La juguetería de Apple

Hoy se presenta el nuevo IPhone. Es el quinto que sale al mercado. Como suele ser habitual, la empresa Apple ha concertado la atención de todo el mundo sin necesidad de hacer publicidad; además, ha conseguido crear tal expectación que, pese a que no sabemos qué nueva chorrada incorpora este artefacto, estamos dispuestos a hacer cola para comprarlo sin perder un minuto. En concreto, Apple espera vender diez millones de unidades en las próximas dos semanas.

Esta fiebre colectiva es verdaderamente increíble, y en mi opinión no se debe a la avidez de avances tecnológicos ni a las mejoras que la tenencia del IPhone puede provocar en nuestras vidas. Yo creo que el mérito de Steve Jobs y de sus subalternos es la conexión con el espíritu infantil que hay en los adultos. El IPhone es un juguete lleno de posibilidades lúdicas, y ya absorbe un porcentaje enorme de nuestro tiempo. Hemos llegado a un punto en el que si el nuevo IPhone no se pudiera usar para hablar por teléfono no importaría en absoluto. Su esencia teórica de aparato telefónico está sepultada bajo docenas de aplicaciones de mayor o menor utilidad, aplicaciones que puede utilizar cualquier persona, por muy torpe que sea.

Repito que Jobs es uno de esos genios que ha sabido conectar con la parte infantil de cualquier adulto, y en ese sentido está en la misma división que Walt Disney o Steven Spielberg, aunque Jobs no se ha limitado a producir entretenimiento pasivo (cosa que de todas formas ha hecho a través de Pixar), sino que directamente ha colocado en las manos de los adultos el gran juguete; así, ha convertido a los adultos en agentes activos del juego. Y eso ha gustado tanto que ha creado una dependencia estricta de esos juguetes, una dependencia tan firme que hace que los millones de clientes de Apple sientan la necesidad de sustituir sus carísimos artilugios por nuevas ediciones (también carísimas y prácticamente iguales) de esos mismos artilugios, y eso se hace, además, sin perder un minuto. Hay urgencia.

Todo esto nos lleva al punto en el que estamos, que es el punto en el que la empresa más grande del mundo no es una empresa industrial, ni productiva en el sentido tradicional, ni de comercio de materia prima, sino una empresa de juguetes. Juguetes para adultos, pero juguetes.

 

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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