Hace unos días decíamos que íbamos a hablar aquí del programa de Telecinco Campamento de Verano, pero me temo que vamos a evitarlo. No sólo por el hecho de que este programa haya empezado a estar vetado por los anunciantes por su presunto carácter machista, sino también porque es un programa que es difícil de digerir desde todos los puntos de vista y que además no esconde ninguna sorpresa en su proceso de decantación de los residuos audiovisuales. Habrá alguna persona curiosa que quiera ver el programa para saber si en Campamento de Verano hay algo más que lo que aparentemente se ofrece (que es la sintetización avanzada del estiércol); a ese espectador temerario hay que desearle suerte en tan riguroso trance. Sin embargo, me gustaría comentar un espacio que tiene una apariencia liviana pero que esconde algo más: se trata de Fast’N Loud, que es un programa norteamericano de televisión que se emite en el Discovery Channel de la TDT.
En Fast’N Loud se nos muestra la vida en un taller de reparaciones en Dallas (Texas), taller que se llama Gas Monkey y en el que el dueño y su lugarteniente se dedican a comprar vehículos dañados o directamente descuartizados para repararlos y venderlos. La gama de vehículos que adquieren y reparan es amplísima, y cada episodio concluye con la descripción simple de la cuenta de resultados semanal del taller, comparando los dólares invertidos esta semana en coches, materiales y mano de obra con los dólares recaudados por la venta de los coches terminados. A veces ganan dinero, otras veces empatan y algunas veces pierden.
El programa es entretenidísimo y está muy bien hecho; el ritmo del montaje es alto sin ser mareante, y las secuencias temporales de las reparaciones se entienden perfectamente. No hace falta ser un fanático de los coches para disfrutar de las vicisitudes del taller, y la relación entre los dos personajes principales responde al canon clásico: el dueño del taller es un señor comercial, un vendedor muy simpático y con mucho ojo e imaginación para la chatarra, y su ayudante y socio es un técnico barbudo y más bien taciturno, de pocas palabras, que a veces no entiende determinadas adquisiciones de algunos vehículos por considerarlos irreparables. El contraste entre ambos caracteres da color y viveza al programa. Por otra parte, el trato que tiene el jefe de Gas Monkey con sus clientes a la hora de vender el coche terminado es de respeto bromista, y los regateos que se ponen en práctica no rebasan nunca la línea de la camaradería.
Pero lo más interesante de Fast’N Loud es que este programa televisivo refleja como ningún otro la mecánica tradicional del capitalismo en general y del mercantilismo anglosajón en particular: buscar dinero, comprar algo, transformar ese algo y venderlo con un beneficio. Esta dinámica es sencillísima y a veces genera problemas muy graves, pero todos los que aparecen en este programa (los del taller, los compradores, los proveedores) han entendido de forma natural el movimiento evolutivo del capital y del trabajo, y todos ellos comparten el temperamento mercantil y la noción esencial de la venta como actividad completa y definitiva. No hay nadie en este programa que encuentre injusto todo este funcionamiento ni que dependa de otra cosa que no sea la incrustación activa de uno mismo en este conglomerado. En este programa no se ve a nadie pidiendo una subvención o dedicándose a alguna cosa esencialmente deficitaria: todos saben que el dinero es una sustancia en movimiento que hay que cazar poniéndose uno mismo en movimiento.
En consecuencia, Fast’N Loud funciona como entretenimiento y también como síntesis del mundo moderno. Otra cosa es que a alguien no le guste este mundo, pero no se ve otro.
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