El esquiador inconsciente

Hoy en día, hay un número determinado de personas que habitualmente esquía. El esquí es un deporte que durante buena parte del siglo XX estaba circunscrito en España a dos tipos de practicantes muy diferentes: las personas con gran poder adquisitivo y los habitantes de algunas zonas montañosas (independientemente de su poder adqusitivo). En este sentido, el esquí se parecía mucho a la caza, otra actividad practicada habitualmente tanto por millonarios como por lugareños de las zonas rurales (que pueden no tener nada de millonarios).  Esta armonía cinegética entre el gran propietario urbano y el pequeñísimo propietario rural se daba también en la práctica del esquí. El esquí era un deporte minoritario, elitista y montañero.

Sin embargo, desde hace ya varios lustros el esquí es una actividad considerablemente masiva, y con mucho aprovechamiento. La estaciones de esquí españolas recibieron 4.505.715 visitas en la temporada 2011-2012, que es un número de muy importante magnitud. Estas estaciones españolas facturaron en ese periodo 92 millones de euros por forfaits (es decir, sólo por cobro de derechos de admisión, sin incluir ingresos de otros servicios como clases de aprendizaje del esquí, cafetería, alquileres, etc). Se estima que el mundo del esquí proporcionó en 2011-2012 alrededor de 800 millones de euros al PIB de las comarcas de montaña y que hay 100.000 puestos de trabajo directos e indirectos que dependen del esquí en España, lo cual nos lleva a pensar que es un mundo de un vigor económico tremendo. El esquí está de moda.

Vistas las cifras, creo que es importante decir que el esquí consiste en subir por medios mecánicos a lo alto de una montaña con la intención de descender por la ladera del monte deslizándose por la nieve mediante el uso de unas tablas y unos bastones preparados a tal efecto. Las bondades del contacto con la montaña son indiscutibles, y la acometida del descenso rápido con sus correspondientes accidentes leves y graves parece un foco de diversión importantísimo. Además el esquí cuenta con la ventaja añadida de que no requiere la participación activa del cerebro más allá del mantenimiento de las conexiones nerviosas mínimas para sortear las irregularidades del terreno y la voluble calidad de la nieve. La mezcla entre escenario espectacular, roturas de los huesos y ausencia de actividad cognitiva reseñable en el cerebro es una combinación que explica el éxito impresionante del esquí: es una actividad perfecta para desconectar, que es la aspiración máxima de cualquier persona en estos momentos. Hay que evadirse del entorno e incluso del propio yo, con el que a veces nos llevamos mal.

No obstante, el esquí es una actividad costosa (no digo cara porque no tengo elementos de juicio para comparar su precio, su coste efectivo y su valor). Para esquiar hay que disponer de un número relevante de euros susceptibles de ser dilapidados en un fin de semana de viaje, alojamiento, manutención, disposición del equipamiento y acceso a las pistas de esquí. Y en esta época de la vida, tan trágica desde un punto de vista económico, en la que tantas dificultades se nos presentan, estoy encontrándome con esquiadores que afirman que van a renunciar a cualquier cosa con tal de poder seguir yendo a esquiar. Esta postura sería lógica en un niño de ocho años, pero no en un padre de familia con responsabilidades. Bastante irresponsable resulta tirarse por una cuesta a toda velocidad cuando uno tiene hijos a su cargo.

El esquiador fanático al que se le dice todo esto sufre un colapso nervioso y tiende a insultarle a uno. Normalmente, ese esquiador suele argumentar que quien hable del esquí con esa frialdad no ha experimentado la sensación maravillosa del descenso alpino, pero resulta que yo he tenido la suerte de poder ir a esquiar durante años con regularidad y en mi opinión el esquí es una actividad medianamente divertida, bastante peligrosa y muy costosa, no necesariamente por este orden; en consecuencia, entiendo que, ponderando todas las circunstancias, el esquí en el entorno actual debería ser prescindible. Pero varios millones de españoles tienen una opinión opuesta, y eso da de comer a otros españoles que viven en la montaña, así que, indudablemente, qué sabré yo.

 

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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