Yonkis sobre ruedas

Aparece ahora un informe de una agencia antidopaje norteamericana en el que se detalla con gran minuciosidad el historial dopante de Lance Armstrong, que al parecer ganó sus siete Tours de Francia apoyándose en un mecanismo cotidiano e industrial de consumo de sustancias prohibidas, dentro de lo que se califica como “la mayor y más sofisticada trama de dopaje en la historia reciente del deporte”. El agravante de este caso es que lo protagoniza el ciclista con el mejor palmarés de la historia y que además ha sido un ejemplo heroico de superación personal (ganó sus Tours después de superar un cáncer testicular).

Por ahora, este episodio es la culminación de una dinámica que ha convertido al ciclismo en el mayor exponente de las prácticas deportivas tramposas. La proliferación de casos, cada uno más grave que el anterior, hace que uno pueda pensar que estamos ante una actividad en la que el fraude ya es normalidad. En concreto, parece ser que el mejor ciclista del mundo se drogó como si no hubiera mañana durante siete temporadas y en ningún momento se le pudo coger con las manos en la masa, pese a la profusión de controles cotidianos, redadas a horas intempestivas, emboscadas policiales tremendas y detenciones periódicas de médicos, entrenadores y ciclistas. En este escenario, y contra todo pronóstico, Armstrong podía seguir cumpliendo con regularidad su oscuro calendario. 

Cualquier malintencionado pensaría que aquí hay gato encerrado; tenemos que creernos que sólo se dopaba él y que encima no le pillaban, siendo el número uno del mundo. Tenemos que creernos que el segundo, el tercero o el cuarto no tomaban nada.

En vista de todo esto, podemos entender que el ciclismo parece un deporte que no tiene remedio y en el que por pura higiene convendría desvelar todas las cortinas y levantar todas las alfombras, para decir claramente que, para poder acometer los retos deportivos impresionantes que se imponen en esta actividad, los ciclistas toman determinadas sustancias; a partir de ahí, se puede tratar de eliminar las drogas del circuito e implantar algún tipo de reducción de la escala de esfuerzo de estos pobres corredores, de cara a que la actividad ciclista sea algo que esté dentro de los parámetros normales del esfuerzo físico humano. O también se puede dar por buena y reconocida esta existencia de la farmacopea deportiva y continuar en la línea de la devastación del organismo del ciclista, y conseguir así que sigan cayendo desplomados, víctimas de infartos o de cualquier otra anomalía inducida. Alguien dijo que el deporte es salud, y entiendo que fue algún pobre indocumentado que no vio ninguna edición del Tour de Francia.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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