La baja por paternidad

Estoy en mitad de unos días de baja por reciente paternidad. Acabamos de tener nuestro segundo hijo. En mi caso, y como nuestros hijos sólo se llevan un año y medio, pido al lector que se haga cargo de la situación que acaba de empezar en nuestra casa: un escenario impresionante de convulsión, tensión y deflagración doméstica que no sabemos cuánto tiempo durará. Por lo tanto, estos pocos días de baja están justificados desde varios puntos de vista.

En ese sentido, dentro de mis labores en este periodo tumultuoso está la de salir a la calle de vez en cuando con nuestro hijo mayor y evitar así la excesiva concentración de dinamita en el ambiente de nuestra casa. Hoy, aprovechando el buen tiempo, le he subido en mi bici y nos hemos recorrido el pueblo mientras hacíamos varias gestiones kafkianas correspondientes al nacimiento del otro hijo. Pues bien; mientras mi hijo mayor y yo circulábamos por entre los árboles, con el sol de primavera sobre nuestras cabezas, la sensación de bienestar de padre e hijo ha sido indescriptible. Y automáticamente me he sentido culpable. ¿Por qué? No sé por qué; supongo que, pese a estar desempeñando unas labores inaplazables de ir y venir a por certificados para el recién nacido, y pese a estar haciéndolo con mi hijo mayor a mi lado (con lo que además estoy entreteniéndole y aliviando el lío de nuestra casa), pese a todo ello, digo, en ese momento concreto del ciclismo al sol, mi hijo y yo estábamos disfrutando, y supongo que disfrutar cuando uno está de baja no es correcto. He sentido el remordimiento de quien se escaquea, a pesar de que, repito, yo no estaba escaqueándome ni escurriendo el bulto, sino que estaba cumpliendo con unas obligaciones paternales concretas y determinadas. Aún así, me he sentido culpable.

Sin embargo, luego he mirado a mi alrededor y he visto a verdaderas multitudes disfrutando al aire libre del buen tiempo en pleno día de labor: he visto a los previsibles jubilados, pero también he visto a personas jóvenes (que no sé si estarán en paro o si es que trabajarán por turnos), hombres cincuentones, señoras descascarilladas y gentes de todas las edades. Una muchedumbre de paseantes en horario de oficina. Todo el Estado de Bienestar (sus beneficiarios, sus víctimas, supongo que incluso sus defraudadores) paseando junto a nosotros en este día primaveral. Y no he visto el sentimiento de culpa o de sufrimiento en el rostro de ninguno de los transeúntes. Tampoco he visto estos sentimientos en el rostro de mi hijo, que sonreía, señalándome los patos, las palomas, los perros, y, en definitiva, encantado de ir en la bici con su padre; en el caso de mi hijo, su alegría inconsciente se comprende perfectamente.

En cuanto a la alegría de las multitudes que toman el sol, yo diría que el mundo ha llegado a la conclusión de que la preocupación y el remordimiento son sensaciones desagradables que hay que evitar en la medida de lo posible.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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