Los imbéciles de la rosquilla

Al parecer, la última moda estética de la juventud en Japón es practicarse el ‘bagelhead’: uno se inyecta líquido bajo la epidermis -normalmente en la frente- durante unas dos horas: eso provoca una inflamación en la zona, una hinchazón de cierta consistencia que posteriormente uno moldea con las manos a su gusto, dándole la forma que uno prefiera. Parece ser que la figura más representada en las frentes de los jóvenes japoneses que se someten a este asunto es una especie de rosquilla o ‘bagel’, y de ahí el nombre de la técnica estética. Afortunadamente, el líquido inyectado es una solución salina inocua para la salud humana.

Una vez explicado este movimiento de moda, y después de reflexionar sobre los motivos que llevan a una persona a introducir en su organismo una sustancia ajena de una manera tan estrambótica, uno puede caer en la tentación de calificar como absurdo ese comportamiento y pasar a ocuparse de cualquier otro asunto. Pero, en mi opinión, este comportamiento no es un hecho aislado: más bien es la culminación y la confluencia de dos caminos que son principales en el mundo de hoy. El primero es el camino de la manipulación del propio cuerpo para convertirlo en otra cosa, y ese camino es el que siguen los que se operan de la cara, se recortan la nariz o las orejas y se operan de los glúteos o del pecho. En concreto, una operación de aumento de pecho o una inyección de bótox son manifestaciones de esa misma osadía descabellada, en función de la cual determinados individuos deciden abrir su organismo y alojar allí un cuerpo extraño e invasor, por motivos no sanitarios ni terapéuticos y con consecuencias inimaginables a futuro. Por otra parte, la técnica de inyectarse un donut en la frente forma también parte de la dictadura de la moda en su vertiente más descerebrada, y que se aprovecha de la flojera de nuestra voluntad: se lleva tener un donut en la cara, mola tener un donut ahí, y eso es lo que tenemos que hacer.

La confluencia de estas dos dictaduras (la de la estética delirante y la de la moda absurda) da como resultado el disparate de las rosquillas, y sospechamos que habrá una interesante colección de especialistas quirúrgicos que se dediquen a la actividad de inyectar la sustancia en las frentes juveniles y de cobrar determinadas cantidades de yenes en pago a esa labor nociva y sin sentido. Según se mire, es una forma como otra cualquiera de ganarse la vida.

Mientras tanto, estos jóvenes japoneses se pasean por la calle con un bulto innecesario en la cara, y es de esperar que se reúnan en círculo, se miren los unos a los otros y se rían como tarados mientras se palpan mutuamente la rosquilla;  cabe la posibilidad fatal de que el líquido de la rosquilla empiece a filtrarse a través del cráneo e inunde las grietas del cerebro, provocando una inmediata parálisis facial que consolide de forma definitiva la sonrisa de los muchachos. Pese a ese peligro, creo que merece la pena arriesgarse y animarse a llevar a cabo el implante de donut en la jeta. Las ventajas de tener un donut en la frente durante un par de horas compensan cualquier posible paraplejia vitalicia.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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