El presunto karateka

Incluso las personas más desinformadas conocerán ya el caso del maestro karateka al que acusan del presunto asesinato, tortura y despiece de dos mujeres en Bilbao. Las circunstancias de este asunto son de una truculencia que da escalofríos, y me van a permitir ustedes que las omita. En cambio, hay un aspecto de este presunto asesino que conviene resaltar, y que es la enorme mentira en la que vivía el sujeto. Al parecer, este señor tenía un gimnasio y se anunciaba a sí mismo como un experto en artes marciales, acreditado por las más altas instituciones monacales de China, y además se presentaba ante su clientela como dos veces campeón del mundo y ocho veces campeón de España de karate.

Y resulta que, en cuanto se han descubierto las supuestas actividades carniceras de este hombre, han aparecido personas de autoridad que han confirmado el hecho de que este señor no recibió en China ninguna cualificación religioso-marcial y que ni siquiera estaba inscrito en ninguna federación española de karate, con lo que resulta imposible que haya ganado ningún campeonato. Estas fuentes que confirman tanta falsedad conocían con detalle al personaje.

Por tanto, podemos decir con seguridad que este señor mantuvo durante años un gimnasio de karate engañando de la manera más desvergonzada a sus clientes. Ni era maestro, ni era karateka. Es un presunto asesino y era un presunto karateka. Los que conocen el caso y que ahora están desvelando todo este fraude sí reconocen al caballero dos cualidades: una cierta habilidad en el manejo de las armas orientales y una oratoria esotérica de indiscutible efecto. Este señor había mimetizado toda la parafernalia retórica de la serie de Kung Fu y se expresaba en público como si se dirigiera permanentemente al Pequeño Saltamontes. Con esas herramientas, el maestro ha conseguido liar a un número considerable de clientes.

La primera conclusión que uno saca es que en España hay un porcentaje de la población que tiene un talento natural para el arte del embaucamiento oral, y que sobre esa base se construyen negocios de mucha importancia; y la segunda (y más grave) es que, pese a que haya gente que esté al corriente de las irregularidades de una actividad como la del falso monje, aquí hace falta que el monje torture y trocee a dos pobres chicas (supuestamente, claro) para que todo esta engañifa comercial salga a la luz. Si el monje no hubiera sido descubierto dando tormento a una mujer, esta misma mañana seguiría impartiendo su magisterio oriental sin ninguna cualificación y dentro la mentira más ruidosa, y los que hoy cuentan lo que sabían del interfecto seguirían callados. Algún amable lector me podrá decir que a ver quién es el guapo que se arriesga a denunciar en comisaría las actividades irregulares de un elemento como éste, quien además poseía un reconocido arsenal de sables y demás útiles de desmembramiento y sabia cómo usarlos. Ciertamente, la katana es un argumento dialéctico de mucho peso.

En todo caso, es evidente que lo más grave de este suceso es el asesinato múltiple, y ante este crimen sólo podemos tiritar de puro espanto. Pero hoy por hoy, y afortunadamente, el descuartizamiento de personas es una anomalía poco frecuente. En cambio, el mantenimiento de una actividad sin ningún tipo de licencia y con la cara más dura que quepa imaginar es parte de lo cotidiano y, aunque se conozca, no se denuncia.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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