La barbarie como motor del comercio

En los últimos días de agosto tuvo lugar la famosa Tomatina de Buñol, que como todo el mundo sabe es una celebración en la cual se produce una “batalla” urbana a tomatazo limpio en el conocido municipio valenciano. Los proyectiles utilizados son, en concreto, tomates. Esta fiesta es muy cafre y divertida, y en los últimos años ha sido publicitada en todo el mundo, con lo cual para la edición de 2012 se esperaba contar con la presencia de 40.000 participantes procedentes de muchos lugares y se habían preparado 120 toneladas de tomates, listos para ser lanzados al cuerpo del enemigo. Estamos hablando de 120.000 kilos de tomate levantino destinados no al consumo alimenticio directo o indirecto, sino utilizados para ser arrojados en mitad de una descomunal borrachera.

Al encontrarnos ahora en una situación de indiscutible deterioro económico y social, existen personas que piensan que tal dispendio proyectil de un alimento como el tomate resulta inmoral. Los defensores de la tradicional guerra de Buñol argumentan que los tomates lanzados proceden de un pueblo de Castellón en el cual se dedican muchas hectáreas a cultivar esos tomates específicamente destinados para estas fiestas; por lo que se nos dice, son tomates que no saben bien, que no son aptos para el consumo humano, y ésa es la justificación que se da. Puede decirse que es una justificación moral raquítica, puesto que esas hectáreas castellonenses podían dedicarse perfectamente al cultivo de tomates comestibles.

Pero todo esto da igual porque parece ser que la Tomatina de Buñol es un acontecimiento público con unos presupuestos de ingresos y gastos, y, al parecer, hay superávit. Los turistas van a Buñol en avalancha y gastan dinero. La organización del asunto gana dinero con esta batalla. Como tantas cosas en la vida, la rentabilidad económica lo justifica todo, y al final vemos que, en un escenario de raquitismo económico como el que estamos viviendo (y viviremos), el futuro comercial de nuestro país puede estar en estas manifestaciones de barbarie. Durante los próximos años, España puede convertirse en el auténtico paraíso cafre: recibiremos millones de turistas que vendrán a la Tomatina, a los encierros, a hacer “balconing” en los hoteles de Salou, a arrojarse petardos mutuamente en las “mascletás” o a tirar la cabra al vacío desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa. España será, en consecuencia, una superpotencia del salvajismo popular, y nuestra economía estará salvada.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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