Las palabras mágicas

Se ha sabido que la sección andaluza de Podemos ha enviado una carta a Pablo Iglesias en la que anuncia su intención de empezar a trabajar desde esta misma semana para dotarse de las herramientas necesarias para convertirse en un partido autónomo y confederado. Podemos Andalucía se propone “avanzar en una agrupación andaluza autónoma, un partido confederado”, con más soberanía, con sus propios estatutos, un CIF diferente, que pueda controlar el censo en la comunidad y “marcar sus ritmos”. La portavoz Teresa Rodríguez ha declarado que desean llegar a ser “una organización que haga realidad que somos una nacionalidad histórica que necesita cuotas de autogobierno, autonomía y soberanía para poder sobreponernos a la situación de periferia, de subdesarrollo y de dependencia que tiene Andalucía en el contexto europeo”.

No vamos a entrar en el meollo conceptual de la declaración porque contiene suficientes requiebros como para que cualquiera se desanime: habría que explicar, entre otras cosas, qué significa eso de nacionalidades históricas, y además deberíamos sobreponernos a la risa que nos entra al leer que la solución mágica al subdesarrollo y a la dependencia es el desarrollo y la independencia (esto es como decir que para poder tocar la guitarra hay una solución facilísima: saber tocarla). Pero en este blog tenemos un detector de vocablos mitificados, imprecisos y que se usan como una pomada pringosa que todo lo arregla. Y en este caso hemos detectado la presencia en esta carta de los conceptos de confederación, federación, y federal. Estas expresiones se han extendido en los últimos años con una permeabilidad total y su uso es ya indiscriminado. Son términos fabulosos que dejan zanjada cualquier postura y contra los que es difícil argumentar nada.

La RAE dice que federar es “unir por alianza, liga o pacto entre varios”, y define federalismo como un “sistema de federación entre corporaciones o Estados”. Por tanto, podríamos decir que el federalismo es un fenómeno mediante el cual unos individuos perfectamente definidos e independientes deciden unirse bajo determinadas premisas organizativas para funcionar juntos: un ejemplo evidente de federación serían los Estados Unidos de América. Ahora detengámonos un momento y veamos el uso que se le da al término en España. En España, cualquier persona que quiera manifestar un descontento, una aspiración de autonomía o una idea política confusa y de hechuras poco concretas se autodefine como federalista. “Yo soy federalista”, dicen algunos líderes muy importantes, e incluso personas particulares y dentro del perímetro vecinal más prosaico afirman su federalismo completo. Y en casi todos los casos, el federalismo por el que se aboga no es federalismo porque, como ya hemos dicho, el federalismo es la unión de individuos que renuncian a una cierta soberanía en aras de algún fin, y el concepto de federalismo que manejamos en España es la separación de lo que está unido para redefinirlo como unión distinta, si es que alguien es capaz de entenderlo. Mediante el federalismo a la española se quiere deshacer lo que nunca estuvo separado para volver a unirlo.

En este blog no tenemos prejuicios políticos y, por tanto, no tenemos ningún problema con las uniones, las separaciones y las relaciones mediopensionistas. Creemos que las situaciones administrativas son accidentales y deben mantenerse si funcionan y si no hay alguna alternativa mejor, siempre dentro de unas condiciones ambientales más o menos templadas y siempre que se intenten cosas que no supongan un suicido demencial. En cambio, sí que tenemos una prevención con respecto al manejo oportunista de vocablos elásticos que han quedado sin definir y que, por tanto, tienen una consistencia viscosa. La retórica cuca en la que todo cabe y que sirve para vender burras de manera desvergonzada nos fastidia mucho. Y uno de los conceptos más fastidiosos que se han cocinado últimamente es, por ejemplo, el federalismo asimétrico, cuyo significado debe ser ya el no va más en cuanto a piruetas dialécticas. Según ese federalismo asimétrico, se pretende separar lo que estaba unido para volver a unirlo de tal forma que unos miembros de la nueva federación tengan unos privilegios sobre los demás. Todo esto es una aproximación porque todavía no hemos conocido a nadie que quiera definir un concepto tan barroco como éste, así que hablamos de oído y por pura suposición. Sé que es un poco ridículo buscar la precisión siendo tan impreciso, pero sé que nuestros escasos lectores son personas inteligentísimas y que se harán cargo de lo difícil que es la fijación de unas expresiones tan gelatinosas y resbaladizas.

Estos señores de Podemos Andalucía son solamente unas víctimas más del manoseo de ideas cuya expresión lingüística no responde a ninguna codificación. Es decir, que han redactado su carta con toda su buena voluntad sacando del armario la colección habitual de palabras cuya música suena bien. Porque es importantísimo señalar que en España los conceptos no importan tanto como el aspecto estético de las palabras. Las palabras federal, autogobierno, soberanía o descentralización forman parte de un catálogo de términos perfectamente adecuados a la ambientación estética del grupo que las utiliza, así que su uso se considera apto pese a que nadie pueda fijar de forma concreta qué significa cada una de estas expresiones. Uno puede recogerlas en cualquier discurso, y puede sustituirlas entre sí, y el discurso seguirá teniendo el perfume suave de las cosas que nos reconfortan. En este sentido, es de esperar que sigamos escuchando discursos perfumados e irreprochables y que, mientras tanto, las cosas sigan estando tan mal como hasta ahora.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

2 comentarios en “Las palabras mágicas”

  1. En todos los ámbitos, no solo en la política, se extiende este mismo uso de las palabras por su capacidad de sugerir, más que por su capacidad de significar objetivamente. Son modos propios de la literatura y la publicidad, lo cual me lleva a pensar que somos un país de cuentistas y vendedores de burras. En cuanto me admitan me nacionalizo danés.

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