Los niños-mascota

Todo el mundo sabe que la paternidad es un asunto peliagudo que lo condiciona todo. La vida de un padre (o de una madre) es una vida aparentemente condicionada, terciada y alicorta. Se nos dirá que los sinsabores de la paternidad quedan difuminados por la alegría inconsciente y directa que proporcionan los hijos, y muchos estaremos de acuerdo con ello; pero esta vida es una vida de sacrificios y que conlleva en muchos casos un proceso ineludible de demolición de los anhelos y aspiraciones de cada uno. Los padres estamos obligados a realizar diariamente tareas y a desplegar operativas muy alejadas de nuestros gustos o aficiones. Tenemos que acompañar a nuestros hijos a lugares espantosos, como, por ejemplo, esas instalaciones en las que se organizan los cumpleaños infantiles, unos lugares repletos de niños en movimiento, cerrados a cal y canto, con una acústica insoportable y en los que el sufrimiento de un padre está garantizado. Además, los padres debemos permanecer en empleos cochambrosos y alienantes por culpa de nuestros hijos, que tienen la fastidiosa necesidad de alimentarse y vestirse cada día.

La frustración de un padre guarda una proporción inversa a su capacidad para resignarse y, por el contrario, hay una relación directa entre la depresión paternal y la capacidad para el recuerdo; muchos padres tienden a acordarse a menudo de la época en la que no tenían hijos, época de despreocupación completa y de libertad desbordante. Es conveniente que los padres reduzcamos al mínimo estos ejercicios nostálgicos porque acarrean grandes dosis de melancolía y de lo que los portugueses llaman saudade, que es un reblandecimiento altamente paralizante provocado por la pérdida de algo.

Para añadir más ingredientes al cóctel, muchos padres de hoy en día no tienen ni un solo minuto para dedicar a sus hijos. Llegamos tarde del trabajo y, cuando nuestros hijos quieren contarnos qué han hecho en el cole, no les hacemos ni caso: estamos chateando con alguien por el móvil y les contestamos mecánicamente, sin prestarles atención, con una desvergüenza robotizada y humillante. Los niños son niños pero no son idiotas y se dan cuenta de la bochornosa humillación.

Todo este panorama de frustración y desatención desemboca en un fenómeno inquietante: la proliferación de actividades extraescolares. No podemos atender a nuestros hijos y, en algunos casos, tampoco tenemos ganas de hacerlo, así que apuntamos al niño a varias actividades que rellenen esas horas en las que el niño no está en la cautividad vigilada del colegio. Inglés, flauta, judo, punto de cruz, etc. El pobre chaval va deambulando por la semana de actividad en actividad, mochila al hombro, con una agenda apretadísima y con una cara de desánimo que rompe el corazón a cualquiera. Este movimiento demencial también puede extenderse al fin de semana, momento en el que los padres podríamos estar un rato con nuestros hijos pero no lo hacemos.

Algunos padres heroicos quieren resistirse a embarcar a su hijo en este carrusel, pero se arriesgan a que el niño sea el único de su clase que no hace lucha canaria o pilates y quede señalado como el único friki que no realiza unas actividades tan enriquecedoras. Y una de las cosas a las que los padres tenemos miedo es a que nuestro hijo sea el friki. Preferimos tener hijos delincuentes o sexualmente desorejados a tener hijos frikis. En virtud de esta ley de prevención del frikismo, hay una edad en la que todos los niños tienen ya teléfono móvil: varios padres le dan al niño un móvil a una edad evidentemente inadecuada y el resto de padres debe incorporarse a esta corriente y comprar un móvil para su hijo si no quiere que ese hijo sea el único friki que no tiene móvil. “¡Papá, no voy a ser yo el friki!”, nos dice nuestro hijo con lágrimas en los ojos.

Este panorama tan deprimente se agudiza si los padres tienen un alto poder adquisitivo. Cuanto más recursos disponibles se tengan, habrá más actividades extraescolares, más y mejores teléfonos a edad temprana y más tiempo que no estamos con nuestros hijos. Este escenario es truculento pero puede ponerse incluso peor: el escenario empeora cuando los padres en cuestión entran en la deriva de la eterna juventud y empiezan a practicar deporte extremo, a dedicar horas al torneado muscular o a correr maratones. En estos casos, los padres no ven a los hijos ni en foto. Se dan situaciones extremas, en las que, por ejemplo, un profesor convoca a los padres a una tutoría en el colegio para hablar del niño y los padres envían a esa tutoría a la filipina que trabaja en casa. Bien pensado, es una decisión lógica: la filipina conoce mejor a los niños que los padres hiperdeportistas.

La desatención de los hijos es un problema agudizado por la tenencia de dinero pero que subsiste a todos los niveles y en todos los hogares. Independientemente del salario de cada uno, casi cualquier ciudadano puede dejar el teléfono a su hijo para que juegue un rato a los marcianitos y no le dé la brasa, o se puede encender la tele y mantener a nuestros hijos lobotomizados con Clan TV durante el tiempo que sea preciso. La raíz del problema está, creo yo, en confundir la paternidad con la tenencia de mascotas. Seamos francos: a todo el mundo le gustaría dejar a sus hijos colocados durante unos días en algún lugar, aunque fuese un hotel canino, pero cada padre debería ver si ese anhelo de tranquilidad sin hijos se perpetúa a diario. Deberíamos reflexionar sobre si esa sensación de hartazgo es dominante en nuestras vidas.

Peor lo tienen los que no ven nunca a sus hijos, porque no tienen necesidad de reflexionar.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

4 comentarios sobre “Los niños-mascota”

      1. Gracias a usted por este artículo tan…acertado.
        Siempre me he considerado un descastado, un outcast social, un automarginado (no ya un friki). Pero siempre también me he sentido orgulloso de que las mareas y modas de la actual sociedad hayan hecho poca mella en mi forma de comprender el mundo.
        Hace un mes fui padre, a la edad de 39 años, con lo que casi todo me viene ya de vuelta y ojalá mi hija, en un futuro, comprenda y analice su realidad circundante y sea capaz de adquirir un verdadero espíritu crítico que haga de ella un ser un poco más libre.
        En cualquier caso, me daría con un canto en los dientes si leyera libros, escuchase música y viera algunas películas…en fin, que se pasara por mi blog y, recorriendo un camino desde luego distinto al mío, al menos, tomase algunas referencias de los “grandes del pasado”.
        Un cordial y amistoso saludo.

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