¿Por qué corren?

La gente se ha puesto a correr. Es un hecho que no admite discusión. Cada día, millones de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo desarrollado se ponen ropa grotesca y se lanzan a correr por las calles: en cuanto tienen una hora libre, o media hora, o diez minutos, echan a correr por las aceras y por los paseos, por los parques y por los descampados. Correr, correr como locos, como si no hubiera mañana.

Estoy intentando descubrir los motivos últimos de tanta carrera. Entiendo que no es aconsejable generalizar nunca, y menos en un asunto tan multitudinario como éste: cada uno correrá por determinadas razones personales, y se acabó. Pero voy investigando y empiezo a poder hacer un breve esquema de esas razones; hay una pequeña parte de la gente que corre en base a unos fundamentos teóricos más o menos desarrollados: existe un libro del novelista Mukarami en el que se trata de explicar de manera vaga esos fundamentos. El asunto parece que va del castigo corporal como expiación filosófica: un argumentario viejísimo. Si se trata de sufrir, sería mucho más rápido coger un martillo y darse cuatro golpes en los muslos. Pero sospecho que los militantes de la filosofía del cuerpo sufriente son una minoría. Más numerosos son los que corren para “aliviar tensiones” o simplemente para “sentirse bien”. También hay otros que quieren perder peso, y que eligen correr porque es una actividad sin coste para el que la realiza; correr es gratis, y he ahí un argumento que comprendo.

No obstante, en general, correr es una práctica física que no tiene el menor sentido. Desde mi punto de vista, casi todas las cosas que uno puede llevar a cabo en esta vida son más interesantes, entretenidas, provechosas, sanas y atractivas que ponerse a correr. No hay un solo motivo defendible para emprender esta actividad atlética. Si uno quiere encontrarse físicamente bien, uno puede caminar, pero una de las cosas que no debe hacer nunca es correr; quien corre se desgasta, se erosiona, y lleva a su cuerpo a unos extremos físicos demenciales. Las rodillas chirrían, las caderas crujen y los tobillos se salen de sus ejes. El corazón, los pulmones y el cerebro son conducidos al abismo. El acto de la carrera es una agresión ejercida de forma cruel contra el propio cuerpo, una experiencia traumática indiscutible. El corredor que uno ve por la calle va desencajado, sin fuelle, tambaleándose: está más muerto que vivo.

Lo trágico es que, dicho y sabido todo esto, todavía hay una cantidad impresionante de personas adultas (y, a veces, muy adultas) que dedican a este sinsentido de la carrera gran parte de su tiempo. Estas personas están completamente abducidas por la maligna práctica atlética del correr: necesitan correr a diario, y si no obtienen su dosis cotidiana de carrera se convierten en energúmenos irascibles e intransigentes. Está demostrado que un corredor adicto que por el motivo que sea no haya podido correr durante el día se comporta como un imbécil, trata mal a los demás y se mete en la cama sintiéndose un deshecho humano y un vago redomado. Un corredor lesionado durante mucho tiempo es ya un lunático imprevisible. Los corredores son personas inestables y peligrosas. Además, en muchos casos son padres de familia, con lo que se convierten en unos egoístas e insensatos de primera categoría: no sólo transmiten su perniciosa afición a sus hijos, sino que, gracias al peligro de su propia actividad corredora, pueden dejar a esos hijos huérfanos en cualquier momento.

Por si esto fuera poco, parece evidente que correr es aburridísimo (a diferencia, por ejemplo, de los deportes que se practican con un balón o una pelota, que también son juegos nocivos para el físico de un adulto, pero de indudable entretenimiento). Correr es un coñazo, un rollo insufrible. Y además, aunque éste sea un asunto quizá menor, hay que decir que las personas que corren habitualmente y con cierta militancia suelen disfrazarse con ropas reflectantes, prendas absurdas intergalácticas que entiendo que se ponen por si son abducidos de pronto por la nave nodriza. Tratándose de semejantes marcianos, sería lo lógico.

Tenemos poco tiempo. La vida se acaba. No tiene sentido dedicarse a correr y perder los días que nos quedan buscando la manera de destrozarnos el cuerpo y adelantar aún más nuestro final. Dedíquense ustedes a pasear con sus mujeres, con sus amigos, charlen con ellos, trátenlos con respeto y tómense con esta buena gente, en un momento dado, una cerveza fría, sanísima.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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