Los padres imbéciles

Cada cierto tiempo nos encontramos por la calle con padres que no pueden manejar a sus hijos pequeños. Vemos casos en los que el niño se revuelve, se acelera, la lía, y el padre es incapaz de controlar ese alboroto. Es evidente que todos los niños presentan unos mínimos de movimiento y de actividad destructiva y que, en muchos casos, la situación se desborda. Estos desbarajustes son parte muy principal del fenómeno de la paternidad, que como algunas veces hemos contado aquí es un fenómeno cuya gestión es complicadísima.

Para perfeccionar estas actividades, en los últimos años están triunfando los pedagogos al estilo Supernanny, la famosa psicóloga de la tele. Estos pedagogos tienen recetas educativas basadas en un enfoque constructivo del manejo de los chavales. Las mencionadas recetas se fundamentan en que todos los niños pueden criarse desde la empatía y el respeto, dentro de una metodología en la que el educador debe ignorar ostensiblemente las malas conductas del niño (uno debe permanecer mudo e impasible ante los estragos causados por su hijo) y, por el contrario, se deben premiar las buenas conductas; por supuesto, para estos pedagogos, el castigo ha de evitarse en todo caso. El método de Supernanny es inicialmente muy difícil de aplicar porque requiere muchísima paciencia y un tiempo larguísimo de implantación, lo cual va en sentido contrario a cada una de las refriegas puntuales que se tienen con los niños, que generalmente requieren soluciones inmediatas: si ignoras el ataque de mal comportamiento de un niño furibundo (siguiendo las instrucciones de los modernos pedagogos), corres el riesgo de que el niño te destroce la casa.

Además, me parece que estas teorías están pensadas para un mundo que no es el nuestro. Digámoslo claramente: algunos niños aceptan el tratamiento propugnado por Supernanny y reaccionan positivamente a esos estímulos educativos, pero por desgracia otros niños no lo hacen y están muy lejos de empezar a hacerlo alguna vez. Hay niños que son unos pequeños bicharracos, unas alimañas intratables, de una hostilidad concreta y casi definitiva. Estos niños horripilantes no son aptos para la reconducción dialogada de su propia conducta y, por tanto, reaccionan burlándose de los educadores con escarnio. Con estos niños, que están casi siempre fuera de control y que no son capaces de reconocer un estímulo constructivo ni aunque lo pintáramos con colores fluorescentes, la gestión más efectiva puede ser la represora, y lo digo con la consternación que suscita el tener que castigar a un niño pequeño.

Pero el problema mayor se presenta cuando uno ve que el niño es una bestezuela rematada y que el padre, que es la persona que trata de controlarlo, es tan bestia o más que su hijo; al oír los gritos del padre es fácil adivinar que ese padre, cuando era niño, era igual de energúmeno que el hijo, puesto que hoy no lo es menos. La aparición conjunta de estos dos cretinos (padre e hijo) es una representación demostrativa de todos los estudios genéticos llevados a cabo desde las Leyes de Mendel y desemboca en situaciones incomodísimas para todos los presentes.

Sin embargo, hay un hecho que no admite discusión: una inmensa mayoría de los niños (energúmenos o no) van tirando para adelante y acaban llegando a la vida adulta con mayor o menor funcionalidad. La gente ha ido creciendo y desarrollándose durante muchísimo tiempo sin Supernannys y bajo la tutela de algunos padres aberrantes y perfectamente nocivos y contraproducentes. Podemos decir que la humanidad es un conjunto elástico que, ante cualquier deformación, tiende a volver a su ser. Eso puede ser un consuelo para todos aquellos padres a los que les tortura equivocarse en la educación de sus hijos; parece que el margen de equivocación que tenemos en este campo es más amplio de lo que creemos.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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