El desacierto generalizado

En términos generales, puede decirse que es muy difícil tomar decisiones a lo largo de la vida. Las posibilidades de cometer errores fatales a cada paso son incalculables. Luego resulta que, por motivos desconocidos, hay una mayoría de personas que van tirando de cualquier manera, y que, aunque equivocándose de vez en cuando, más o menos funcionan. Sin embargo, podemos afirmar que hay determinadas personas que, lamentablemente, se pasan la vida tomando decisiones equivocadas. Algunas de estas personas toman malas decisiones en los detalles más insignificantes, lo que hace que su vida diaria resulte un galimatías agotador, aunque sin grandes consecuencias en lo fundamental; otros se equivocan pocas veces pero en relación con asuntos importantísimos, y eso es una tragedia de fondo, de la que a veces ellos mismos no se dan cuenta. Luego están unas pocas personas (muy pocas, en realidad) que se equivocan en todo. Son personas que fallan en las decisiones mínimas y en las máximas; que no aciertan bajo ninguna circunstancia y pase lo que pase. Son personas con grandes probabilidades de no acabar bien y de arrastrar con ellos las vidas de los demás.

Encontrarse ocasionalmente con una de esas personas es un poco triste. Conocer y tratar con detalle a cualquiera de estos seres constantemente desacertados incita a intentar colaborar con ellos y ayudarles, pero en general estamos hablando de personas de una insistencia en el error completamente garantizada. Convivir a diario con alguna de estas personas tiene que ser catastrófico. Creo que si alguien permanece junto a uno de estos desastres humanos, lo mejor que puede hacer es resignarse. Naturalmente, cuando hablo de decisiones erróneas sé que todo entra dentro de lo discutible, y habrá quien me diga que una decisión puede ser buena o mala según se mire, etc. De acuerdo. Todo es relativo. No obstante, aquí estoy refiriéndome a lo gordo, a lo definitivo y perfilado, a verdaderas decisiones insensatas que no son borrosas, que claman al cielo y que son detectables por cualquiera con un poco de sentido común.

La observación del proceso de toma de decisiones erróneas clarísimas plantea varios problemas, y uno de ellos es la intervención en el proceso. ¿Hay que intervenir? ¿Hay que decir al amigo desgraciado que está equivocándose? ¿Sirve para algo tomar partido? No sabemos contestar a estas preguntas, pero generalmente decidimos tomar partido y hablar de buena fe con el interfecto, y en muchos casos empeoramos las cosas, porque el amigo equivocado no cambia nunca de idea y además se enfada con nosotros. Por tanto, si intervenimos para hacer ver a alguien que está equivocándose estamos participando plenamente en el proceso global de las equivocaciones. El amigo recalcitrante no nos hace caso y sigue equivocándose, así que hablar con él ha sido, en realidad, otra equivocación. Una más.

Y no debe sorprender. Si permanecemos junto a nuestro amigo, todos acabamos equivocándonos. El hombre desacertado es un foco imparable de fuerza centrípeta, y atrae a su agujero negro a cualquier satélite que se encuentre en su órbita. Ahora bien: así como este buen señor se equivoca durante toda su vida, con esa misma insistencia irracional seguimos los demás intentando ayudarle una y otra vez y tratando de minimizar su poder destructivo. Nuestra obcecación tiene la misma dureza que la del hombre equivocado.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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