El Prestige se queda en nada

Comienza ahora el juicio por el hundimiento del Prestige, justo cuando falta menos de un mes para que se cumplan diez años de la catástrofe. Inicialmente uno recibe esta noticia por sorpresa, porque para empezar parece que fue ayer cuando se hundía aquel barco y, en segundo lugar, porque el hecho de que hayan pasado diez años sin que haya empezado el juicio constituye una demora escandalosa, de proporciones increíbles. Estamos hablando de un desastre que provocó el vertido de 77.000 toneladas de combustible, combustible que impregnó un total de 1.600 kilómetros de costa, y por lo visto la responsabilidad de los tripulantes del barco y de las administraciones locales y nacionales va a ser ventilada por fin (aunque es cierto que de las administraciones sólo hay un imputado en el sumario, y este imputado es un hombre con una cara de chivo expiatorio que no puede con ella).

Curiosamente, la extremada parsimonia que se observa en las actuaciones procesales no parece escandalizar a nadie. Es verdad que, cuando ocurrió la catástrofe, los niveles de indignación y bronca de las poblaciones costeras llegaron a cotas muy altas, azuzados por determinados sectores que están especializados en el alboroto y que son los que se apuntan con alegría a cualquier liada que se plantee. Pero también es cierto que el Gobierno de entonces (el de Aznar) se las arregló para disolver esa indignación local a base de entregar dinero a caño libre a todos esos municipios, y, así, se dio la paradoja de que en las famosas elecciones de 2004 (las del 11M) el PP ganó en todos los pueblos del chapapote. Está visto que, una vez recibida la pingüe subvención, cualquier persona tiende a sosegarse poco a poco y a relativizar las fatalidades.

Y luego hay otro factor que ha tranquilizado moderadamente los ánimos y que ha hecho que la espera de diez años no se haga tan larga, y ese factor es la impresionante capacidad de regeneración que tiene la naturaleza. Cuando se produjo la catástrofe, se nos explicó que el vertido de fuel iba a consolidarse de manera fatal por los siglos de los siglos e iba a arruinar de modo irremediable las cristalinas y heladas aguas del Atlántico y el Cantábrico, destruyendo para siempre el ecosistema de fauna y flora marinas y barnizando el fondo del mar con una capa de viscoso combustible fósil. En aquel momento, cualquier persona de buena voluntad lamentó tan desolador panorama y pensó melancólicamente en que algo se le moría dentro de sí. Y luego resultó que , cuando habían pasado solamente ocho meses de aquel vertido apocalíptico, el fondo marino se encontraba ya medianamente recuperado. Los rastros del chapapote eran mínimos. Dos años después de la catástrofe, la calidad de las aguas volvía a sus niveles tradicionales de excelencia máxima, y los moluscos y los crustáceos nadaban de nuevo sin ataduras, en medio del maravilloso ecosistema oceánico. Es decir, que la naturaleza es de un descontrol y de un ímpetu arrasador, y no sólo para lo malo (terremotos, huracanes, etc), sino que también para lo bueno. El Planeta Tierra ha sido escenario durante miles de años de todas las escabechinas que uno pueda imaginar (glaciaciones, movimientos continentales, erupciones volcánicas devastadoras, etc), y todo se ha convertido en otra cosa muy diferente cientos de veces, y con todo eso hemos llegado hasta aquí. De hecho, por mucho que el hombre se empeñe en estropear su entorno, la naturaleza lo traga casi todo. Eso no quita para que no debamos detenernos en nuestra dinámica escandalosa de destrucción: debemos detenernos ya. Pero el mundo es un monstruo tremebundo con unas posibilidades autodestructivas indiscutibles al que hay que mirar con admiración y con muchísimo, muchísimo respeto. Por no decir que, vistas las catástrofes naturales que vemos a diario por la tele, lo lógico es incluso tener miedo al mundo y a sus agentes destructivos meteorológicos y sísimicos.

La naturaleza lo arrasa todo y lo regenera de otra manera, y eso a mí me da miedo. De hecho, ya he tenido bastante miedo cuando me he encontrado cara a cara con cualquier roedor pequeño.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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