El Ironman

El diario digital El Confidencial publica hoy una entrevista con Marcel Zamora, un señor catalán que se dedica a participar en esa competición que se conoce como Ironman, que básicamente es un triatlón pero a lo bestia: 3,86 km de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de carrera a pie, todo seguido y sin parar. El señor Zamora es un competidor imbatible que por lo visto no para de ganar títulos en esta especialidad,  y en concreto el pasado fin de semana ganó el Embrunman, prueba celebrada en los Alpes franceses y que está considerada como una de las más exigentes del mundo; Zamora ya ha ganado esta competición cuatro veces. Marcel Zamora afirma en esta entrevista que “tal y como está la sociedad hoy en día, creo que la gente tiene la necesidad de sentirse especial consigo mismo y con su entorno. Con el hecho de hacer solo triatlón la gente se lo pasa súper bien, y es unos reto súper bonito, pero dentro de todo, el Ironman es la prueba reina. Es como en el atletismo la maratón. Es un objetivo muy difícil de conseguir, una meta muy grande y yo creo que la gente se lo toma como el reto de su vida. Si eres capaz de hacer esto puedes hacer otras muchas cosas. Puedes decir que has hecho una cosa que poca gente hace y, quizás, por eso está la moda más de intentar algo de larga distancia”.

Como se puede deducir de sus palabras, Dios no ha llamado al fenomenal atleta barcelonés por los caminos de la oratoria: Zamora afirma que el triatlón está “súper bien” y que es un reto “súper bonito”. En la entrevista se nos dice que este deportista ha empleado 9 horas y 43 minutos en completar su último Ironman, y si sólo para terminar la prueba ha invertido casi un día entero en pleno esfuerzo no podemos ni imaginar el número de horas que este señor ha dedicado a correr por ahí mientras entrenaba y no sabremos nunca cuántos días se ha pasado conduciendo su cuerpo a los límites de la quiebra total. La conclusión natural de estas conjeturas es que para hacer Ironmanes hace falta tiempo y dinero. Una persona que tenga hijos a su cargo o que tenga un trabajo de horarios establecidos sólo puede correr un Ironman si incurre en la dejación de funciones en sus compromisos corrientes.

Pero Zamora tiene razón: cada vez hay más gente que se dedica a esto. El fenómeno es asombroso. El deporte extremo es crecientemente popular. La gente tiene capacidad y ánimo para hacer estas cosas. No voy a preguntarme los motivos de esta popularidad porque están explicados ya en la entrevista con Zamora: sentirse especial, alcanzar una meta, etc. Yo añadiría un motivo más, que viene indicado en todas esas horas que se dedican a esto: creo que uno se dedica al Ironman para rellenar el día con alguna actividad, y en concreto con una actividad que, por su exigencia física, favorezca la atrofia cerebral y provoque la tan anhelada desconexión. Hay que desconectar, o desconectarse de la problemática diaria. En este sentido, las diferencias entre el Ironman y la drogadicción son prácticamente inexistentes: ambas aficiones causan severos daños físicos y ambas sirven para modificar la percepción sensorial del participante; en consecuencia, tanto las drogas como el deporte extremo suelen desencadenar una adicción sensacional. No es extraño que este señor Zamora se muestre en su entrevista sumamente emocionado por poder competir en sus Ironmanes con el gran Lance Armstrong, hombre que personifica la conjunción perfecta entre deporte desorbitado y estupefacientes. Sin embargo, la mayor diferencia entre las drogas y el Ironman es que mientras las drogas mantienen una baja consideración entre la opinión pública oficial, el deporte extremo está en cambio muy bien visto y se pone como ejemplo por gurús, coaches, expertos en emprendizaje y autoridades del mundo de la autoayuda, que proyectan en sus charlas vídeos de atletas llegando a la meta de maratones por el desierto con cara de estar al borde de la muerte mientras suena una música de lo más emotiva.

Por tanto, la consideración social de la que disfrutan estos atletas es formidable. De hecho, resulta sorprendente que haya quien pida que los fumadores de largo recorrido se paguen sus propios tratamientos médicos y no usen la sanidad pública en virtud de sus malos hábitos higiénicos y que, por el contrario, todavía no haya nadie que reclame que un maratoniano recalcitrante se costee sus operaciones quirúrgicas de rodilla o de cadera; los atletas extremos tiene una cobertura médica pública perfectamente garantizada que nadie discute.

Es evidente que el señor Zamora se encuentra en el centro mismo de la corriente del sufrimiento deportivo que diariamente arrastra a más personas a llevar sus cuerpos al límite con el fin de poder sentirse especiales, según palabras del propio Zamora. Pero como cada vez hay más gente hace lo que hace el señor Zamora, podríamos llegar a un punto en el que los hombres verdaderamente especiales seamos los que no practicamos ningún tipo de deporte demencial. En el futuro, los hombres especiales serán aquellos que sean capaces de permanecer charlando tranquilamente entre ellos o que puedan estar en silencio, desarrollando una actividad mental normalizada y encontrándose más o menos en paz con sus cuerpos.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “El Ironman”

  1. Hola Pedro. No puedo estar más de acuerdo con tu artículo de “Ironman”. Pero sobre todo, me gusta como escribes. Enhorabuena y espero que lo sigas haciendo siempre.
    Un saludo,
    Pablo

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