El país de los viejos

Tengo 37 años. Decir que soy una persona “joven”, con el sentido que se le da hoy en día al término, es una estupidez. Empiezo a notar desperfectos en mi estructura. Cualquier esfuerzo físico deja en mí una huella duradera. Por otra parte, y como ya hemos dicho en otro post, se me ve el cartón. Ahora bien: si tenemos en cuenta eso que se conoce como “pirámide demográfica”, estoy todavía en los estratos juveniles de la población, puesto que en este país el número de ciudadanos perfectamente decrépitos y despanzurrados va incrementándose de manera continua. Mucha gente se incorpora al grupo de los viejos que necesitan asistencia sanitaria, y es mucha menos la gente que sale de ese grupo por el motivo habitual (el fallecimiento). Hoy en día las personas envejecen, alcanzan edades abultadísimas y tardan mucho en morirse. Ése es el mundo moderno y desarrollado; hacia allí nos dirigimos.

Todo esto viene a cuento porque esta mañana iba yo caminando por la calle y he notado que me dolían los pies; me he detenido en mi camino, me he quejado de mis achaques, he mirado a mi alrededor y he visto que la calle estaba invadida por los viejos. Gente mayorcísima. Antiguallas impresionantes. Muchos de ellos iban solos; otros iban en grupo y había además algunos que, tal vez por tener un mayor poder adquisitivo, caminaban apoyándose en alguna ciudadana de origen latinoamericano. Pero el panorama era de obsolescencia urbana, de gente muy vieja.

Y eso me ha provocado dos sensaciones contrapuestas: en primer lugar, un cierto alivio, porque por simple comparación yo era de repente un chiquillo en el amanecer de la vida, y eso me colocaba psicológicamente lejos de los umbrales de la muerte (se trata de una ilusión del espíritu, claro, porque la muerte llega sin avisar y a cualquier edad).

 Y en segundo lugar, he sentido preocupación, la preocupación derivada de la incertidumbre: aunque desde un punto de vista humano, social y cultural los viejos son elementos admirables de la comunidad, y aunque un viejo es por muchas razones infinitamente más interesante que una persona joven, la realidad implacable es que estos viejos no pertenecen a lo que se conoce en el mundo actual como “el sector productivo”. Los viejos han trabajado como mulas, ciertamente, pero, como es natural, y por razones que cualquiera comprende, ya no trabajan, y en buena hora. No trabajan, pero sí comen; comen con moderación, en efecto, y tienden a tomar muchos purés de mayor o menor densidad (en defensa de su depauperada dentadura, o por gusto, o por prescripción), pero comen, y se visten, y van al médico, y a veces quieren distraerse con algún entretenimiento. Y todo eso cuesta un dinero determinado. Y aquí es donde el problema se cristaliza: en estos momentos, no hay dinero. No se generan ingresos. Hay más viejos que jóvenes, y además la cuarta parte de los jóvenes no trabaja.

Con esa preocupación, he reanudado mi marcha, y he vuelto a notar el dolor en mis pies. Me hago viejo.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

Un comentario en “El país de los viejos”

  1. Buenas Pedro, lo primero felicitarte por tu blog.
    Hace poco he empezado a leerlo y me han gustado las últimas entradas que has publicado, esta última en concreto, ya que da que pensar.
    Realmente estamos en una situación que ha empeorado aún más la ya poco sostenible pirámide demográfica.
    Ánimo con el blog!

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