamiento político vigente.

Una vez expuesta esta descripción, sólo queda decir que Manolo Escobar fue también actor en unas veinte películas de gran popularidad. Ciertamente, esas películas son de una calidad objetiva muy dudosa, y además podemos decir que el señor Escobar era un actor rígido, inexpresivo, verdaderamente espantoso. Lo suyo era cantar. Cantando era el número uno. Las cosas han sido así.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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