Hay gente más idiota que Cristiano Ronaldo

Se acaba el verano y en España todo se viene abajo de forma imparable. Existe ahí, al fondo, el problema gravísimo de la quiebra general, pero la verdad es que, entre las aberraciones de José Bretón, el ecce homo rocambolesco de la iglesia de Borja (que suena a maniobra publicitaria), la Tomatina de Buñol (de la que me gustaría hablar en otro post) y demás asuntos de todo tipo, vamos pasando el rato como podemos. Ahora se está hablando mucho de Cristiano Ronaldo y de lo triste que está el pobre muchacho. Las tertulias de la TDT y los articulístas finos del deporte rastrean el cerebro del astro del Madrid buscando los motivos de la tristeza de un hombre que gana nada menos que 35.714 euros netos al día (todos los días, incluyendo los festivos).

Parece ser que este señor Ronaldo está triste ganando como gana esas toneladas de dinero porque no se siente querido, pero considero que se equivoca: la mayor parte de los aficionados le quiere, le aplaude y quiere ser como él. Sin embargo, es verdad que una pequeña parte de la gente piensa que este señor es un idiota sensacional, opinión que se sustenta en una trayectoria prolongada de chulo insoportable, y no parece que la exteriorización de su tristeza, en plena crisis económica, vaya a ayudar a mejorar esa opinión que determinadas personas tienen sobre el fabuloso delantero portugués.

Ahora bien: Ronaldo puede tener la tranquilidad de que hay gente que es más boba que él. Esta misma semana, me encontraba yo con mi familia en una playa al oeste de la provincia de Cantabria, con la suerte de poder disfrutar del sol sin apenas viento. La tarde era limpia y no había nadie en una playa que mide cerca de un kilómetro de largo y que, con marea baja, tiene una extensión a lo ancho absolutamente descomunal. Estábamos solos, con la inmensidad rodeándonos. La situación era espléndida, y no tenía aspecto de poder mejorarse de ninguna manera. Y de repente aparecieron tres personas (dos hombres y una mujer), pasaron junto a nosotros, y, a menos de tres metros de nuestra ubicación, se detuvieron, nos sonrieron amablemente y pusieron sus pertenencias en la arena, acampando, por así decirlo, en nuestros aledaños. Repito que estábamos en una de las playas más grandes del Cantábrico, con marea baja, sin nadie en ninguno de sus miles de metros cuadrados de arena fina y blanca, con unas condiciones climatológicas magníficas. Y aquellas personas que acababan de llegar decidieron sentarse junto a nosotros. Al lado. Pegadas. Como si quisieran recrear a su modesta manera un programa como Arena Mix, Ola Ola o cualquier otro espacio televisivo de playas masificadas y ruidosas. Y que conste que se trataba de gente pacifica, silenciosa y probablemente estupenda. Pero no sé si hay una tendencia natural del ser humano a juntarse con los demás, a pertenecer a la masa, por paupérrima que ésta sea, o si es que nos puede el miedo cerval a la soledad, pero el caso es que de vez en cuando uno tiene la ocasión de quedarse pasmado.

La inmensidad escenográfica de la costa sin gente, inaudita, espectacular, con sol, es un milagro que se da poco hoy en día; y resulta que ese milagro se le aparece a uno de pronto, y resulta que uno renuncia a ese lujo gratuito y raro y busca juntarse con otros desconocidos, pegarse a ellos, rechazar el hecho extraordinario. Uno es más idiota que Cristiano Ronaldo.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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